Parte 2: LA VERDAD QUE LA GUITARRA GUARDÓ DURANTE AÑOS

Rodrigo apenas consiguió dormir.

Cada vez que cerraba los ojos volvía a escuchar la risa de Camila.

Durante dos años había recorrido consultorios, contratado terapeutas y cambiado de escuela a su hija buscando una respuesta que nunca apareció.

Y, sin embargo, una guitarra vieja y un niño desconocido habían conseguido en una tarde lo que el dinero jamás pudo comprar.

A las siete de la mañana bajó al comedor decidido a hablar con Elena antes de salir a la oficina.

Pero encontró otro escenario.

Luciana Robles sostenía una carpeta de recursos humanos.

Elena permanecía de pie junto a la puerta, con Nicolás abrazado a su cintura y una pequeña maleta a sus pies.

Doña Beatriz bebía café con absoluta tranquilidad.

—Llegas justo a tiempo —dijo sin levantar la vista—. La señora Vargas deja de trabajar hoy.

Rodrigo frunció el ceño.

—¿Quién tomó esa decisión?

—Yo.

—¿Con qué autoridad?

Doña Beatriz dejó lentamente la taza sobre el plato.

—Con la autoridad de quien protegió esta familia mucho antes de que tú nacieras.

Rodrigo tomó la carpeta de manos de Luciana.

Era una carta de despido preparada aquella misma madrugada.

La rompió en cuatro pedazos.

—Mientras esta empresa y esta casa estén a mi nombre, nadie despide a un empleado sin mi autorización.

Elena dio un paso adelante.

—No quiero causar problemas, señor.

—Los problemas ya existían antes de que usted llegara.

Camila apareció corriendo por el pasillo.

Al ver la maleta comenzó a llorar.

—¿Nico se va?

Nicolás bajó la cabeza.

—Mi mamá dice que sí.

La niña abrazó con fuerza a Elena.

—No quiero volver a quedarme sola.

Aquellas palabras hicieron que incluso Luciana desviara la mirada.

Solo doña Beatriz permaneció impasible.

—Las niñas de buena familia no crecen con hijos del servicio.

Camila se volvió hacia su abuela.

—Nico es mi amigo.

—Encontrarás otros.

—No quiero otros.

Rodrigo tomó la mano de su hija.

—Nadie se va hoy.

La expresión de doña Beatriz se endureció.

—Estás cometiendo un error.

—Tal vez el error fue permitir demasiadas cosas durante demasiado tiempo.


Aquella tarde Rodrigo decidió trabajar desde casa.

Quería entender qué tenía aquella música que lograba tranquilizar a Camila.

Encontró a Elena afinando la guitarra bajo la terraza.

—¿Dónde aprendió?

Ella acarició suavemente la madera desgastada.

—En una escuela que ya no existe.

—¿Cuál?

Elena dudó unos segundos.

—La Academia Musical Alcázar.

Rodrigo sintió un sobresalto.

—Imposible.

—¿Por qué?

—Mi abuelo fundó esa academia. Cerró hace más de veinticinco años.

Elena sonrió con nostalgia.

—Yo estudié allí cuando era muy pequeña.

Rodrigo observó nuevamente el instrumento.

Sobre el borde interior aparecían grabadas tres letras.

A.M.A.

Las mismas iniciales.

—¿Quién le regaló esa guitarra?

El silencio de Elena se prolongó demasiado.

—Fue… un antiguo maestro.

No parecía mentira.

Pero tampoco toda la verdad.


Mientras tanto, doña Beatriz esperaba noticias.

Luciana regresó con un sobre lleno de documentos.

—Encontré algo.

La anciana abrió el expediente.

Había certificados escolares.

Recortes de periódico.

Fotografías antiguas.

Y una copia de un acta de nacimiento.

Cuando leyó el nombre, su mano comenzó a temblar.

—No…

Luciana la observó confundida.

—¿La conoce?

Doña Beatriz cerró rápidamente la carpeta.

—Más de lo que imaginas.

—Entonces sí es la persona que usted sospechaba.

La anciana respiró profundamente.

—Pensé que jamás volvería a verla.

—¿Qué piensa hacer?

Doña Beatriz respondió sin vacilar.

—Alejarla de Rodrigo antes de que descubra quién es realmente.


Esa noche Camila insistió en escuchar otra canción.

Nicolás se sentó junto a su madre mientras Elena comenzaba una melodía lenta.

Rodrigo permanecía de pie al fondo del salón.

Entonces ocurrió algo inesperado.

Camila empezó a cantar.

No una canción cualquiera.

Cantaba exactamente la misma letra que Elena tocaba.

Rodrigo sintió un escalofrío.

—¿Cómo conoces esa canción?

La niña dejó de cantar.

—Mamá Mariana me la cantaba cuando tenía miedo.

Rodrigo miró a Elena.

Ella había dejado de mover las manos.

Su rostro había perdido todo el color.

—¿Qué sucede? —preguntó él.

Elena respiró con dificultad.

—Nada…

Pero Nicolás habló sin imaginar las consecuencias.

—Mi mamá también la cantaba cuando decía que extrañaba a su hermana.

Rodrigo frunció el ceño.

—¿Tu hermana?

Elena cerró los ojos.

—Nicolás…

El niño comprendió demasiado tarde que había dicho algo indebido.

—Perdón, mamá.

Rodrigo sintió que las piezas comenzaban a moverse.

—Mi esposa era hija única.

Elena no respondió.

En ese instante apareció doña Beatriz.

Había escuchado las últimas palabras.

—Basta.

Su voz resonó con una autoridad que hizo callar a todos.

Miró directamente a Elena.

—Ya es suficiente. Dile la verdad antes de que sea demasiado tarde.

Rodrigo volvió la vista hacia su madre.

—¿Qué verdad?

La anciana abrió lentamente la carpeta que Luciana había conseguido.

Sacó una fotografía antigua.

En ella aparecían dos niñas idénticas, de unos diez años, abrazadas frente a la Academia Musical Alcázar.

Una era Mariana.

La otra…

Rodrigo sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

Era Elena.

—Eso es imposible…

Doña Beatriz dejó la fotografía sobre la mesa.

—No eran amigas.

Hizo una pausa mientras Elena rompía a llorar en silencio.

Eran hermanas. Gemelas. Y durante treinta años toda esta familia creyó que una de ellas había muerto.

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