Julián no respondió a la amenaza.
Se limitó a sostener la mirada de Mauro Villaseñor hasta que el comandante se marchó con sus dos hombres.
Cuando el estacionamiento volvió a quedar en silencio, Diego Montalvo se acercó otra vez.
Miró a ambos lados antes de hablar.
—No presente la denuncia aquí. Si lo hace, desaparecerá antes de que termine el turno.
Julián asintió sin hacer preguntas.
Había aprendido hacía muchos años que el miedo dejaba rastros.
Y aquella comandancia estaba llena de ellos.
Regresó al hospital.
Adriana seguía sedada.
Camila permanecía sentada junto a la ventana, abrazando una libreta.
Él se arrodilló frente a su hija.
—No voy a obligarte a hablar.
Ella levantó lentamente la vista.
Con manos temblorosas sacó una memoria USB del bolsillo de su sudadera.
—La escondí antes de que entraran.
Julián la tomó con cuidado.
—¿Qué hay aquí?
—Las cámaras de la casa.
Pensaron que solo destruyeron el DVR.
No sabían que yo activé la copia automática en cuanto escuché la puerta.
El corazón de Julián comenzó a latir con fuerza.
Aquella misma noche viajó hasta Saltillo para reunirse con un antiguo compañero de Fuerzas Especiales, hoy perito informático.
Dos horas después, las imágenes aparecieron en la pantalla.

Los tres policías entraban sin orden judicial.
Uno golpeaba a Adriana.
Otro registraba los dormitorios.
El tercero sacaba una bolsa con paquetes envueltos y los colocaba debajo del sofá.
Después, Villaseñor miraba directamente hacia el recibidor.
Sonreía.
Sin imaginar que la pequeña grabadora oculta también registraba cada palabra.
—Cuando terminemos, escriban que encontramos droga.
Y si la muchacha habla…
ya saben qué hacer.
El laboratorio confirmó que el audio no tenía cortes ni alteraciones.
Las imágenes conservaban fecha, hora y geolocalización.
Era una prueba imposible de desacreditar.
Pero el antiguo compañero de Julián no sonreía.
—¿Qué ocurre? —preguntó él.
El perito amplió uno de los fotogramas.
En el reflejo de un espejo aparecía una cuarta persona.
Vestía ropa de civil.
No llevaba placa.
Pero daba órdenes.
Julián sintió un escalofrío.
—¿Puedes acercar más?
La imagen perdió definición, aunque aún era posible distinguir un anillo plateado con un escudo oficial.
El mismo que utilizaban exclusivamente los mandos regionales.
En ese instante sonó el teléfono de Diego Montalvo.
Su voz sonaba alterada.
—Señor Carrasco… acaban de sacar del archivo el expediente de Ximena Roldán.
Julián frunció el ceño.
—¿Para reabrirlo?
Del otro lado solo hubo silencio.
Después llegó la respuesta.
—No…
Para destruir la última prueba que relaciona a Villaseñor con alguien mucho más poderoso.
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