PARTE 2 – EL TESTIGO QUE ROMPIÓ EL SILENCIO

El joven respiró profundamente antes de abandonar la seguridad de la multitud.

Todos los vecinos lo miraron con incredulidad.

Nadie esperaba que alguien se atreviera a hablar.

Don Tomás sostuvo la linterna sin apartar los ojos de Mateo.

—¿Qué viste?

El muchacho tragó saliva.

Sabía que una sola palabra podía cambiar su vida para siempre.

Mateo sonrió con desprecio.

—Piénsalo bien antes de acusarme.

La amenaza quedó suspendida en el aire.

El silencio volvió a apoderarse de la plaza.

Entonces el joven levantó lentamente la mano.

—Lo vi salir del corral hace unos minutos.

Un murmullo recorrió la calle.

Mateo apretó con fuerza el saco que escondía detrás de la espalda.

Algunas plumas blancas siguieron cayendo sobre el suelo húmedo.

—Estás mintiendo —respondió con frialdad.

El muchacho negó con la cabeza.

—No estaba solo.

Todos giraron hacia el callejón oscuro.

El supuesto cómplice ya no estaba.

Había desaparecido.

Mateo sintió un escalofrío.

No esperaba quedarse solo.

Don Tomás avanzó lentamente.

—Entonces abre ese saco.

Mateo dio un paso hacia atrás.

—No tiene derecho.

—Si no robaste nada, no tienes nada que ocultar.

Los vecinos comenzaron a rodearlo.

Por primera vez en muchos años, el miedo cambiaba de bando.

Mateo miró desesperadamente a la multitud buscando a alguien que lo defendiera.

Nadie dio un paso.

Con un movimiento brusco intentó escapar.

Pero tropezó con una piedra.

El saco cayó al suelo.

La cuerda se rompió.

Varias gallinas salieron corriendo entre las piernas de los presentes.

Los niños señalaron sorprendidos.

Los adultos comenzaron a gritar.

Mateo comprendió que todo había terminado.

Sin embargo, Don Tomás no sonrió.

Se agachó lentamente y examinó una de las aves.

Frunció el ceño.

—Estas no son mis gallinas.

El pueblo entero quedó en silencio.

Mateo abrió los ojos con sorpresa.

—¿Qué?

El anciano mostró una pequeña marca azul pintada en una de las patas.

—Las mías llevan un anillo rojo desde hace años.

El joven testigo también se acercó.

Todas las gallinas tenían la misma marca azul.

Eso significaba que pertenecían a otra granja.

En ese instante, una voz desesperada resonó desde el extremo del camino.

—¡Ahí están mis gallinas!

Un anciano desconocido apareció corriendo acompañado por dos agentes rurales.

Al ver a Mateo, uno de los agentes sacó una fotografía doblada de su bolsillo.

La comparó con su rostro.

Y dijo una frase que dejó helado a todo el pueblo.

—Por fin encontramos al hombre que llevábamos seis meses buscando.

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