A la mañana siguiente, Roberto llegó al juzgado con una sonrisa de suficiencia.
Vestía su mejor traje.
Saludaba a todos como si ya hubiera ganado.
Cuando vio a Elena entrar con Lucía de la mano, soltó una risa burlona.
—Pensé que ya estarías rogándome volver.
Elena no respondió.
Tomó asiento junto a su abogado y acarició el cabello de su hija.
Roberto observó alrededor.
—¿Y dónde está el dinero para pagar todo esto?
—Aquí.
La voz del abogado rompió el silencio.
Colocó una carpeta gruesa sobre la mesa.
—Mi clienta no necesita pedirle un solo peso para defenderse.
Roberto rodó los ojos.
—¿De verdad creen que van a quitarme mi casa?
El abogado abrió el primer documento.
—Precisamente de eso vamos a hablar.
Sacó una escritura original.
Después, un testamento.
Y finalmente, un acta del Registro Público.
El juez revisó los documentos durante varios minutos.
—Señor Roberto, la propiedad fue heredada por el abuelo de la señora Elena y nunca fue transferida a su nombre.
Roberto soltó una carcajada.
—Eso es absurdo. Llevo diez años viviendo ahí.
—Vivir en una casa no lo convierte en propietario.
El abogado señaló otra hoja.
—Además, durante todos estos años, el impuesto predial fue pagado desde la cuenta bancaria de mi clienta.
Roberto dejó de sonreír.
—Eso… eso no puede ser.
Elena lo miró por primera vez.
—Nunca te interesó revisar quién pagaba las cosas.
Solo te gustaba presumirlas.
El juez continuó revisando la carpeta.
Entonces levantó otra hoja.
—Aquí aparece una cuenta de ahorro abierta hace tres años.
Roberto giró sorprendido hacia Elena.
—¿Tú tenías dinero?
—Sí.
—¿Y nunca me lo dijiste?
—Porque cada vez que sabía que tenía algo, me lo quitabas.
El silencio se apoderó de la sala.
Lucía abrazó con fuerza la mano de su madre.
El juez observó a la niña.
—¿Ella presenció las discusiones en casa?
El abogado respondió antes que nadie.
—Sí, señoría.
Y no solo las presenció.
Abrió una segunda carpeta.
Había fotografías, mensajes y varios informes psicológicos.
—La menor desarrolló miedo intenso cuando escucha gritos masculinos.
Roberto golpeó la mesa.
—¡Eso es manipulación!
El juez lo interrumpió.
—Guarde silencio.
El abogado sacó entonces un pequeño dispositivo de memoria.
—También existe un audio.
La grabación comenzó.
La voz de Roberto llenó la sala.
“No quiero una hija. Hubiera sido mejor que naciera un niño.”
Después se escuchó el llanto de Lucía.
Y la voz de Elena intentando calmarla.
Roberto sintió que la garganta se le cerraba.
—Eso fue hace mucho tiempo.
—Hace dos semanas —respondió el abogado.
El juez apagó la grabación.
La expresión de Roberto ya no era la de un hombre seguro.
Era la de alguien que comenzaba a entender lo que estaba perdiendo.
Pero aún faltaba el último documento.
El abogado entregó un sobre cerrado.
—Señoría, esto llegó esta mañana desde la notaría.
El juez lo abrió.
Leyó la primera página.

Luego la segunda.
Finalmente levantó la vista hacia Roberto.
—¿Usted sabía que había solicitado un préstamo usando la vivienda como garantía?
Roberto tragó saliva.
—Sí…
—¿Y sabía que legalmente esa vivienda no le pertenecía?
Nadie respondió.
El juez cerró lentamente el expediente.
—Eso constituye un problema mucho más grave que un simple proceso de divorcio.
Roberto palideció.
Su abogado comenzó a revisar los documentos con desesperación.
—Esto… esto cambia completamente el caso.
Elena respiró profundamente.
No sentía alegría.
Solo alivio.
Había esperado años para que alguien escuchara la verdad.
Entonces la secretaria del juzgado abrió la puerta.
—Señoría, acaba de llegar un representante del banco.
Trae nueva documentación relacionada con el préstamo.
El hombre entró con una carpeta azul.
Miró directamente a Roberto.
—Necesitamos hablar sobre la garantía que presentó.
Después dejó una fotografía sobre la mesa.
Era la firma utilizada para solicitar el crédito.
El representante negó lentamente.
—Tenemos un problema.
Esa firma no pertenece al propietario legal del inmueble.
Pertenece a otra persona.
Y quien la falsificó podría enfrentar un proceso penal mucho más serio que este divorcio.