Treinta minutos después de colgar, escuché el sonido de varios vehículos entrando por la reja.
No era uno.
Eran cuatro.
Me asomé por la ventana.
La primera camioneta negra se detuvo frente a la entrada.
Del asiento trasero descendió mi padre.
Don Aurelio Alcázar seguía caminando con la misma serenidad que recordaba cuando era niña.
A sus sesenta y ocho años, bastaba su presencia para que ministros, banqueros y directores generales cambiaran el tono de voz.
En cuanto me vio, abrió los brazos.
No pude contenerme.
Corrí hacia él.
Me abrazó con una fuerza que hacía tres años no sentía.
—Perdóname, hija.
Las lágrimas amenazaron con salir.
—No, papá…
Fui yo quien se fue.
Él negó lentamente.
—Nunca debí dejar que enfrentaras todo sola.
Dentro de la casa, Doña Lupita no podía creer lo que veía.
—¿Usted es… don Aurelio Alcázar?
Mi padre sonrió con amabilidad.
—Así es.
Y gracias por cuidar de mi hija cuando otros no lo hicieron.
La mujer comenzó a llorar.
—Es una buena muchacha.
No merecía esto.
Mi padre le tomó la mano.
—Lo sé.
Por eso vine.
Nos sentamos en el salón.
Él observó alrededor.
Los muebles.
Las fotografías.
El retrato de mi boda.
Después me miró fijamente.
—Cuéntamelo todo.
No le oculté nada.
Le hablé de los desprecios.
De las ausencias.
De Valeria.
Del collar.
De la gala.
Y de la frase que Rodrigo dijo antes de marcharse.
“Solo me harías pasar vergüenza.”
Mi padre permaneció completamente inmóvil.
Solo sus dedos golpeaban lentamente el brazo del sillón.
Quienes lo conocían sabían lo que significaba.
Estaba conteniendo la ira.
Cuando terminé, respiró profundamente.
—¿Rodrigo sabe quién eres realmente?
Negué con la cabeza.
—Nunca quise que nuestro matrimonio dependiera de tu apellido.
Él sonrió con tristeza.
—Siempre fuiste igual que tu madre.
Prefería que la quisieran por su corazón.
No por nuestra fortuna.
Uno de sus asistentes se acercó discretamente.
—Señor…
Ya verificamos la información.
Mi padre tomó una carpeta.
Dentro había varios informes financieros.
Los revisó apenas unos segundos.
Después levantó la vista hacia mí.
—Hay algo que debes saber.
Fruncí el ceño.
—¿Qué ocurre?
—Rodrigo no eligió asistir hoy a cualquier evento.
La gala de Grupo Altamar busca nuevos inversionistas.
Asentí.
—Sí.
—Nuestra familia es el principal inversionista.
Sentí que el corazón daba un vuelco.

—¿Qué?
Mi padre cerró la carpeta.
—El sesenta y dos por ciento del capital que mantiene vivo ese grupo pertenece a Alcázar Holdings.
Permanecí en silencio.
Nunca me interesé por los negocios familiares.
Desconocía casi todo.
Mi padre continuó.
—Y esta noche iban a presentar un nuevo fondo de inversión.
—¿Eso qué significa?
Una leve sonrisa apareció en su rostro.
—Que Rodrigo lleva meses intentando convencerme para invertir doscientos millones de pesos en su empresa.
Abrí mucho los ojos.
—¿Y tú?
—Llevo meses rechazándolo.
Sin saber que estaba casado con mi hija.
Mientras tanto, en el hotel donde se celebraba la gala, Rodrigo sonreía entre empresarios y fotógrafos.
Valeria no soltaba su brazo.
—Esta noche será perfecta.
Él levantó su copa.
—Después de cerrar el acuerdo con Grupo Altamar, nadie podrá detenernos.
Uno de los organizadores se acercó apresuradamente.
—Señor Salvatierra…
Los principales inversionistas acaban de llegar.
Rodrigo acomodó su saco.
—Perfecto.
Estoy listo para conocerlos.
Las puertas del salón comenzaron a abrirse.
Todos los asistentes giraron la cabeza.
Rodrigo sonrió.
Hasta que vio quién entraba.
Primero aparecieron varios escoltas.
Después, el presidente de Grupo Altamar.
Y finalmente…
Don Aurelio Alcázar.
Rodrigo quedó completamente inmóvil.
Nunca antes había hablado con él en persona.
Solo lo había visto en revistas y conferencias.
Valeria susurró emocionada.
—Es él.
Dicen que si invierte en tu empresa, valdrá el doble.
Rodrigo respiró hondo y caminó decidido hacia el empresario.
Extendió la mano.
—Señor Alcázar…
Es un honor conocerlo.
Mi padre lo observó durante unos segundos.
No estrechó su mano.
Solo hizo una pregunta.
—¿Dónde está tu esposa?
La sonrisa de Rodrigo desapareció.
—Mi esposa…
No pudo terminar la frase.
Porque, en ese mismo instante, las puertas del salón volvieron a abrirse.
Todos los invitados se giraron.
Entré caminando junto a mi padre.
Con el mismo vestido azul que Rodrigo había despreciado.
El salón entero quedó en silencio.
Entonces mi padre rodeó mis hombros con un brazo y anunció con una voz que resonó en toda la sala:
—Antes de comenzar esta gala, quiero presentarles oficialmente a mi única hija… Mariana Alcázar. Y también al hombre que hace apenas una hora decidió humillarla delante de toda su casa.