El silencio se volvió insoportable.
Verónica seguía mirando a Alejandro Fuentes sin poder responder.
Él dio un paso hacia ella, todavía con Emilia dormida en brazos.
—Te hice una pregunta.
La gerente tragó saliva.
—Yo… supuse quién era.
—No.
Alejandro negó con firmeza.
—No podías suponer un nombre que nunca aparece en el expediente de Mariana.
Los dos guardias comenzaron a mirarse entre sí.
Yo sentía el corazón desbocado.
Verónica intentó recuperar la compostura.
—La escuché hablar por teléfono hace unos días.
—¿Con quién?
No respondió.
En ese momento sonó el ascensor privado.
Las puertas se abrieron.
Un hombre elegante, de unos treinta años, entró acompañado por una mujer de cabello perfectamente peinado.
Lo reconocí de inmediato.
Rodrigo.
Y junto a él caminaba mi exsuegra, doña Elvira.
Apenas me vio, señaló a Emilia.
—¡Ahí está mi nieta!
Intentó acercarse, pero Alejandro levantó una mano.
—No dé un paso más.
Rodrigo sonrió con falsa preocupación.
—Vengo por mi hija. La gerente me llamó diciendo que esta mujer la abandonó dentro del restaurante.
Sentí que la rabia me quemaba el pecho.
—¡Llevas ocho meses sin preguntar por ella!
Rodrigo ni siquiera me miró.
Solo tenía los ojos puestos en Emilia.
Alejandro observó la escena durante unos segundos.
Después volvió la cabeza hacia Verónica.
—¿Tú los llamaste?
Ella bajó la mirada.
—Sí…
—¿Con qué autorización?
—Pensé que era lo correcto.
Alejandro respiró hondo.
—Extraño.
Sacó su teléfono.
—Porque hace exactamente diez minutos ordené bloquear todas las llamadas salientes del restaurante mientras buscábamos a la bebé.
La gerente palideció.
—Excepto una.
Le mostró la pantalla.
—La tuya.
Nadie dijo una palabra.

Alejandro continuó.
—Y no llamaste a emergencias.
No llamaste al DIF.
Ni a la policía.
Llamaste directamente al señor Rodrigo Salgado.
Rodrigo dio un paso adelante.
—Eso no demuestra nada.
—Todavía no.
Alejandro pulsó otro botón.
En la pantalla apareció la imagen de una cámara de seguridad.
—La cámara del pasillo.
Verónica abrió los ojos con horror.
—Pensé que estaba descompuesta…
—Eso te hizo creer alguien.
El video comenzó a reproducirse.
Se veía claramente cómo yo salía corriendo hacia el salón.
Un minuto después, Verónica entraba al cuarto de mantelería.
Miraba a ambos lados.
Tomaba a Emilia en brazos.
Recogía la mochila.
Después colocaba deliberadamente la sonaja amarilla sobre el primer escalón de la escalera.
El restaurante entero quedó en silencio.
Yo rompí a llorar.
No porque por fin demostraran mi inocencia.
Sino porque alguien había usado a mi hija de nueve meses como si fuera un objeto.
Alejandro detuvo el video.
—¿Quieres explicar por qué sacaste a esa bebé del cuarto?
Verónica comenzó a temblar.
—Yo… solo quería protegerla.
—Mentira.
Alejandro dio otro paso.
—La llevaste hasta la escalera para que pareciera que la madre la había perdido.
Rodrigo intervino de inmediato.
—Todo esto es un malentendido.
Alejandro giró lentamente hacia él.
—Entonces explícame otra cosa.
Le mostró el registro de llamadas.
—¿Por qué la gerente habló contigo durante nueve minutos anoche?
Rodrigo quedó inmóvil.
Doña Elvira sintió que las piernas le fallaban.
—Rodrigo… ¿qué hiciste?
Él no respondió.
Verónica rompió en llanto.
—¡Él me prometió dinero!
Todos voltearon hacia ella.
—Dijo que si lograba demostrar que Mariana era una madre irresponsable, él obtendría la custodia de Emilia.
Sentí que el mundo se detenía.
Rodrigo había abandonado a su hija cuando apenas tenía seis semanas.
Y ahora quería recuperarla.
No por amor.
Sino porque una demanda millonaria acababa de convertir a Emilia en heredera de una fortuna que yo todavía desconocía.
Alejandro cerró lentamente la carpeta que estaba sobre su escritorio.
Su voz sonó más fría que nunca.
—Llamen a la policía.
Luego miró fijamente a Rodrigo.
—Y antes de que lleguen… será mejor que me expliques cómo supiste que esa niña heredaría las acciones de mi empresa antes incluso de que yo lo anunciara públicamente.