El Dr. Lawson dejó el portapapeles sobre la mesa.
Respiró hondo antes de volver a mirarnos.
—Necesito hacerle una pregunta a Maya.
Mi hija asintió con nerviosismo.
—¿Alguna vez has tenido relaciones sexuales?
La habitación quedó completamente en silencio.
Maya abrió mucho los ojos.
—¿Qué?
—Necesito que respondas con sinceridad.
Ella negó inmediatamente.
—No. Nunca.
El médico la observó unos segundos.
No parecía buscar una confesión.
Parecía comprobar si había miedo en su respuesta.
Después volvió a mirar la pantalla.
—Bien.
Tomó el teléfono del consultorio.
—Necesito una tomografía urgente y que Radiología venga inmediatamente.
Colgó sin añadir nada más.
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
—Doctor… ¿está embarazada?
Él negó con firmeza.
—No.
Las piernas casi dejaron de sostenerme.
Pero el alivio duró apenas un instante.
—Entonces… ¿qué es eso?
El Dr. Lawson acercó nuevamente la imagen.
Había una masa redondeada ocupando gran parte del abdomen inferior.
—Todavía no podemos asegurarlo.
Pero esto no tiene el aspecto de un embarazo.
Maya comenzó a llorar en silencio.
Yo le sujeté la mano.
—Vas a estar bien.
Aunque ni yo misma estaba convencida.
Treinta minutos después, la trasladaron para realizarle la tomografía.
La espera fue interminable.
El reloj de la pared parecía detenido.
Fue entonces cuando mi teléfono volvió a vibrar.
Robert.
Contesté.
—¿Dónde demonios están?
—En el hospital.
Hubo unos segundos de silencio.
Después llegó su respuesta.
—¿Te volviste loca?
Te dije que no desperdiciaras dinero.
Miré la puerta por donde acababan de llevarse a Maya.
—Los médicos encontraron algo.
Él soltó una risa incrédula.
—Claro.
Siempre encuentran algo cuando quieren cobrar más pruebas.
Colgué.
No tenía fuerzas para discutir.
Cinco minutos más tarde comenzó a llamar una y otra vez.
Apagué el teléfono.
Toda mi atención estaba en mi hija.
El Dr. Lawson regresó acompañado por una especialista en cirugía pediátrica.
Aquello no podía significar nada bueno.
Los dos tomaron asiento frente a mí.
La doctora habló primero.
—Señora Thorne, ya tenemos una idea mucho más clara de lo que ocurre.
Sentí que la garganta se cerraba.
—Dígamelo.
La especialista señaló las imágenes.
—Maya tiene una masa de gran tamaño adherida a uno de sus ovarios.
Mi respiración se detuvo.
—¿Es… cáncer?
La doctora negó lentamente.
—Todavía no podemos afirmarlo.
Necesitamos analizarla.
Pero sí sabemos una cosa.
Miró directamente a Maya.
—Está comprimiendo varios órganos.
Eso explica el dolor, las náuseas, la pérdida de peso y los mareos.
El Dr. Lawson añadió con serenidad:
—También explica por qué cada semana empeoraba.
Maya rompió a llorar.
Yo la abracé con todas mis fuerzas.
Solo podía pensar en una frase.

Si hubiera esperado unos días más…
La doctora pareció leer mis pensamientos.
—La trajeron a tiempo.
Eso probablemente le salvó la vida.
Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas.
No de miedo.
De alivio.
Mientras firmaba los consentimientos para la cirugía, una enfermera se acercó.
—Hay un hombre preguntando por ustedes en recepción.
No necesité preguntar quién era.
Robert apareció segundos después.
Entró al consultorio con el rostro enrojecido.
—¿Qué está pasando aquí?
Miró las máquinas.
Los informes.
Las imágenes.
Después me señaló.
—¿Cuánto va a costar todo esto?
No respondió nadie.
La especialista fue quien rompió el silencio.
—Señor, su hija necesita una intervención quirúrgica urgente.
Robert soltó una carcajada seca.
—¿Urgente?
Lleva semanas igual.
Puede esperar hasta que busquemos otra opinión.
El rostro de la doctora cambió por completo.
—No.
No puede.
Sacó la tomografía y la colocó frente a él.
—Si esta masa sigue creciendo o se rompe, su hija podría sufrir una hemorragia interna o perder parte de sus órganos reproductivos.
El color desapareció lentamente del rostro de Robert.
Por primera vez dejó de discutir.
Miró a Maya.
Ella evitó sus ojos.
La habitación volvió a quedar en silencio.
Entonces el Dr. Lawson abrió una carpeta más.
—Hay otra cosa.
Todos levantamos la vista.
—Revisando el historial médico encontramos que Maya acudió a consulta hace ocho meses por dolores similares.
Fruncí el ceño.
—Eso es imposible.
Nunca la traje.
El médico deslizó un documento hacia nosotros.
Allí aparecía claramente el nombre de mi hija.
Y, debajo, una firma autorizando el alta voluntaria antes de completar los estudios.
No era mi firma.
Tampoco era la de Maya.
El Dr. Lawson respiró hondo.
—Necesitamos saber quién retiró a su hija del hospital aquel día.
Miré lentamente el documento.
Después levanté la vista hacia Robert.
Él ya no discutía.
Ya no hablaba.
Solo observaba aquella firma con un miedo que nunca antes le había visto.
Y en ese instante comprendí que el mayor problema quizá no era únicamente la enfermedad de Maya.
Era descubrir quién había impedido deliberadamente que la diagnosticaran cuando todavía había tiempo para evitar todo aquello.