PARTE 2: LA VOZ QUE SALIÓ DEL AUDIO DESTROZÓ A MARIANA.

Sentí que el aire desaparecía de la habitación.

La comandante Valeria Ríos permaneció en silencio unos segundos antes de continuar.

—La voz de la mujer ya fue identificada.

Apreté el teléfono con tanta fuerza que los dedos comenzaron a dolerme.

—¿Quién es?

—Preferimos que venga a escuchar el audio completo.

Una hora después estaba en las oficinas de Protección Civil.

Sofía permanecía con Laura en la sala de espera.

La comandante colocó una grabadora sobre la mesa.

—Recuperamos el archivo del dispositivo que activó el encendido remoto. Antes de programarlo hicieron una llamada de prueba.

Presionó reproducir.

Primero se escuchó la voz de Diego.

—El temporizador está listo.

Después habló una mujer.

En cuanto pronuncié la primera palabra, sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

Conocía esa voz desde hacía quince años.

Era Laura.

Mi mejor amiga.

La mujer que me había abierto las puertas de su casa después de la explosión.

La misma que abrazó a Sofía mientras lloraba.

La misma que preparaba café cada mañana fingiendo preocuparse por nosotras.

El audio continuó.

—¿Estás seguro de que Mariana no sospecha nada? —preguntó Laura.

—Jamás.

Diego soltó una pequeña risa.

—Confía más en ti que en cualquier otra persona.

Sentí que el estómago se revolvía.

La comandante detuvo la grabación.

—Hay más.

Volvió a presionar el botón.

—Cuando cobremos el seguro y vendamos el terreno, nadie volverá a relacionar esto con nosotros.

—¿Y la herencia de su padre? —preguntó Laura.

—También será nuestra cuando todo termine.

No pude seguir escuchando.

Las lágrimas comenzaron a caer sin control.

No por Diego.

Por Laura.

Había sido ella quien administró mi herencia durante años.

Conocía cada cuenta bancaria.

Cada inversión.

Cada documento.

Sabía exactamente cuánto dinero recibiría si yo moría.

La comandante deslizó una carpeta hacia mí.

—Encontramos transferencias entre ellos desde hace casi dos años.

Abrí la primera hoja.

Había depósitos mensuales.

Viajes pagados.

Reservaciones en hoteles.

Fotografías.

Mi esposo y mi mejor amiga llevaban una relación desde mucho antes de intentar matarnos.

Respiré hondo.

—¿Dónde está Diego?

—Salió del país hace dos días.

—¿Y Laura?

La comandante me miró fijamente.

—Todavía no sabe que descubrimos el audio.

En ese instante mi teléfono vibró.

Era un mensaje de Laura.

“¿Cómo está Sofía? Preparé su sopa favorita. Regresen temprano. Las extraño.”

Sentí un escalofrío.

La comandante tomó el teléfono y leyó el mensaje.

—No vuelva a esa casa.

—¿Por qué?

Ella abrió otra carpeta.

Dentro había fotografías tomadas esa misma mañana.

Mi sangre se heló.

Mostraban a Laura entrando discretamente a mi vivienda destruida junto con dos hombres desconocidos.

Uno de ellos llevaba una pala.

El otro sacaba una caja metálica enterrada bajo el piso de la cocina.

La comandante habló con voz grave.

—Ellos no regresaron por recuerdos.

—Regresaron porque algo quedó escondido debajo de su casa.

Pero lo que terminó de paralizarme fue la última fotografía.

Laura sostenía en las manos una carpeta roja.

La misma carpeta que mi padre me entregó el día que murió.

La que contenía el verdadero destino de toda su fortuna.

Y que yo había jurado nunca contarle a nadie dónde estaba escondida.

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