Andrés dejó caer el teléfono sobre la mesa.
Sus manos temblaban.
No por miedo.
Por rabia.
—Román no va a quemar documentos.
Levantó lentamente la vista hacia Elena.
—Va a quemar personas.
Un silencio pesado llenó el departamento.
Elena tomó inmediatamente el celular.
—Voy a llamar a la fiscalía.
Andrés negó con firmeza.
—Todavía no.
Abrió uno de los expedientes que llevaba años escondiendo.
Dentro había fotografías antiguas.
Contratos.
Transferencias.
Y una libreta negra.
—Durante ocho años reuní pruebas mientras fingían que yo no existía.
Señaló una fotografía.
En ella aparecían Mauricio, Víctor Calderón y Román Figueroa brindando en un restaurante privado apenas dos semanas después de que Andrés desapareciera.
—Nunca actuaron solos.
El timbre sonó.
Todos se sobresaltaron.
Elena observó la cámara del pasillo.
Era Lucas Herrera, el abogado de la familia.
Entró sin perder un segundo.
—Tenemos un problema.
Dejó una tableta sobre la mesa.
En la pantalla aparecían imágenes de una bodega industrial.
—Hace veinte minutos comenzaron a sacar cajas de Puente del Norte.
Elena sintió un nudo en el estómago.
—¿Las pruebas?
Lucas asintió.
—Y también servidores completos.
Andrés respiró profundamente.
—Sabían que Mauricio vendría aquí.
Comprendieron que la visita con flores no había sido un intento de reconciliación.
Había venido a confirmar una sola cosa.
Que Andrés seguía vivo.

Y, apenas salió del edificio, alguien dio la orden de borrar todo.
Elena tomó las llaves.
—Vamos.
Lucas la detuvo.
—No.
Sacó una credencial.
—La Fiscalía Anticorrupción ya recibió una copia de todos los archivos que guardó tu padre.
Elena lo miró sorprendida.
—¿Cuándo?
Andrés sonrió por primera vez.
—Hace seis meses.
Lucas abrió otra carpeta.
—Si intentan destruir la bodega, ya no podrán ocultar los registros originales.
En ese instante sonó el teléfono de Elena.
Número desconocido.
Contestó.
Del otro lado solo se escuchó una voz masculina.
—Dígale a Andrés que esta vez no vamos a dejar testigos.
La llamada terminó.
Mateo, que permanecía en su habitación, salió corriendo.
—Mamá…
Tenía una tableta entre las manos.
—Acaban de apagar todas las cámaras de la empresa Puente del Norte.
Lucas levantó inmediatamente la vista.
—No las apagaron.
Abrió su computadora portátil.
Tecleó durante unos segundos.
Después giró lentamente la pantalla hacia Elena.
—Las desconectaron porque alguien acaba de entrar usando la clave del director general.
Todos observaron el nombre que aparecía registrado.
No era Román.
No era Mauricio.
Ni siquiera Víctor.
El acceso acababa de realizarse con las credenciales digitales de…
Andrés Zárate.
El anciano quedó completamente inmóvil.
Porque él llevaba ocho años oficialmente desaparecido…
Y alguien acababa de utilizar su identidad para poner en marcha la última fase del plan que había destruido su vida.