Ethan llevó la última caja hasta el apartamento y la dejó junto al sofá.
Después se volvió hacia mí.
—¿Eso es todo?
Asentí.
Mentía.
Siempre mentía alrededor de él.
Había dejado escondida en mi antigua habitación una caja pequeña con documentos médicos, fotografías y un sobre que jamás debía encontrar.
Porque dentro estaba la única prueba capaz de destruir aquella absurda segunda oportunidad que acabábamos de comenzar.
Ethan recorrió el apartamento con la mirada.
No era ostentoso, pero sí enorme comparado con el cuarto donde yo había vivido.
—La habitación del fondo será para el bebé.
Sentí un nudo en la garganta.
—No tienes que hacer eso.
—Ahora es mi esposa.
—Eso no significa que tengas que convertirte en padre.
Sus ojos se endurecieron.
—Te dije que soy estéril, Amelia. No dije que odiara a los niños.
Aquella palabra volvió a golpearme.
Estéril.
Había pronunciado lo mismo frente al Registro Civil.
Pero seis meses antes…
Seis meses antes Ethan no había sido estéril.
Al menos, eso era lo que yo creía.
Me giré para ocultar mi expresión.
—Necesito descansar.
—Perfecto.
Pensé que me dejaría sola.
En cambio, preguntó:
—¿Quién es el médico que controla tu embarazo?
Mi corazón dio un salto.
—¿Para qué quieres saberlo?
—Porque estás embarazada de seis meses, pareces agotada y subiste cuatro pisos cargando cajas antes de que yo apareciera. Quiero asegurarme de que estés bien.
—Puedo cuidarme sola.
—Eso ya lo sé.
Su voz bajó.
—Siempre pudiste.
Aquella frase trajo un recuerdo que había intentado enterrar.
Ethan esperando afuera de mi universidad bajo la lluvia.
Ethan llevando sopa a mi madre.
Ethan prometiéndome que algún día tendríamos una casa llena de niños.
Luego vino la ruptura.
Sin explicación.
Sin despedida real.
Sólo una llamada.
“Esto no va a funcionar.”
Y desapareció.
Años después seguía sin saber por qué.
La primera semana de matrimonio fue extrañamente tranquila.
Ethan salía temprano y regresaba tarde.
Yo seguía trabajando en el periódico porque necesitaba el salario.
Hasta que una tarde mi editor me llamó a su despacho.
—Amelia, Recursos Humanos recibió una solicitud para reducir tus horas.
Fruncí el ceño.
—¿De quién?
Él levantó las cejas.
—De tu esposo.
Sentí que la sangre me hervía.
Esa noche esperé a Ethan despierta.
Entró a las diez.
—¿Llamaste a mi trabajo?
Dejó las llaves.
—Sí.
—¿Estás loco?
—Tu médico dijo que necesitas descansar.
Me congelé.
—¿Mi médico?
Ethan sacó una tarjeta del bolsillo.
Reconocí inmediatamente el logo de la clínica.
—Encontré esto en tu bolso cuando buscaba tus documentos del seguro.
—Revisaste mis cosas.
—Buscaba información médica, no secretos.
Si supiera cuántos secretos había.
—No vuelvas a hacerlo.
—Entonces deja de ocultarme todo.
Nos quedamos mirándonos.
Aquello ya no era una discusión sobre el trabajo.
Ethan lo sabía.
Yo también.
—¿Por qué te importa tanto? —pregunté.
Él soltó una risa amarga.
—Porque me casé contigo.
—Ayer estabas a punto de casarte con otra mujer.
Su rostro cambió.
Había dado justo donde dolía.
—Madeline no importa.
—Estabas en el Registro Civil por ella.
—Y tú estabas allí supuestamente divorciándote.
Silencio.
Demasiado peligroso.
Ethan se acercó.
—¿Cómo se llamaba?
—¿Quién?
—Tu exmarido.
Tragué saliva.
—No quiero hablar de él.
—Nunca quieres hablar de nada.
Se alejó.
—Perfecto.
Pensé que había terminado.
Entonces añadió:
—Pero algún día tendré que conocerlo.
El miedo me recorrió el cuerpo.
—¿Por qué?
Ethan señaló mi vientre.

—Porque si este hombre abandonó a su hijo, necesito saber si algún día piensa volver para reclamarlo.
Apreté las manos.
—No volverá.
—¿Cómo estás tan segura?
Lo miré.
Porque estaba frente a mí.
Porque jamás se había ido realmente.
Porque el padre de mi hijo dormía a diez metros de distancia sin saber que aquel bebé era suyo.
Pero sólo respondí:
—Porque lo conozco.
Dos días después ocurrió algo peor.
Mi madre tuvo una crisis en la clínica.
Salí del periódico sin avisar y tomé un taxi.
Cuando llegué, Ethan ya estaba allí.
Me detuve en el pasillo.
—¿Qué haces aquí?
—La clínica me llamó.
—¿Por qué te llamarían a ti?
La enfermera apareció detrás.
—Señora Walker, su esposo figura como contacto secundario.
Me quedé inmóvil.
Yo nunca había añadido a Ethan.
Él tampoco entendía.
La enfermera revisó el expediente.
—Está aquí desde hace años.
Sentí que el suelo desaparecía.
Ethan tomó la hoja.
Leyó.
Luego me miró.
—¿Hace años?
Le arrebaté el papel.
Ahí estaba su nombre.
Ethan Walker.
Contacto de emergencia.
Registrado tres años antes de nuestra boda.
Cuando todavía éramos pareja.
Nunca lo había eliminado.
—Lo olvidé —murmuré.
Ethan no respondió.
Entramos a ver a mi madre.
Ella estaba débil, pero consciente.
Sonrió al verme.
Después sus ojos se desplazaron hacia Ethan.
Y ocurrió algo que yo había temido desde el instante en que firmamos aquel matrimonio improvisado.
Mi madre sonrió.
—Volviste.
Ethan frunció el ceño.
—Señora Bennett.
Mamá extendió una mano.
—Sabía que regresarías cuando supieras lo del bebé.
El mundo se detuvo.
—Mamá.
Ella me miró confundida.
—¿Qué?
—Estás cansada.
—No tanto.
Volvió a mirar a Ethan.
—¿Amelia finalmente te contó que…
—Mamá, basta.
Mi voz salió demasiado fuerte.
Ethan se quedó completamente inmóvil.
—¿Contarme qué?
Mi madre parpadeó.
Entonces comprendió.
El color desapareció de su rostro.
—Yo…
—Descanse —dije rápidamente.
Tomé a Ethan del brazo.
—Vamos afuera.
Él permitió que lo sacara al pasillo.
Pero en cuanto la puerta se cerró, apartó mi mano.
—¿Qué iba a decir?
—Está medicada.
—Amelia.
—No sabe lo que dice.
—Dijo “cuando supieras lo del bebé”.
Sentí que el corazón golpeaba demasiado rápido.
—Podría referirse a cualquier cosa.
Ethan me miró durante varios segundos.
Luego bajó lentamente los ojos hacia mi vientre.
—¿Cuándo exactamente quedaste embarazada?
La pregunta que llevaba seis meses temiendo.
—Ya te dije que tengo seis meses.
—No pregunté cuánto tiempo tienes.
Se acercó.
—Pregunté cuándo.
No respondí.
Su expresión cambió.
Comenzó a hacer cálculos.
Y entonces vi algo inquietante en su rostro.
Confusión.
Miedo.
Pero también reconocimiento.
—Amelia…
—Ethan, no.
—Hace seis meses yo estuve aquí.
Mi garganta se cerró.
Claro que había estado.
Sólo una noche.
Una noche que él aparentemente no recordaba.
—Tú dijiste que no habíamos vuelto a vernos después de romper.
Retrocedí.
—No dije eso.
—Lo insinuaste.
Entonces su mirada bajó nuevamente hacia mi vientre.
—¿Ese bebé tiene algo que ver conmigo?
Antes de que pudiera responder, una voz femenina apareció detrás.
—Definitivamente deberías contestarle.
Me giré.
Madeline.
La prometida que había abandonado a Ethan frente al Registro Civil.
Estaba de pie al final del pasillo.
Y sostenía en la mano la caja que yo había dejado escondida en mi antigua habitación.
Mi sangre se heló.
Madeline levantó el sobre que había dentro.
En el frente se leía claramente:
“PRUEBA DE PATERNIDAD — ETHAN WALKER.”
Ethan dejó de respirar.
Y yo comprendí que aquella mentira acababa de llegar a su último minuto.