Parte 2: EL SECRETO DE LUCIAN BLACKWOOD

El todoterreno aceleró bajo la tormenta mientras otro dolor me atravesaba el abdomen.

Me doblé sobre mí misma.

—Mis bebés…

Lucian se inclinó hacia delante.

—Hospital Blackwood. Entrada privada. Ahora.

El conductor no hizo preguntas.

Diez minutos después, atravesábamos unas puertas subterráneas mientras un equipo médico esperaba con una camilla.

Lucian caminó junto a mí hasta el ascensor.

—¿Por qué hay un hospital con tu nombre?

—Porque es mío.

Naturalmente.

Cuando eres Lucian Blackwood, aparentemente también posees hospitales.

Una doctora me examinó inmediatamente.

Aquellos minutos fueron los más largos de mi vida.

Finalmente, levantó la mirada.

—Los tres bebés tienen latidos estables.

Cerré los ojos.

—Gracias a Dios.

—Pero ha tenido contracciones prematuras. Necesitamos mantenerla bajo observación.

Lucian permanecía junto a la puerta.

—Tendrá todo lo necesario.

La doctora asintió como si recibir órdenes de multimillonarios fuera completamente normal.

Cuando nos quedamos solos, sostuve la tarjeta negra entre los dedos.

—Ahora quiero respuestas.

Lucian no fingió no entender.

—¿Por qué estabas en aquel autobús?

—Mi vehículo tuvo que detenerse cerca del puente.

—Había tres camionetas blindadas siguiéndonos.

Silencio.

—Y me miraste como si ya supieras quién era.

Su mandíbula se tensó.

—Sé quién eres, Ava.

Mi corazón dio un vuelco.

—¿Cómo?

Antes de responder, alguien golpeó la puerta.

Un hombre de traje oscuro entró.

—Señor Blackwood, Drake está abajo.

Lucian miró su reloj.

—Ha sido rápido.

—Trae abogados y una orden de emergencia.

Me incorporé.

—¿Una orden para qué?

—Solicita acceso inmediato a la señora Bennett y protección preventiva de los niños.

Sentí náuseas.

—Todavía ni siquiera han nacido.

Lucian tomó el documento.

Lo leyó.

Y sonrió.

No era una sonrisa agradable.

—Nathan siempre fue impaciente.

Lo miré fijamente.

—¿Lo conoces?

Lucian levantó los ojos.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de que se casara contigo.

El miedo cambió de forma.

—¿Qué está pasando?

Pero entonces escuchamos voces en el pasillo.

Nathan apareció acompañado por tres abogados y seguridad del hospital.

Sus ojos encontraron primero mi rostro.

Después a Lucian.

Se detuvo.

Por primera vez en cinco años vi a Nathan Drake genuinamente sorprendido.

—Blackwood.

—Drake.

La temperatura de la habitación pareció caer.

Nathan miró hacia mí.

—Ava, necesito hablar contigo.

—No.

—Esto involucra a mis hijos.

Lucian dio un paso entre nosotros.

—No sabes todavía si son tuyos.

Nathan soltó una risa seca.

—Son míos.

Algo en aquella seguridad me inquietó.

—¿Cómo sabes que son trillizos?

Nathan guardó silencio.

Yo nunca se lo había dicho.

Ni siquiera figuraba en los documentos del divorcio.

—Nathan.

Mi voz tembló.

—¿Cómo lo sabes?

Uno de sus abogados intervino.

—Información médica obtenida legalmente.

Lucian lo miró.

—Eso sería interesante de demostrar.

Nathan perdió la paciencia.

—Apártate de mi familia.

—Ya no es tu esposa.

—Pero lleva a mis herederos.

Herederos.

No bebés.

No hijos.

Herederos.

Lucian lo había notado también.

—Ahí está —murmuró.

Nathan lo fulminó con la mirada.

—No sabes nada.

—Sé suficiente.

Entonces Lucian sacó su teléfono.

—Incluido por qué necesitabas divorciarte antes de que nacieran.

Nathan palideció.

Mi respiración se detuvo.

—¿Qué significa eso?

—Nada —dijo Nathan rápidamente.

Miré a Lucian.

—Dímelo.

Él dudó.

Por primera vez desde que lo conocí, aquel hombre que parecía controlar cada habitación no parecía seguro de querer hablar.

—Ava, tu divorcio no empezó por Chloe.

—¿Qué?

Nathan avanzó.

—Cállate, Blackwood.

Lucian ni siquiera lo miró.

—Chloe fue conveniente. Una humillación pública suficientemente creíble para hacerte firmar rápido.

Recordé aquella oficina.

Las páginas.

Nathan mirando constantemente el reloj.

“Firma los papeles, Ava.”

Sentí un frío terrible.

—¿Por qué?

Lucian sostuvo mi mirada.

—Porque tu esposo descubrió quién eras antes que tú.

No entendí.

—Sé perfectamente quién soy.

—No.

Nathan golpeó la puerta con la palma.

—¡Basta!

Dos hombres de seguridad aparecieron inmediatamente.

Lucian continuó.

—Tu madre se llamaba Eleanor Bennett, ¿correcto?

—Sí.

—Murió cuando yo tenía nueve años.

Algo parecido al dolor cruzó su rostro.

—Eso te dijeron.

Mi corazón dejó de latir durante un segundo.

—¿Qué?

Nathan retrocedió.

Uno de sus abogados le susurró algo.

—Nos vamos —ordenó Nathan.

—Nadie se va todavía —dijo Lucian.

El abogado levantó la supuesta orden.

—No puede detenernos.

Lucian sonrió.

—No necesito hacerlo.

Dos agentes entraron por el pasillo.

Nathan se quedó rígido.

Lucian volvió hacia mí.

—Hace veintisiete años, Eleanor Bennett trabajaba para mi padre.

—¿Haciendo qué?

—Administraba una parte de Blackwood Industries.

—Mi madre era profesora.

—Después.

Mi cabeza daba vueltas.

Lucian sacó una fotografía antigua.

Una mujer joven aparecía junto a un hombre frente a un edificio corporativo.

Reconocí inmediatamente a mi madre.

El hombre era un Lucian mucho más joven.

—Eso es imposible.

—Yo tenía diecisiete años.

—¿Por qué nunca me buscaste?

Sus ojos se endurecieron.

—Lo hice.

Sentí un escalofrío.

—¿Cuándo?

—Durante once años.

Nathan cerró los ojos.

Y entonces comprendí.

Lo miré.

—Tú sabías.

No respondió.

—¡Tú sabías que Lucian me buscaba!

—Ava…

—¿Desde cuándo?

Nathan permaneció callado.

Uno de los agentes se acercó.

—Señor Drake, necesitamos hacerle unas preguntas relacionadas con transferencias realizadas desde cuentas pertenecientes a su esposa.

—¿Qué transferencias?

Mi pregunta salió apenas como un susurro.

Lucian colocó otra carpeta frente a mí.

—El dinero que viste esta noche no era todo lo que tenías.

Abrí la carpeta.

Había documentos bancarios.

Un fideicomiso.

Mi nombre.

Y una cifra que tuve que leer varias veces.

Ciento ochenta y seis millones de dólares.

—No entiendo.

—Tu madre creó ese fideicomiso antes de desaparecer —explicó Lucian—. Se activaba cuando cumplieras treinta años o cuando naciera tu primer hijo.

Me llevé una mano al vientre.

Entonces todo encajó.

El divorcio apresurado.

La casa.

El dinero.

Los abogados.

Nathan sabía que estaba embarazada.

—¿Quería quedarse con el fideicomiso?

—No exactamente.

Lucian señaló una cláusula.

—El dinero pasa a tus hijos.

Nathan necesitaba controlar legalmente a los bebés.

No porque los amara.

Porque valían una fortuna.

Las lágrimas ardieron en mis ojos.

—¿Y Chloe?

Lucian miró a Nathan.

—Pregúntale.

Nathan apretó los puños.

—Esto no tiene nada que ver con ella.

Mi teléfono vibró.

Un mensaje desconocido.

Abrí la fotografía adjunta.

Era Chloe.

Pero no estaba sola.

Estaba sentada junto a una mujer mayor en una habitación privada.

Sentí que el mundo desaparecía.

Reconocí aquellos ojos.

Aquella pequeña marca junto a la ceja.

Había visto ese rostro cada noche de mi infancia.

Debajo de la fotografía aparecía un mensaje:

“Tu madre nunca murió.”

Levanté lentamente la mirada hacia Lucian.

Su expresión confirmó lo imposible.

—¿Dónde está?

Lucian no respondió.

Nathan sí.

—Ava, hay algo que debes saber antes de verla.

—¿Qué?

Nathan miró mi vientre.

Después a Lucian.

Y pronunció las palabras que hicieron que incluso Blackwood perdiera el color del rostro.

—Los trillizos no son la razón principal por la que Eleanor regresó.

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