La rama del ahuehuete crujió.
Mariana abrió los ojos dentro del costal justo cuando sintió que su cuerpo descendía varios centímetros hacia el barranco.
No podía mover bien las piernas. El sedante todavía le pesaba en la sangre y cada respiración era un esfuerzo.
Pero una idea atravesaba toda aquella niebla.
Su hijo seguía vivo.
Tenía que salir de allí.
Entonces escuchó voces.
—¡El costal quedó en el árbol!
—¡Pues bájenlo!
Era Sergio “El Tuerto”.
La avalancha había arrastrado a tres de sus hombres, pero Sergio y otro llamado Ramiro permanecían en la ladera.
—Teresa dijo que no podía quedar ningún cuerpo donde pudieran encontrarlo —gritó Sergio.
Una cuerda descendió.
Minutos después consiguieron arrastrar el costal hasta terreno firme.
Mariana sintió unas manos sujetándola.
Después escuchó el sonido de una navaja.
La tela se abrió.
El aire frío golpeó su rostro.
Sergio esperaba encontrar a una mujer inconsciente.
En cambio, Mariana levantó lentamente la mirada.
—Antes de terminar el trabajo… llama a un abogado.
Sergio soltó una carcajada.
—¿Qué?
Mariana respiró con dificultad.
—Notaría 18. Guadalajara. Pregunta por el licenciado Esteban Valdés.
—¿Crees que esto es una negociación?
—Creo que Teresa te pagó dos millones por algo que puede costarte treinta años de prisión.
Ramiro miró a Sergio.
Mariana continuó.
—Y creo que olvidó contarte qué ocurre con ese dinero si yo muero esta noche.
La sonrisa de Sergio desapareció.
—Explícate.
—Hay un testamento secreto.
Eso era parcialmente cierto.
Alejandro le había contado de su existencia antes de partir, pero Mariana jamás había visto el documento completo.
Solo sabía una cosa.
Su marido desconfiaba de alguien.
Ahora sabía de quién.
—Si yo muero durante su ausencia —dijo Mariana—, se activa una investigación patrimonial automática sobre Grupo Robles.
Sergio frunció el ceño.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
—La maleta que Teresa te entregó salió de una de las empresas fantasma.
Aquello era una apuesta.
Pero funcionó.
Ramiro miró inmediatamente la maleta.
Sergio dejó de sonreír.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque llevaba semanas siguiendo las transferencias.
No era del todo verdad.
Pero Teresa no podía saber cuánto había descubierto Mariana antes del secuestro.
—Si ese dinero está marcado —añadió—, Teresa no te pagó. Te convirtió en evidencia.
Ramiro dio un paso atrás.
—Jefe…
—Cállate.
Sergio tomó el teléfono.
—Dame el número.
Veinte minutos después, bajo la lluvia, el licenciado Valdés contestó.
—Notaría 18.
Sergio activó el altavoz.
—¿Conoce a Mariana Salgado?
Hubo silencio.
—¿Quién habla?
Mariana reunió fuerzas.
—Licenciado.
La respiración del notario cambió.
—Capitana Salgado, ¿está usted bien?
—No.
Sergio acercó el teléfono.
—Dice que existe un testamento.
Valdés tardó varios segundos en responder.
—Existe.
Mariana cerró los ojos.
—¿Qué establece?
—No puedo revelar información confidencial por teléfono.
Sergio sacó su arma.
—Pues hoy hará una excepción.
—No —dijo Mariana—. Dígale solamente qué sucede si muero antes de que Alejandro regrese.
Valdés comprendió.
—Se activa la cláusula de contingencia.
—¿Qué cláusula? —preguntó Sergio.
—Una auditoría forense inmediata de todas las empresas del Grupo Robles y la entrega de determinados archivos a las autoridades.
Sergio miró la maleta.
—¿Y el dinero?
—Si proviene de las cuentas que sospecho, quien lo tenga debería preocuparse.
Ramiro soltó la maleta como si estuviera ardiendo.
Sergio colgó.
Durante varios segundos solo se escuchó la tormenta.
—Teresa nos tendió una trampa —murmuró Ramiro.
—No —respondió Mariana—. Pensó que ustedes morirían conmigo.
Ambos hombres la miraron.
—La avalancha fue un accidente —dijo Sergio.
—¿Seguro?
La duda apareció.
Mariana aprovechó.
—¿Quién eligió esta cantera?
Sergio no contestó.
—Teresa.
—¿Quién insistió en que vinieran durante una tormenta?
Otra vez silencio.
—Teresa.
Ramiro comenzó a maldecir.
Mariana vio cómo el miedo hacía el trabajo que ella no podía hacer físicamente.
—Llévenme a un hospital —dijo— y todavía pueden demostrar que evitaron mi muerte.
—¿Y después qué? —preguntó Sergio—. ¿Nos entregamos?
—Después deciden si prefieren negociar con un abogado o confiar en la mujer que acaba de intentar borrar a todos los testigos.
Sergio observó a Ramiro.
Cinco minutos después estaban bajando la montaña.
No llegaron a un hospital.
Sergio conocía una clínica privada en las afueras de Tala donde podían atenderla sin preguntas inmediatas.
El médico examinó a Mariana.
—El bebé tiene actividad cardíaca.
Ella cerró los ojos y lloró por primera vez.
Seguía allí.
Su hijo había sobrevivido.
Mientras el médico continuaba evaluándola, Sergio recibió una llamada.
Teresa.
Todos quedaron inmóviles.
Sergio contestó.
—¿Está hecho? —preguntó ella.
—Sí.
—¿Y los demás?
Sergio miró a Mariana.
—La montaña se los llevó.
Hubo una pausa.
Después Teresa rio suavemente.

—Mejor.
Ramiro palideció.
—¿Y Mariana? —preguntó Teresa.
Sergio apretó la mandíbula.
—No salió de la fosa.
—Perfecto.
Entonces dijo la frase que terminó de convencerlos.
—Después de esta noche, no necesito que quede nadie que pueda relacionarme con ese lugar.
Sergio grabó toda la llamada.
Cuando colgó, miró a Mariana.
—Tenías razón.
Ella extendió la mano.
—Dame la grabación.
—Ni loco.
—Entonces haz tres copias.
Sergio sonrió por primera vez sin arrogancia.
—Capitana, empieza a caerme bien.
Antes del amanecer, Valdés llegó personalmente acompañado por una abogada y dos elementos de confianza solicitados por Mariana.
Traía consigo un sobre sellado.
—Alejandro me ordenó entregárselo solamente si alguien intentaba atentar contra usted o contra el bebé.
Mariana rompió el sello.
Dentro encontró el testamento.
Pero también había una memoria USB y una carta escrita por Alejandro.
“Mariana: si estás leyendo esto, significa que mi madre hizo exactamente lo que temía.”
El corazón de Mariana se detuvo un instante.
Alejandro ya sospechaba.
Continuó leyendo.
“Teresa no actúa sola.”
Mariana levantó la mirada.
—¿Qué significa esto?
Valdés señaló la memoria.
—Su esposo descubrió que las constructoras fantasma estaban vinculadas con alguien dentro de Grupo Robles.
—¿Quién?
—No quiso escribir el nombre.
Conectaron la memoria a una computadora.
Había contratos, transferencias y grabaciones.
Entonces apareció un archivo fechado apenas dos días antes de que Alejandro partiera a Chiapas.
Mariana lo abrió.
Era un audio.
Primero escucharon la voz de Teresa.
—Cuando Alejandro esté lejos, nos encargaremos de Mariana.
Después habló un hombre.
Una voz que Mariana conocía perfectamente.
Su cuerpo se quedó rígido.
Valdés la observó.
—¿Lo reconoce?
Mariana no pudo responder.
Porque aquel hombre no era un empleado cualquiera.
Era el coronel responsable directo de la misión de Alejandro.
En ese mismo instante sonó el teléfono de Valdés.
Contestó.
Su expresión cambió inmediatamente.
—¿Cuándo?
Mariana se incorporó.
—¿Qué pasó?
Valdés terminó la llamada y la miró.
—El Ejército acaba de informar a la familia Robles que hubo un incidente en Chiapas.
Mariana sintió que el mundo se inclinaba.
—¿Alejandro?
Valdés tragó saliva.
—Su unidad perdió comunicación hace seis horas.
Mariana miró nuevamente la computadora.
La voz del coronel seguía reproduciéndose.
Entonces llegó al final de la grabación.
Y todos escucharon con claridad:
—Primero desaparecemos a la esposa. Después nos aseguramos de que Alejandro nunca regrese de Chiapas.