PARTE 2: LA ESPOSA QUE NADIE CONOCÍA

Nadie se rio.

La mano de Sofía seguía aferrada al brazo de Daniel, pero sus dedos habían quedado rígidos.

—¿Qué acabas de decir? —preguntó.

Yo no aparté los ojos de mi esposo.

Daniel tampoco podía apartarlos de mí.

—Emma… podemos hablar en privado.

Aquella frase fue suficiente.

Los antiguos compañeros comenzaron a murmurar.

Mia fue la primera en reaccionar.

—Espera. ¿Por qué hablarían en privado?

Sofía soltó lentamente el brazo de Daniel.

—Cariño, ¿qué está diciendo esta mujer?

Daniel tragó saliva.

—Sofía, dame un minuto.

—No.

Su sonrisa perfecta había desaparecido.

¿Por qué Emma acaba de llamarse tu esposa?

Saqué mi teléfono.

Tres años manteniendo nuestro matrimonio en secreto habían hecho que casi nadie conociera la verdad. Daniel siempre había dicho que entendía mis obligaciones profesionales.

Que podía esperar.

Que no necesitaba presumir nuestro matrimonio ante nadie.

Ahora entendía por qué aquella discreción le había resultado tan conveniente.

Abrí una fotografía.

Era sencilla.

Daniel y yo frente a un juez, el día de nuestra boda civil.

Se la mostré a Sofía.

—Porque nos casamos hace tres años.

Mia se acercó.

—Eso puede estar editado.

—Claro —respondí.

Guardé el teléfono.

—Entonces preguntémosle a Daniel.

Todos lo miraron.

—Diles que estoy mintiendo.

Daniel permaneció callado.

Cinco segundos.

Diez.

Su silencio confirmó más que cualquier certificado.

Sofía retrocedió.

—Daniel.

—Puedo explicarlo.

Ella soltó una carcajada incrédula.

—¿Explicar qué? ¿Que invitaste a tu esposa a nuestra boda?

—Yo no sabía que vendría.

Aquello hizo que varios invitados soltaran exclamaciones.

Lo miré.

—¿Ese es el problema? ¿Que vine?

Daniel cerró los ojos un instante.

—No quise decir eso.

—Entonces dime qué quisiste decir.

Sofía se interpuso.

—¡Basta!

Se volvió hacia mí.

Había lágrimas en sus ojos, pero también aquella vieja rabia que conocía desde la secundaria.

—Tú hiciste esto.

Casi sentí lástima.

—¿Yo?

—Siempre fuiste así. Siempre esperando el momento perfecto para hacer que los demás parezcan estúpidos.

Mia asintió.

—Seguro sabía lo de la boda desde hace semanas.

Saqué mi teléfono otra vez.

—Me enteré esta mañana.

Abrí el grupo de la secundaria.

—Gracias a ustedes.

Algunas personas bajaron la mirada.

Sofía parecía desesperada por encontrar una versión de la historia en la que todavía pudiera ganar.

—Daniel me ama.

La miré.

—Eso tendrás que preguntárselo a él.

Ella giró inmediatamente.

—Díselo.

Daniel no respondió.

—¡Daniel!

—Sofía…

—Diles que me amas.

El hombre poderoso que aparecía en revistas financieras y negociaba acuerdos millonarios parecía incapaz de formar una frase.

Finalmente dijo:

—Las cosas se complicaron.

Sentí una tranquilidad extraña.

—No. Son bastante sencillas.

Entonces escuché pasos detrás de mí.

Dos hombres de traje se acercaron desde el vehículo que había utilizado.

Daniel los reconoció.

Su expresión cambió.

—Emma, ¿por qué trajiste seguridad?

—No vine a hacer una escena. Vine porque mi superior insistió.

Sofía soltó una risa amarga.

—¿Tu superior? ¿De esa oficina misteriosa donde supuestamente trabajas?

Varios antiguos compañeros sonrieron nerviosamente.

Uno murmuró:

—Seguro sigue inventándolo.

Mi teléfono vibró.

Era el director Harris.

“Necesito hablar contigo. Urgente. Está relacionado con Whitmore.”

Mi estómago se tensó.

Lo llamé.

—Director.

—Carter, ¿estás con Daniel Whitmore?

Miré a mi esposo.

—Sí.

Hubo un breve silencio.

—No te alejes del equipo de protección.

Mi tono cambió inmediatamente.

—¿Qué ocurrió?

—Encontramos movimientos vinculados a una investigación interna. El nombre de Whitmore Group apareció esta mañana.

Daniel debió notar mi expresión.

—¿Qué pasa?

No respondí.

Harris continuó:

—No puedo darte detalles por teléfono. Pero hay documentos que requieren revisión inmediata.

—Entendido.

Colgué.

Daniel se acercó.

—Emma, dime qué sucede.

—Ahora estás preocupado.

—Soy tu marido.

Aquello casi me hizo reír.

—Hace cinco minutos eras el novio de Sofía.

Sofía se llevó una mano a la boca.

Entonces ocurrió algo inesperado.

Uno de los hombres que había llegado con Daniel se aproximó rápidamente y le susurró algo.

Daniel palideció aún más.

—¿Cuándo?

—Hace quince minutos, señor.

—¿Quién lo autorizó?

—No lo sabemos.

Sofía perdió la paciencia.

—¿Qué está pasando?

Daniel sacó su teléfono.

Tenía varias llamadas perdidas.

Su asistente volvió a hablar.

—Las cuentas corporativas vinculadas a tres subsidiarias han sido bloqueadas temporalmente.

El patio quedó completamente silencioso.

—¿Bloqueadas? —preguntó Daniel.

—Sí.

Su mirada cayó sobre mí.

Y entonces vi aparecer una sospecha.

—Emma…

—No.

—¿Tú hiciste esto?

—Ni siquiera sabía que estaba ocurriendo.

Pero Sofía escuchó solamente lo que quería escuchar.

—¡Lo sabía!

Se volvió hacia los invitados.

—¡Está usando su trabajo para vengarse porque Daniel me eligió!

Uno de mis escoltas dio un paso adelante.

—Señora, le recomiendo que no haga acusaciones.

—¿Quién demonios es usted?

Él mostró brevemente su identificación.

No alcancé a ver las caras de todos, pero sí escuché cómo desaparecían los murmullos.

Mia dejó de sonreír.

Sofía también.

Por primera vez comprendieron que mi trabajo nunca había sido una fantasía.

Daniel se acercó a mí.

—Emma, necesito tu ayuda.

Lo observé con incredulidad.

—¿Mi ayuda?

—Si esto está relacionado con tu agencia…

—No puedo intervenir en una investigación por ti.

—Somos esposos.

Otra vez esa palabra.

Ahora que la necesitaba.

Metí la mano en mi bolso y saqué un sobre que había preparado durante el trayecto.

Daniel lo miró.

—¿Qué es?

—Lo que debería haber hecho antes de venir.

Se lo entregué.

Solicitud de divorcio.

Sofía abrió mucho los ojos.

Daniel no tomó el sobre.

—No voy a firmarlo.

—Eso ya no depende únicamente de ti.

Entonces un hombre mayor apareció entre los invitados.

Lo reconocí de fotografías corporativas.

Era Arthur Whitmore, padre de Daniel y fundador del grupo.

Su mirada pasó de Sofía a mí.

Después se detuvo en su hijo.

—Daniel, ¿qué has hecho?

—Papá…

Arthur señaló la pancarta gigantesca.

—Me dijeron que celebrabas una reunión privada. No que estabas intentando casarte.

Sofía quedó petrificada.

—¿Usted no sabía?

Arthur ni siquiera respondió.

Se acercó a mí.

—Señora Carter.

Daniel levantó la cabeza bruscamente.

—¿La conoces?

—Claro que la conozco.

Entonces Arthur dijo algo que dejó a todos desconcertados.

Llevamos dos meses intentando localizarla.

Fruncí el ceño.

—¿A mí?

Arthur miró a Daniel con una mezcla de rabia y decepción.

—Dile la verdad.

Daniel bajó la mirada.

—¿Qué verdad? —pregunté.

Arthur respiró profundamente.

—La razón por la que Daniel se acercó originalmente a usted.

Sentí que algo frío recorría mi espalda.

—Nos conocimos por casualidad.

—No —respondió Arthur.

Daniel cerró los ojos.

—Papá, basta.

—Ya has mentido demasiado.

Arthur sacó una carpeta del interior de su automóvil.

—Tres años antes de casarse con usted, Whitmore Group estaba intentando obtener acceso a un contrato federal multimillonario. Daniel descubrió que alguien relacionado con ese proceso trabajaba en su agencia.

Miré a mi esposo.

—¿Qué estás diciendo?

Arthur me entregó la carpeta.

En la primera página había una fotografía.

Mi fotografía.

Tomada años antes de que Daniel y yo supuestamente nos conociéramos.

Debajo aparecía mi nombre.

Mi antiguo cargo.

Mis horarios.

Incluso el restaurante donde solía almorzar.

Mis manos se enfriaron.

—Daniel…

Él dio un paso hacia mí.

—Emma, déjame explicarlo.

Pasé otra página.

Había una anotación escrita a mano.

Reconocí inmediatamente la letra de Daniel.

“Objetivo accesible. Iniciar contacto.”

Todo el patio desapareció a mi alrededor.

La boda falsa.

Sofía.

Las mentiras.

De repente, nada de aquello era lo peor.

Levanté los ojos hacia el hombre con quien había compartido tres años de matrimonio.

—¿Nuestro primer encuentro fue preparado?

Daniel no respondió.

Y entonces mi teléfono vibró nuevamente.

Era Harris.

Esta vez solo había un mensaje:

“Carter, no confíes en nadie. Acabamos de descubrir quién autorizó el expediente sobre ti.”

Debajo aparecía un nombre.

Lo leí una vez.

Después otra.

Y sentí que la sangre abandonaba mi rostro.

Porque no decía Daniel Whitmore.

Decía el nombre de alguien que llevaba diez años trabajando a mi lado.

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