PARTE 2: LA VOZ QUE SAMANTHA NO ESPERABA

El teléfono sonó una vez.

Dos.

A la tercera, alguien contestó.

—Patricia, estoy aquí.

Samantha frunció el ceño.

Brandon dejó de sonreír.

Yo mantuve las manos sobre mi regazo.

—Gracias, señor Whitmore —dije—. Ya estamos todos.

Uno de los abogados se inclinó hacia el teléfono.

—¿Quién está en la línea?

La voz respondió con absoluta calma.

—Thomas Whitmore. Abogado patrimonial de Patricia Coleman desde hace diecisiete años.

El silencio cayó sobre la mesa.

Samantha me miró.

—¿Tú tienes abogado?

—Desde antes de que conocieras a Brandon.

Su prometido se acomodó incómodo en la silla.

El abogado sentado frente a mí cerró lentamente la carpeta.

—Señora Coleman, nadie dijo que necesitara representación.

Thomas respondió desde el altavoz.

—Precisamente por eso la tiene.

Samantha golpeó la mesa con los dedos.

—Mamá, esto era una cena familiar.

Miré a los tres abogados.

—Curiosa definición de “familiar”.

Brandon intervino.

—No compliquemos algo sencillo. Solo queremos asegurarnos de que sus asuntos estén bien administrados.

Thomas soltó una breve risa.

—Entonces imagino que no tendrán problema en explicarme la cláusula que permite transferir bienes inmuebles sin autorización posterior de Patricia.

Nadie respondió.

Miré a Samantha.

Ella evitó mis ojos.

—¿Qué cláusula?

Thomas continuó.

—También aparece autorización para liquidar inversiones, abrir líneas de crédito usando sus propiedades como garantía y modificar beneficiarios de determinadas cuentas.

Sentí un frío lento subir por mi espalda.

Aquello no era ayuda.

Era una entrega completa de mi vida financiera.

—Samantha —susurré—, ¿querías poder vender mi casa?

—No seas dramática.

—Responde.

—Solo queríamos tener opciones.

Brandon suspiró.

—Patricia, el condominio vale más de un millón. Tener semejante cantidad inmovilizada a su edad no tiene sentido.

Entonces entendí.

No era solamente la boda.

—Querían hipotecarlo.

Samantha cruzó los brazos.

—Podríamos pagar la boda, cubrir algunas deudas y después invertir el resto.

—¿Qué deudas?

Brandon se puso rígido.

Demasiado tarde.

Miré a mi hija.

—¿Qué deudas, Samantha?

Ella apretó los labios.

Thomas habló.

—Patricia, creo que llegó el momento de mostrarles el segundo documento.

Abrí mi bolso.

Saqué otro sobre.

Brandon perdió inmediatamente el color.

Lo noté.

—¿Por qué estás tan nervioso?

—No lo estoy.

Deslicé el sobre sobre la mesa.

—Hace cuatro días, después del mensaje de Samantha, pedí revisar mis informes crediticios y los documentos asociados a mi propiedad.

Uno de los abogados miró a Brandon.

La expresión profesional de su rostro cambió.

—¿Qué encontraron?

Abrí el sobre.

—Una solicitud preliminar de préstamo con garantía hipotecaria.

Samantha me miró.

—Eso no puede ser.

—Usaba mi dirección.

Coloqué una copia delante de ella.

—Mis datos.

Otra página.

—Y una firma que se parecía bastante a la mía.

Brandon se levantó.

—Esto se terminó.

—Siéntate —dijo Samantha.

—No.

—¡Siéntate!

Por primera vez vi miedo entre ellos.

No complicidad.

Miedo.

Uno de sus abogados preguntó:

—Señor Reed, ¿usted presentó esta solicitud?

—Fue solamente una simulación.

—Utilizando información financiera de la señora Coleman sin autorización.

—No se procesó.

Thomas respondió:

—Porque la entidad financiera solicitó verificación presencial.

Brandon tomó su chaqueta.

—No voy a quedarme aquí para que una mujer paranoica me acuse de delitos.

Entonces abrí una segunda carpeta.

—Quizá quieras quedarte.

Se detuvo.

—Porque esto tiene tu nombre.

Saqué varios estados de cuenta.

Samantha los reconoció.

—¿Dónde conseguiste eso?

—No son tuyos.

Miré a Brandon.

—Son de una empresa llamada Pacific Horizon Events.

El rostro de Samantha cambió.

—La empresa que organiza nuestra boda.

Negué.

—No exactamente.

Thomas habló.

—Pacific Horizon Events fue registrada hace nueve meses por Brandon Reed y un socio.

Samantha giró hacia él.

—¿Qué?

Brandon se quedó callado.

—¿Tú eres dueño de la empresa?

—Puedo explicarlo.

—¿Me estabas cobrando a mí por nuestra propia boda?

No respondió.

Yo tampoco había esperado descubrir aquello.

Thomas lo encontró después de investigar el presupuesto de ochenta y cinco mil dólares que Samantha me había enseñado.

La empresa del supuesto organizador pertenecía parcialmente al hombre con quien iba a casarse.

—¿Cuánto pensabas quedarte? —preguntó Samantha.

—No entiendes.

—¡Contéstame!

Brandon golpeó la mesa.

—¡Todo esto era para nosotros!

Los abogados empezaron a guardar sus documentos.

Uno habló con voz severa.

—Nosotros fuimos contratados para preparar un poder familiar. No para participar en ninguna maniobra financiera.

Samantha miró al hombre.

—¿Se están marchando?

—Le recomiendo obtener asesoría independiente antes de firmar cualquier documento relacionado con su madre o su prometido.

Uno por uno abandonaron la habitación.

Brandon intentó seguirlos.

Samantha lo detuvo.

—¿Cuánto debes?

Él guardó silencio.

—Brandon.

—Unos ciento veinte mil.

Mi hija se quedó blanca.

—Me dijiste treinta.

—La situación cambió.

—¿Y pensabas pagarla con la casa de mi madre?

—Pensaba resolverlo después de la boda.

Ella lo miró como si acabara de conocerlo.

Durante unos segundos sentí deseos de acercarme.

Abrazarla.

Decirle que todo estaría bien.

Pero entonces recordé sus palabras.

“O firmas o nunca verás crecer a tu nieto.”

Y permanecí sentada.

—¿Dónde está Mason? —pregunté.

Samantha me miró.

—Con una niñera.

—Quiero verlo.

—Mamá…

—No uses a tu hijo otra vez para conseguir dinero de mí.

Bajó la cabeza.

Brandon soltó una risa amarga.

—Qué conveniente. Ahora resulta que ella es la víctima.

Samantha levantó los ojos.

—Vete.

—¿Qué?

—Vete.

—Sam.

—¡Vete!

Brandon recogió su chaqueta.

Antes de salir, se volvió hacia mí.

—Esto no ha terminado.

—Para mí sí.

La puerta se cerró.

Mi hija empezó a llorar.

No como una niña.

Como alguien que acababa de descubrir que el futuro perfecto que había comprado todavía no existía.

—Mamá…

Mi teléfono seguía conectado.

Thomas habló suavemente.

—Patricia, todavía falta una cosa.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué cosa?

—La razón real por la que te pedí que no firmaras nada esta noche.

Samantha levantó la cabeza.

Thomas continuó.

—Revisamos el testamento de Richard.

Mi esposo fallecido.

Sentí que el corazón me daba un golpe.

—¿Qué tiene que ver Richard con esto?

—Mucho.

Samantha dejó de llorar.

—¿Papá?

Thomas hizo una pausa.

—Ocho meses antes de morir, Richard modificó parte de su planificación patrimonial.

Yo no sabía nada.

—¿Qué modificó?

—Creó un fideicomiso para Mason.

Samantha abrió los ojos.

—¿Para mi hijo?

—Sí.

—¿Cuánto?

Thomas no respondió inmediatamente.

—No es solo dinero.

Sentí que algo no estaba bien.

—Thomas.

—Richard dejó instrucciones muy específicas. El fideicomiso se activa cuando Mason cumple seis años.

Samantha palideció.

El cumpleaños era en tres meses.

—¿Y qué recibe? —pregunté.

Thomas respiró hondo.

—Una participación en una propiedad que Richard nunca incluyó en el inventario que ustedes conocían.

—¿Qué propiedad?

Se escuchó el movimiento de papeles al otro lado.

—Un edificio comercial en La Jolla.

Samantha se quedó inmóvil.

Yo también.

—¿Cuánto vale?

—La última tasación supera los cuatro millones de dólares.

Mi hija se llevó una mano a la boca.

Pero Thomas todavía no había terminado.

—Patricia, hay otra cláusula.

—¿Cuál?

—Si Samantha intenta obtener control financiero sobre ti mediante presión, coerción o amenaza relacionada con Mason…

Samantha dejó de respirar.

—¿Qué pasa?

La voz de Thomas se volvió solemne.

—Pierde automáticamente el derecho a administrar el fideicomiso de su hijo.

Miré lentamente a Samantha.

Su rostro estaba completamente blanco.

—¿Quién queda como administrador? —pregunté.

Thomas tardó apenas un segundo en responder.

—Tú, Patricia.

Samantha se levantó de golpe.

—¡No!

Pero entonces la puerta del comedor privado volvió a abrirse.

Un hombre mayor entró acompañado por una mujer que llevaba una carpeta sellada.

Lo reconocí inmediatamente.

Era el antiguo socio de mi marido.

Y en cuanto vio a Samantha, dijo:

—Richard sabía que este día podía llegar.

Colocó la carpeta frente a mí.

—Por eso dejó una grabación.

Samantha retrocedió.

—¿Una grabación de qué?

El hombre me miró.

—De lo que descubrió sobre Brandon antes de morir.

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