PARTE 2: LOS CUATRO MILLONES

—¿Qué documentos? —preguntó Alejandro.

Su abogado tardó un segundo en responder.

—Facturas duplicadas, anticipos desviados y transferencias autorizadas desde tu cuenta corporativa. Tu socio asegura que los cuatro millones enviados a Renata pertenecían a un proyecto.

Alejandro apretó las llaves.

—Puedo explicarlo.

—Entonces empieza por decirme por qué una mujer sin relación con la empresa recibió dinero destinado a proveedores.

No respondió.

—Alejandro, no vayas al hospital. Valeria pidió que cualquier contacto relacionado con el bebé se gestione por medio de abogados.

Aquello finalmente lo golpeó.

—Es mi hijo.

—Precisamente. Y mientras estaba hospitalizado, tú estabas en Punta Mita con una mujer financiada con dinero de la empresa.

La llamada terminó.

Por primera vez, Alejandro comprendió que no podía ordenar que aquello desapareciera.


Aun así fue al hospital.

No consiguió pasar de recepción.

—Quiero ver a Emiliano Cárdenas.

La administrativa revisó la computadora.

—¿Identificación?

Se la entregó.

Después de unos minutos apareció una mujer con traje gris.

Alejandro la reconoció.

—Licenciada Robles.

Era la abogada de Valeria.

—¿Dónde están?

—A salvo.

—Quiero ver a mi hijo.

—Emiliano ya recibió el alta.

Alejandro quedó inmóvil.

—¿Cuándo?

—Hace tres días.

—¿Y Valeria?

—No voy a proporcionarle su domicilio.

—¡Soy su esposo!

Robles abrió una carpeta.

—Por ahora.

Sacó un documento.

—Solicitud de divorcio.

Después otro.

—Medidas provisionales respecto al menor.

Y finalmente un tercero.

—Petición para investigar movimientos patrimoniales realizados durante el matrimonio.

Alejandro dejó de hablar.

—Valeria no está intentando impedir que sea padre —continuó Robles—. Está intentando impedir que utilice dinero, amenazas o empleados para presionarla.

—Yo jamás la amenacé.

La abogada lo observó.

—Tenemos mensajes.

Alejandro recordó demasiados.

“Deja de preguntar por las cuentas.”

“Yo gano el dinero.”

“No te metas en mis negocios.”

“Si sigues desconfiando, te quitaré acceso a todo.”

De repente sonaban distintos cuando estaban impresos en una carpeta jurídica.

—Quiero hablar con ella.

—Ella decidirá cuándo.


Cuando regresó a Las Lomas encontró tres automóviles frente a la casa.

Dentro estaban su socio, dos auditores y un abogado corporativo.

Su socio, Martín Salcedo, no le ofreció asiento.

—Tenemos un problema.

—Ya me dijeron.

—No. Todavía no entiendes.

Martín empujó una carpeta hacia él.

—Los cuatro millones son solo lo que Valeria encontró primero.

Alejandro levantó la mirada.

—¿Primero?

—La auditoría detectó otros pagos.

Había restaurantes.

Viajes.

Regalos.

Un automóvil registrado a nombre de una empresa relacionada con Renata.

Mantenimiento del departamento de Santa Fe.

Incluso gastos de Punta Mita.

Alejandro pasó páginas cada vez más rápido.

—¿Cuánto?

Martín respondió:

—Hasta ahora, 6.8 millones de pesos cuestionados.

—Puedo devolverlos.

—No se trata solamente de devolverlos.

Martín golpeó suavemente la carpeta.

—Firmaste declaraciones afirmando que esos recursos tenían fines empresariales.

Alejandro palideció.

—Martín…

—El consejo se reunirá mañana.

—Yo fundé esta empresa contigo.

—Precisamente por eso debiste protegerla.


Entonces sonó su teléfono.

Renata.

Alejandro salió al jardín.

—¿Qué quieres?

—¿Qué me pasa a mí?

Su voz estaba alterada.

—Mi cuenta está bloqueada. El administrador del departamento dice que el contrato está bajo revisión y alguien llamó preguntando por los cuatro millones.

—No digas nada.

—¡Tú dijiste que ese dinero era tuyo!

Alejandro cerró los ojos.

—Renata, escúchame.

—No. Tú escúchame. Yo no voy a terminar acusada por tus problemas.

—Hace una semana decías que éramos un equipo.

Ella soltó una risa.

—Hace una semana también decías que controlabas todo.

Y colgó.

Alejandro se quedó mirando el jardín.

Tres días antes había imaginado regresar de Punta Mita, entregar flores a Valeria, soportar unos días de silencio y continuar con su vida.

Ahora Valeria había desaparecido.

Renata estaba huyendo.

Su empresa investigaba sus cuentas.

Y todavía no sabía dónde estaba su hijo.


A la mañana siguiente entró en la reunión del consejo.

Su silla habitual estaba vacía.

Martín presidía.

—Alejandro Cárdenas, mientras finaliza la investigación interna, quedas suspendido de cualquier función ejecutiva y de cualquier autorización financiera.

—Esto es absurdo.

—La votación fue unánime.

Alejandro miró alrededor.

Personas que durante años habían asentido cuando hablaba ahora evitaban sus ojos.

Entonces vio a alguien sentado al fondo.

Valeria.

Vestía un traje azul oscuro.

Tenía el cabello recogido.

Parecía cansada.

Pero no destruida.

Alejandro se puso de pie.

—Valeria.

Ella no respondió.

Martín habló:

—La señora Valeria Ortega fue invitada porque proporcionó la información que originó la auditoría.

Alejandro se acercó.

—¿Todo esto era necesario?

Valeria finalmente levantó la mirada.

—Emiliano estaba enfermo y tú no contestabas.

—Estaba trabajando.

—Estabas en Punta Mita.

Silencio.

—Te llamé siete veces.

Alejandro bajó la voz.

—No sabía que era grave.

—Porque nunca preguntaste.

Aquello dolió más que cualquier acusación financiera.

Valeria sacó su teléfono.

Mostró una fotografía del bebé bajo tratamiento.

—Yo tampoco sabía si nuestro hijo estaría bien.

Su voz tembló apenas.

—Estuve sola escuchando médicos hablar de riesgos mientras tú comprabas un anillo para Renata.

Alejandro bajó la cabeza.

—Lo siento.

Valeria guardó el teléfono.

—Yo también.

Él levantó los ojos con esperanza.

—¿Entonces podemos…?

—Lamento haber necesitado tantos años para entender quién eras.

La esperanza desapareció.


Valeria colocó una última carpeta sobre la mesa.

—Hay algo más.

Alejandro sintió un vacío en el estómago.

—¿Qué?

—Cuando revisé las transferencias de Renata encontré una cuenta que no reconocía.

Martín abrió la carpeta.

—Una sociedad llamada CRN Desarrollos.

Alejandro se quedó rígido.

Valeria lo notó.

—Así que sí la conoces.

—No significa nada.

—Recibió 12 millones de pesos durante tres años.

El consejo comenzó a murmurar.

—Eso no tiene relación con Renata —dijo Alejandro rápidamente.

Valeria asintió.

—Correcto.

Abrió otra página.

—Por eso seguí investigando.

Alejandro se levantó.

—Valeria, basta.

Ella continuó.

—CRN Desarrollos compró terrenos antes de que nuestra empresa anunciara proyectos en esas zonas.

Martín endureció el rostro.

—Información que solamente conocíamos cuatro personas.

Alejandro perdió el color.

—¿Quién controla CRN? —preguntó uno de los consejeros.

Valeria deslizó el último documento sobre la mesa.

—Formalmente, un prestanombres.

—¿Y realmente?

Valeria miró directamente a Alejandro.

—Eso es lo interesante.

El silencio se volvió insoportable.

—Porque ayer recibí los documentos del beneficiario final.

Alejandro cerró los ojos.

Ya sabía lo que venía.

Valeria pronunció el nombre.

Renata Cárdenas.

Martín frunció el ceño.

—¿Cárdenas?

Valeria asintió.

—Ese es su verdadero apellido.

Todos miraron a Alejandro.

—Renata no era simplemente su amante.

Valeria respiró profundamente.

—Era su socia secreta.


Dos meses después, nuestro divorcio quedó encaminado y la investigación corporativa continuaba.

Emiliano estaba sano.

Eso era lo único que realmente me importaba.

Volví a trabajar.

No como la mujer que revisaba silenciosamente las cuentas de su esposo.

Sino como consultora independiente de auditoría forense.

Alejandro perdió su puesto ejecutivo mientras se resolvían las irregularidades.

Renata desapareció de su vida en cuanto entendió que los millones podían convertirse en pruebas contra ambos.

Una tarde recibí una caja.

Dentro estaban las rosas secas que Alejandro había dejado caer aquel día en el recibidor.

También había una nota:

“Perdí a mi familia por creer que siempre podría arreglarlo todo después.”

No respondí.

Tomé las flores y las tiré.

Después entré en la habitación de Emiliano.

Mi hijo dormía tranquilamente.

Y entendí por fin la diferencia entre perder algo y abandonarlo.

Alejandro decía que había perdido a su familia.

Pero no.

Nos había dejado solos muchas veces antes de que nosotros finalmente nos fuéramos.

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