PARTE 2: CUANDO DEJÉ DE ELEGIRTE

No terminé con Lucas ese mismo día.

No porque dudara.

Sino porque, de repente, ya no necesitaba hacerlo inmediatamente.

Durante tres años había organizado demasiadas decisiones alrededor de él.

Esta sería la primera que tomaría exclusivamente por mí.

El entrenamiento terminó a las seis.

Clara salió apoyada en Lucas, aunque veinte minutos antes el médico del campus había confirmado que no tenía ninguna lesión nueva.

Cuando pasaron junto a mí, ella bajó la voz.

—Espero que estés contenta.

Seguí guardando mis cosas.

Lucas se detuvo.

—Emma, ¿en serio vas a ignorarla?

Levanté la vista.

—Sí.

—Está llorando por tu culpa.

—No. Está llorando porque recibió una consecuencia por algo que hizo.

Clara soltó el brazo de Lucas.

—¡Te pedí disculpas!

—No lo hiciste.

—¿Qué?

—Dijiste que yo estaba exagerando. Eso no es una disculpa.

Lucas suspiró.

—Otra vez lo mismo.

Sonreí.

—No te preocupes. No habrá otra vez.

No entendió.

Todavía.

Los días siguientes fueron extrañamente tranquilos.

Lucas dejó de escribirme esperando, como siempre, que yo fuera quien cediera primero.

Antes habría contado las horas.

Esta vez utilicé el silencio para preparar Harvard.

Pasaporte.

Seguro.

Documentación académica.

Residencia.

Homologación de materias.

Cada formulario completado era una puerta cerrándose detrás de mí.

Al tercer día recibí el correo definitivo.

Salida: 28 de septiembre.

Faltaban doce días.

Esa noche Lucas finalmente llamó.

—¿Ya se te pasó?

Miré la maleta abierta sobre mi cama.

—¿El qué?

—Tu enojo.

—No estoy enojada.

Pareció relajarse.

—Bien. Mañana Clara quiere invitarnos a cenar para arreglar las cosas.

Casi me reí.

—No puedo.

—Emma, haz un esfuerzo.

—Tengo cosas que preparar.

—¿Qué cosas?

Miré la carta de aceptación.

—Mis cosas.

Colgué poco después.

A la mañana siguiente, Clara publicó una fotografía.

Ella y Lucas desayunando.

El texto decía:

“Hay personas que siempre aparecen cuando más las necesitas.”

No sentí celos.

Eso fue lo que realmente me sorprendió.

Sentí alivio.

Por primera vez veía aquella dinámica desde fuera.

Clara provocaba.

Yo reaccionaba.

Clara lloraba.

Lucas la consolaba.

Después yo terminaba disculpándome para recuperar una relación en la que nunca debería haber tenido que competir.

Esta vez eliminé a ambos de mis redes.

A las cuatro de la tarde Lucas apareció frente a mi residencia.

—¿Me bloqueaste?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque terminamos.

Se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Nuestra relación terminó.

Lucas soltó una risa nerviosa.

—¿Sigues con lo del entrenamiento?

—No.

—Entonces explícame.

Lo miré durante unos segundos.

—Cuando Clara me tocó sin permiso y se burló de mí, defendiste a Clara.

—Fue una broma.

—Cuando dije que me molestó, me pediste disculparme.

—Porque estabas empeorando todo.

—Cuando ella fingió que su rodilla estaba peor, me preguntaste si estaba satisfecha.

—Emma…

—Y ahora sigues explicándome por qué lo que sentí no debería haberlo sentido.

Por primera vez se quedó sin palabras.

Entonces su expresión cambió.

—¿Hay otro?

Aquella pregunta terminó de convencerme.

—No.

—Entonces no puedes tirar tres años por una discusión.

—No estoy tirando tres años.

Tomé aire.

—Estoy evitando tirar el cuarto.

Me marché.

Dos días después empezó el desastre.

Alguien publicó en el foro universitario que yo había conseguido una oportunidad académica “por contactos familiares”.

Después apareció otro mensaje:

“Algunas personas provocan conflictos antes de irse para hacerse las víctimas.”

No mencionaba mi nombre.

No hacía falta.

Solo unas pocas personas sabían todavía que me marchaba.

Entre ellas, la oficina internacional.

Mi compañera de habitación.

Y Lucas.

Lo llamé.

—¿Le contaste a Clara lo de Harvard?

Silencio.

—¿Cómo sabes que lo sé?

Sentí frío.

—Yo nunca te lo dije.

Lucas tardó demasiado en responder.

—Vi el correo.

—¿Dónde?

—En tu computadora.

Recordé la tarde anterior al entrenamiento.

Había dejado mi portátil en la biblioteca mientras compraba café.

Lucas conocía mi contraseña.

—¿Entraste en mi correo?

—No exageres. Solo vi la notificación.

—¿Y se lo dijiste a Clara?

—Estaba preocupado.

—¿Preocupado por qué?

—Porque claramente llevabas meses planeando abandonarme.

Tuve que cerrar los ojos.

—Solicité un intercambio.

—A Harvard. Al otro lado del mundo.

—Y por eso revisaste mi correo.

—¡Porque eres mi novia!

—Era.

Colgué.

Esa misma tarde cambié todas mis contraseñas.

También informé a la universidad del acceso no autorizado a mi cuenta.

No para vengarme.

Para proteger mis documentos.

Tres días antes de mi vuelo hubo una reunión obligatoria para estudiantes del programa internacional.

Cuando entré, Clara estaba esperando fuera.

—Tenemos que hablar.

—No.

Intentó bloquearme el paso.

—Lucas está destrozado.

—Entonces acompáñalo.

—¿Sabes qué? Eso haré.

Sonrió.

—Siempre me eligió a mí cuando realmente importaba.

La miré.

—Lo sé.

Mi respuesta pareció desconcertarla.

—¿Eso es todo?

—Sí.

Pasé junto a ella.

Entonces me agarró del brazo.

Me solté inmediatamente.

—No vuelvas a tocarme.

Un coordinador que estaba cerca se acercó.

—¿Hay algún problema?

—Ninguno —dijo Clara rápidamente.

Pero esta vez había testigos.

Y yo ya no estaba dispuesta a minimizar nada.

—Me sujetó después de que le pedí que me dejara pasar.

El coordinador anotó nuestros nombres.

Clara palideció.

—¡Emma!

Seguí caminando.

Aquella noche recibí un mensaje de Lucas:

“¿De verdad reportaste a Clara otra vez?”

No contesté.

Después:

“Te estás convirtiendo en alguien que no reconozco.”

Lo leí una vez.

Y pensé que quizá tenía razón.

Finalmente estaba convirtiéndome en alguien que él no podía controlar mediante culpa.

El día de mi partida llegué al aeropuerto con tres horas de anticipación.

Mi padre había conducido para despedirme.

Mi madre lloró durante la videollamada.

Cuando faltaban cuarenta minutos para pasar seguridad, escuché:

—¡Emma!

Me giré.

Lucas corría entre la gente.

Venía solo.

Se detuvo frente a mí sin aliento.

—No puedes irte así.

—Ya me despedí.

—¡Terminaste conmigo y desapareces del país!

—No estoy desapareciendo.

Levanté mi tarjeta de embarque.

—Estoy estudiando.

—Puedo cambiar.

No respondí.

—Bloquearé a Clara.

—No quiero que lo hagas por mí.

—Entonces dime qué quieres.

Lo pensé.

—Quiero una relación donde no tenga que enseñarle a alguien que humillarme está mal.

Lucas empezó a llorar.

—Te amo.

Tres años atrás esas palabras habrían bastado.

Ahora no.

—Quizá.

Tomé mi maleta.

—Pero no supiste cuidarme cuando hacerlo significaba incomodar a Clara.

Me dirigí al control de seguridad.

Entonces escuché otra voz.

—¡Lucas!

Clara apareció corriendo.

Por supuesto.

—Sabía que estarías aquí.

Lucas cerró los ojos.

Ella llegó hasta nosotros.

—Emma, deja de castigarlo. Si necesitas que alguien sea culpable, cúlpame a mí.

—No necesito culpables.

—Entonces quédate.

Negué.

—No.

Clara soltó una risa amarga.

—¿Todo esto por Harvard? ¿De verdad crees que eres tan especial?

Lucas se volvió hacia ella.

—Basta.

Clara quedó inmóvil.

—¿Qué?

—He dicho que basta.

Era la primera vez que lo escuchaba defenderme.

Y llegó exactamente cuando ya no servía para nada.

Pasé seguridad sin mirar atrás.

Creí que aquella sería la última vez que vería a Lucas Reed.

Me equivoqué.

Cuatro meses después, estaba saliendo de una conferencia en Cambridge cuando recibí un correo de mi universidad de origen.

El asunto decía:

“Investigación disciplinaria: acceso no autorizado a cuenta estudiantil.”

Lo abrí.

La universidad había recuperado registros del día en que alguien entró en mi correo.

Pero el acceso no se había limitado a leer mi aceptación.

Desde mi cuenta habían descargado documentos confidenciales de Harvard y enviado posteriormente una copia a una dirección externa.

Sentí que el corazón se aceleraba.

Continué leyendo.

La dirección receptora había sido identificada.

No pertenecía a Lucas.

Pertenecía a Clara Bennett.

Debajo había una segunda advertencia.

“Se ha identificado además un intento posterior de acceso a su expediente académico desde credenciales asociadas al estudiante Lucas Reed.”

Me quedé inmóvil.

Entonces llegó otro correo.

Esta vez directamente desde mi antigua universidad.

Solo contenía una frase:

“Señorita Hayes, necesitamos que participe en una audiencia urgente: el señor Reed afirma que nunca conoció su contraseña y que la señorita Bennett llevaba meses utilizando su identidad digital.”

Miré la pantalla.

Y por primera vez comprendí que lo ocurrido durante aquel entrenamiento quizá nunca había sido solo una pelea por un novio.

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