Parte 2: EL HOMBRE QUE VOLVIÓ A INTENTARLO

Marisol pasó aquella noche convencida de que no volvería a cruzar las puertas de la mansión Salgado.

No había recibido ninguna llamada de Doña Lupita. Tampoco un mensaje de recursos humanos. Pero conocía demasiado bien la expresión de Adrián cuando le había gritado que se fuera.

Había cruzado una línea.

Y mientras contaba las pocas monedas que quedaban sobre la mesa de su cocina, sintió que el miedo le apretaba el pecho.

Su madre dormía en la habitación contigua.

Sobre la mesa estaban las facturas de los medicamentos.

Marisol necesitaba aquel empleo más de lo que Adrián podía imaginar.

Por eso, a las 6:45 de la mañana siguiente, regresó.

Doña Lupita abrió la puerta y se quedó mirándola.

—Pensé que no vendrías.

—Yo también.

—El señor Adrián no ha dicho que estés despedida.

Marisol tragó saliva.

—Entonces todavía trabajo aquí.

Entró.

La mansión estaba extrañamente silenciosa.

Encontró a Adrián en el comedor, frente a una taza de café intacta.

Él levantó la mirada.

—Llegaste temprano.

—Cinco minutos.

—Después de lo de ayer, pensé que tendrías suficiente dignidad para no regresar.

Marisol dejó su bolsa.

—Precisamente por dignidad regresé. Si quiere despedirme, dígamelo mirándome a los ojos.

Doña Lupita, desde la cocina, dejó de respirar.

Adrián apretó la mandíbula.

Pero no la despidió.

—El salón de fiestas —dijo finalmente—. Quiero que termines de limpiarlo.

Marisol lo observó unos segundos.

—Sí, señor.

Durante las siguientes horas retiró sábanas de los muebles, limpió espejos y abrió cortinas que llevaban dos años cerradas.

La luz inundó aquel lugar olvidado.

En una esquina había un antiguo equipo de sonido.

Marisol lo limpió y, sin pensar demasiado, presionó un botón.

Una melodía suave comenzó a llenar el salón.

Adrián apareció en la puerta casi inmediatamente.

—Apágala.

Marisol obedeció.

Pero antes alcanzó a ver algo extraño en su rostro.

No era enojo.

Era dolor.

—¿Bailaba mucho? —preguntó.

—Eso ya no importa.

—Entonces, ¿por qué conserva este lugar exactamente como estaba?

Adrián la miró con frialdad.

—Te pago para limpiar.

—Y estoy limpiando.

—No mi vida.

Marisol bajó la mirada.

—Tiene razón.

Aquella respuesta pareció desconcertarlo más que cualquier desafío.

Esa tarde, mientras Marisol llevaba unas toallas al piso superior, escuchó un golpe.

Corrió hacia el despacho.

Adrián estaba en el suelo.

Su silla había quedado a casi un metro.

—¡Señor Adrián!

Intentó ayudarlo, pero él apartó violentamente su brazo.

—¡No me toques!

—Se cayó.

—¡Ya lo sé!

Intentó incorporarse solo.

Sus brazos temblaron.

Fracasó.

Volvió a intentarlo.

Nada.

Marisol permaneció cerca, pero no se movió.

Adrián respiraba con dificultad.

—¿Vas a quedarte ahí mirando?

—Usted me dijo que no lo tocara.

Sus ojos se encontraron.

Por primera vez, Marisol vio desaparecer completamente la arrogancia.

—Ayúdame.

Ella se acercó.

Con cuidado lo ayudó a volver a la silla.

Adrián evitó mirarla.

—No le digas a nadie.

—No tengo por qué hacerlo.

—Debes pensar que soy patético.

Marisol negó lentamente.

No. Creo que está furioso porque su cuerpo no hace lo que usted quiere. Son cosas diferentes.

Adrián levantó la mirada.

—Los médicos dijeron que probablemente nunca vuelva a caminar.

—¿Probablemente?

—No empieces.

—Solo pregunté.

Él guardó silencio.

Marisol vio unos documentos sobre el escritorio.

Reconoció el logotipo de una clínica de rehabilitación.

—¿Cuándo fue su última terapia?

Adrián cubrió los papeles.

—Hace dieciocho meses.

—¿Por qué dejó de ir?

—Porque no funcionaba.

—¿O porque era difícil?

El golpe de su mano contra el escritorio hizo temblar una lámpara.

—¡No sabes nada!

Marisol retrocedió.

—Entonces explíqueme.

Adrián se quedó callado.

Finalmente habló.

—Cada sesión era una humillación. Intentaba ponerme de pie mientras alguien sujetaba mi cintura como si fuera un niño. Caía. Volvía a intentarlo. Volvía a caer.

Su voz se quebró.

—Y un día Valeria vino conmigo.

Marisol no dijo nada.

—Me vio caer tres veces. Esa noche comenzó a guardar sus cosas.

Adrián soltó una risa amarga.

—Una semana después se había ido.

Marisol comprendió entonces.

Adrián no había abandonado la rehabilitación porque hubiera perdido la esperanza de caminar. La había abandonado porque cada intento le recordaba el momento exacto en que Valeria dejó de verlo como el hombre que amaba.

—Ella se fue —dijo Marisol—. Pero usted también se abandonó.

Adrián cerró los ojos.

—Vete.

Esta vez no gritó.

Marisol salió.

Durante tres días, ninguno volvió a mencionar aquella conversación.

Pero algo empezó a cambiar.

Adrián dejó de inventarle tareas absurdas.

Después dejó de insultar a los demás empleados.

Y el viernes ocurrió algo que sorprendió incluso a Doña Lupita.

—Marisol —dijo Adrián durante el desayuno—. Necesito que hagas una llamada.

—¿A quién?

Deslizó una tarjeta sobre la mesa.

Era la clínica de rehabilitación.

Marisol sonrió.

—No sonrías.

—No estoy sonriendo.

—Sí estás sonriendo.

—Un poquito.

Dos días después llegó el fisioterapeuta.

Se llamaba doctor Esteban Rojas.

Después de examinar a Adrián durante casi una hora, su expresión fue cautelosa.

—No puedo prometer que vuelva a caminar normalmente.

Adrián endureció el rostro.

—Entonces hemos terminado.

Giró la silla.

—Pero —continuó Esteban— sus piernas conservan respuestas musculares que no esperaba encontrar después de tanto tiempo sin terapia.

Adrián se detuvo.

Marisol también.

—¿Qué significa? —preguntó ella.

Esteban miró a Adrián.

—Significa que rendirse hace dieciocho meses fue demasiado pronto.

El silencio fue absoluto.

Aquella misma tarde comenzaron.

Las primeras sesiones fueron brutales.

Adrián sudaba, maldecía y algunas veces ordenaba a Esteban marcharse.

Marisol observaba desde la puerta.

Una semana después lograron colocarlo entre barras paralelas.

Sus manos apretaron el metal.

Esteban sostuvo su cintura.

—Despacio.

Adrián intentó levantarse.

Sus brazos temblaron.

Sus piernas respondieron apenas.

Cayó nuevamente sobre la silla.

—Otra vez —dijo Marisol.

Adrián la fulminó con la mirada.

—No eres mi terapeuta.

—No. Soy la empleada que todavía no ha conseguido despedir.

Esteban ocultó una sonrisa.

Adrián volvió a intentarlo.

Una vez.

Dos.

Cinco.

Hasta que, en el sexto intento, ocurrió.

Las rodillas de Adrián se extendieron.

Su cuerpo se elevó unos centímetros.

Marisol dejó de respirar.

Esteban mantuvo las manos preparadas.

Adrián siguió empujando.

Y durante apenas tres segundos…

Adrián Salgado estuvo de pie.

Después cayó sobre la silla.

Nadie habló.

Adrián miró sus propias piernas como si pertenecieran a otra persona.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Tres segundos —susurró.

Marisol sonrió.

—Mañana serán cuatro.

Adrián levantó la mirada hacia ella.

Por primera vez en dos años, sonrió de verdad.

Pero ninguno vio el automóvil negro que acababa de detenerse frente a la mansión.

Doña Lupita abrió la puerta principal.

Una mujer elegante bajó del vehículo.

Tacones altos.

Vestido blanco.

Cabello perfectamente peinado.

Doña Lupita palideció.

—No puede ser…

La mujer sonrió.

—Hola, Lupita.

Dentro del salón, Adrián volvió a sujetar las barras.

Marisol colocó música suavemente.

—Cuando pueda mantenerse de pie diez segundos, le enseñaré a bailar.

—¿Tú?

—¿Tiene una opción mejor?

Adrián soltó una pequeña carcajada.

Entonces escucharon unos tacones acercándose.

Adrián se quedó inmóvil.

La sonrisa desapareció de su rostro.

La mujer apareció en la puerta.

Valeria.

Sus ojos recorrieron las barras, al fisioterapeuta y finalmente a Marisol.

Después miró a Adrián.

—Veo que llegué justo a tiempo.

Adrián estaba pálido.

—¿Qué haces aquí?

Valeria avanzó lentamente y dejó un sobre sobre la mesa.

—Vine porque hay algo que nunca te conté sobre tu accidente.

Adrián frunció el ceño.

Valeria miró a Marisol.

—Y creo que tu nueva empleada debería escucharlo también.

Marisol sintió un escalofrío.

Valeria abrió el sobre, sacó una fotografía y la colocó frente a Adrián.

En cuanto Adrián vio lo que aparecía en aquella imagen, sus manos comenzaron a temblar.

—Esto… —susurró—. Esto no puede ser verdad.

Valeria sonrió apenas.

—Sí, Adrián.

Y entonces pronunció las palabras que hicieron que Marisol comprendiera que aquel accidente quizá nunca había sido un accidente.

—Te mintieron durante dos años.
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