A las ocho y media de la mañana entré en la sala del comité de inversión.
No llevaba perlas.
No porque Maud hubiera conseguido avergonzarme.
Simplemente no quería que nadie pudiera convertir aquella reunión en una discusión sobre mis pendientes.
Sobre la mesa había doce carpetas.
En la pantalla aparecía:
PROYECTO ORPHEA — COMPROMISO PROPUESTO: 3.000 MILLONES DE YUANES.
Mi padre estaba sentado al fondo.
No intervino cuando comencé.
—Solicité una pausa de setenta y dos horas, no la cancelación de la inversión.
Uno de los consejeros preguntó:
—¿Existe un riesgo científico?
—Todavía no lo sabemos.
—¿Financiero?
—Posiblemente.
Proyecté las capturas del foro.
El silencio cambió inmediatamente.
—Esto ocurrió después de mi visita al laboratorio.
Expliqué los insultos.
La publicación anónima.
La acusación de intercambiar financiación por una relación sentimental.
Después mostré el registro preservado por la universidad.
—Cuando se notificó formalmente que el contenido debía conservarse para una investigación, alguien desde una terminal asignada a ORPHEA volvió a editarlo y añadió mi identidad.
Un miembro del comité frunció el ceño.
—¿Está sugiriendo que retiremos tres mil millones por difamación?
—No.
Lo miré.
—Estoy sugiriendo que no entreguemos tres mil millones a una estructura cuya cultura de gobierno todavía no comprendemos.
Mi padre no sonrió.
Pero su mirada cambió.
—Quiero una auditoría independiente —continué—. Gobernanza, contratación, autoría científica, conflictos de interés, compras y gestión de datos.
—¿Y si no encuentran nada?
—Liberamos la inversión.
—¿Y si encuentran algo?
Cerré la carpeta.
—Entonces esos mensajes serán el menor de nuestros problemas.
La votación tardó siete minutos.
Once votos a favor.
Uno en contra.
Los tres mil millones quedaron congelados.
A las nueve diecisiete Cyril me llamó.
No contesté.
Volvió a llamar.
Después otra vez.
A las nueve veinticinco recibí su mensaje.
“¿Qué hiciste?”
No “¿estás bien?”.
No “vi lo que publicaron sobre ti”.
¿Qué hiciste?
A las diez apareció en la sede del Grupo Dargent.
Entró en mi despacho sin esperar permiso.
—¿Estás loca?
Rémi, sentado frente a mí, cerró lentamente su carpeta.
—Profesor Montreux, le recomiendo moderar el tono.
Cyril ni siquiera lo miró.
—¡Han suspendido la financiación!
—La han pausado.
—¡Por una discusión absurda con Maud!
Me levanté.
—No fue por Maud.
—Entonces ¿por qué?
—Porque alguien dentro de tu laboratorio utilizó recursos universitarios para difundir acusaciones falsas incluso después de recibir una notificación legal.
Cyril se quedó inmóvil.
—Eso no tiene nada que ver con ORPHEA.
—Eso decidirá la auditoría.
Entonces comprendió algo.
—Espera.
Me miró con auténtica confusión.
—¿Cómo sabes de la financiación?
Rémi levantó ligeramente una ceja.
Yo respondí:
—Porque estoy en el comité.
Silencio.
—¿Qué comité?
—El que evalúa ORPHEA.
Su rostro perdió color.
—No.
—Sí.
—Me dijiste que trabajabas con inversiones familiares.
—Eso hago.
—Nunca dijiste…
—Nunca preguntaste.
Cyril dio un paso atrás.
—¿Tú controlas esos tres mil millones?
—No.
Mi voz fue firme.
—Y esa diferencia importa. No son mi dinero personal. No puedo retirarlos porque alguien me insultó.
Señalé la documentación.
—Pero sí puedo exigir que se investigue un posible riesgo institucional antes de invertirlos.
Por primera vez Cyril no tuvo respuesta.
Su teléfono sonó.
Lo miró.
Luego volvió a mirarme.
—Es el rector.
—Deberías contestar.
Salió.
Rémi esperó hasta que la puerta se cerró.
—Eso ha ido mejor de lo esperado.
—No.
Miré hacia el pasillo.
—Todavía piensa que esto empezó por Maud.
Rémi abrió otra carpeta.
—Quizá debería ver esto.
Dentro había una relación de adquisiciones del laboratorio.
Reactivos.
Servicios de secuenciación.
Consultoría.
Equipamiento especializado.
Tres proveedores aparecían repetidamente.
—¿Qué estoy mirando?
—Empresas diferentes.
—¿Y?
—Comparten dirección administrativa.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién las controla?
—Todavía estamos investigándolo.
Señaló una cifra.
Cuarenta y siete millones de yuanes.
—Eso es lo que ORPHEA les pagó en dieciocho meses.
—¿Fraude?
—No podemos decirlo.
Rémi cerró la carpeta.
—Pero justifica la auditoría.
Dos horas después, la Universidad de Valmère anunció una investigación interna.
Maud publicó inmediatamente:
“Es aterrador comprobar cómo algunas personas utilizan el dinero familiar para castigar a mujeres científicas que se niegan a adularlas.”
No respondí.
Veinte minutos después borró la publicación.
Demasiado tarde.
La habíamos preservado.
Aquella tarde recibí un mensaje de Cyril.
“Tenemos que hablar.”
Acepté encontrarme con él en una cafetería frente a la universidad.
Llegó agotado.
—Maud admite haber escrito el primer post.
No sentí satisfacción.
—¿Y el segundo?
—Dice que no fue ella.
—¿Le crees?
Cyril tardó demasiado en responder.
—No lo sé.
—Ese es tu problema, Cyril.
—¿Cuál?
—Que siempre necesitas que otra persona te obligue a mirar.
Apretó la mandíbula.
—No conviertas esto en nuestra relación.
Me reí suavemente.
—Nuestra relación terminó ayer.
Me miró como si no hubiera entendido.
—¿Qué?
—No quiero estar con un hombre que permite que me humillen delante de él y después me manda a casa porque soy incómoda para su laboratorio.
—Aveline…
—Terminamos.
Su rostro cambió.
—¿Por una pelea?
—No.
Me puse de pie.
—Por descubrir quién eres cuando defenderme te cuesta algo.
Me marché.
Pensé que aquello sería lo más doloroso del día.
Me equivoqué.
A las seis y cuarenta, Rémi llamó.
—Tenemos la atribución de la segunda edición.
—¿Maud?
—No.
Me detuve en mitad del estacionamiento.
—¿Quién?
—Las credenciales utilizadas pertenecían a Cyril.
Sentí que el mundo se quedaba en silencio.
—¿Estás seguro?
—La sesión estaba autenticada con su cuenta.
—Eso no significa que fuera él.

—Exactamente. Por eso no vamos a acusarlo todavía.
Agradecí que Rémi siempre pensara antes que mi rabia.
—¿Qué hacemos?
—Esperar a la auditoría informática.
A la mañana siguiente regresé a Valmère acompañada por dos auditores externos.
El laboratorio estaba irreconocible.
Nadie bromeaba.
Nadie se reía.
Maud estaba sentada junto a un representante de la universidad.
Cyril permanecía de pie.
Cuando entré, nuestras miradas se encontraron.
No había cariño en la suya.
Había miedo.
Uno de los auditores comenzó a revisar terminales.
El otro pidió documentación de compras.
Pasaron cuarenta minutos.
Después una hora.
Finalmente escuchamos:
—Tenemos algo.
Nos acercamos.
En la pantalla había registros de acceso.
La edición realizada con las credenciales de Cyril se había producido a las 23:48.
—Yo estaba en casa —dijo Cyril inmediatamente.
El técnico asintió.
—Probablemente.
—¿Probablemente?
—Porque su cuenta se utilizó desde esta terminal.
Señaló un ordenador.
Todos miramos.
Era el escritorio de Maud.
Ella palideció.
—Él me dio su contraseña hace meses para procesar resultados.
Cyril se volvió hacia ella.
—Te dije que la usaras únicamente para el servidor experimental.
—¡Yo no publiqué eso!
Antes de que continuaran, otro auditor entró.
Su expresión era mucho más grave.
—Tenemos que detener la revisión informática.
—¿Por qué? —pregunté.
Dejó una carpeta sobre la mesa.
—Porque encontramos algo que cambia el alcance de la auditoría.
Cyril dio un paso adelante.
—¿Qué encontraron?
—Los tres proveedores vinculados.
Mi respiración se hizo más lenta.
—¿Quién es el beneficiario final?
El auditor miró primero a Cyril.
Después a Maud.
—Una sociedad registrada hace cuatro años.
Abrió el documento.
—El accionista mayoritario es Jean Lenoir.
Maud se quedó blanca.
—Ese es mi padre.
Nadie habló.
El auditor continuó:
—Y encontramos pagos aprobados personalmente por el profesor Montreux.
Miré a Cyril.
—¿Sabías que esas empresas pertenecían a su familia?
—¡No!
Maud se levantó.
—Mi padre no tiene nada que ver conmigo.
—Siéntese —ordenó el representante universitario.
Pero el auditor todavía no había terminado.
Sacó otra hoja.
—Hay más.
Sobre la mesa apareció un correo electrónico impreso.
Remitente: Cyril Montreux.
Destinatario: Jean Lenoir.
Fecha: catorce meses atrás.
Cyril lo miró.
—Yo nunca envié eso.
El auditor leyó únicamente el asunto:
“Condiciones antes de la entrada del capital Dargent.”
Sentí que se me helaba la espalda.
Cyril levantó la vista hacia mí.
—Aveline, te juro que…
Entonces el auditor colocó una última página frente a nosotros.
—El correo incluye un archivo adjunto.
—¿Qué archivo? —pregunté.
El hombre respiró hondo.
—Un informe confidencial sobre usted, señorita Dargent.
Miré la primera página.
Había fotografías mías.
Direcciones.
Viajes.
Información sobre mi familia.
Y una línea marcada en amarillo:
“La relación sentimental con Aveline Dargent debe mantenerse hasta que el compromiso de financiación sea irreversible.”
Levanté lentamente los ojos hacia Cyril.
Él parecía tan horrorizado como yo.
Pero antes de que pudiera decir una palabra, Maud comenzó a llorar.
—Profesor…
Cyril se volvió hacia ella.
Maud negó desesperadamente con la cabeza.
—Dígale la verdad antes de que encuentren el segundo informe.
El laboratorio entero quedó en silencio.
Yo miré a Cyril.
—¿Qué segundo informe?
Y esta vez, Cyril no dijo que no sabía de qué estaba hablando.