La puerta de acero del sótano se cerró detrás de nosotros justo cuando otra ráfaga de disparos estremeció la mansión.
Lucía comenzó a llorar.
Yo la apreté contra mi pecho mientras bajábamos por un corredor iluminado con luces rojas de emergencia. Víctor caminaba delante de nosotros hablando por un radio.
—Quiero el perímetro cerrado. Nadie entra, nadie sale.
Una voz respondió entre interferencias.
—Señor, encontramos una camioneta abandonada frente al portón. Hay dos hombres heridos, pero otros escaparon.
Víctor se detuvo.
—¿Qué buscaban?
Hubo unos segundos de silencio.
—Encontramos fotografías.
—¿De quién?
La respuesta me heló.
—De la mujer y de la niña.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Fotografías nuestras?
Víctor giró hacia mí.
Su expresión confirmó lo que yo no quería aceptar.
Aquello no había comenzado esa noche.
Alguien llevaba tiempo siguiéndonos.
Llegamos a una habitación subterránea que parecía una pequeña clínica privada. El médico acostó a Lucía sobre una camilla y continuó examinándola mientras yo permanecía a su lado.
—La fiebre está bajando —dijo finalmente—. Pero necesita vigilancia.
Casi lloré de alivio.
Víctor, en cambio, no apartaba los ojos del medallón.
—Quítaselo.
Lo miré indignada.
—No.
—Mariana…
—Era de mi madre.
—Precisamente por eso.
Antes de que pudiera impedirlo, tomó una fotografía del símbolo grabado.
La estrella.
Las tres ramas.
Después abrió una caja fuerte escondida detrás de un panel metálico.
Sacó una carpeta amarillenta.
Y dentro había una fotografía.
Una mujer joven estaba junto a un Víctor mucho más joven.
Reconocí inmediatamente aquellos ojos.
—Mamá…
Era Elena.
Mi madre.
Pero había algo todavía más extraño.
En la fotografía llevaba exactamente el mismo medallón.
—Quiero saber la verdad —dije.
Víctor cerró los ojos unos segundos.
—Hace veintiocho años tu madre trabajaba para mi padre, Ernesto Salcedo.
—Mi mamá decía que había sido secretaria.
Víctor soltó una risa amarga.
—Elena nunca fue secretaria.
Sacó varios documentos.
—Era contadora. Y descubrió algo que jamás debía encontrar.
Según Víctor, Ernesto Salcedo había construido parte de su fortuna utilizando empresas fantasma y propiedades registradas bajo nombres ajenos.
Elena encontró los libros originales.
Nombres.
Firmas.
Cuentas.
Personas poderosas.
—Mi padre descubrió que ella sabía demasiado —continuó Víctor—. Elena vino conmigo porque creyó que podía ayudarla.
—¿Y lo hiciste?
Su silencio fue suficiente.
—Tenía veintitrés años —murmuró—. Tenía miedo de mi padre.
Sentí rabia.
—Mi madre también tenía miedo.
Víctor bajó la mirada.
—Lo sé.
Entonces dijo algo que me dejó inmóvil.
—Porque estaba embarazada.
Lo miré fijamente.
—¿Qué?
—Cuando Elena desapareció, estaba embarazada.
Mi corazón comenzó a golpearme las costillas.
—Yo nací siete meses después.
Víctor levantó los ojos.
Por un instante pensé que diría algo imposible.
Pero no pudo.
Un guardia entró apresuradamente.
—Señor, encontramos esto en uno de los atacantes.
Dejó un teléfono sobre la mesa.
En la pantalla había una fotografía tomada aquella misma mañana.
Yo saliendo de la guardería con Lucía.
Debajo aparecía un mensaje:
“CONFIRMADA. EL MEDALLÓN SIGUE CON LA NIÑA.”
Se me revolvió el estómago.
—¿Quién envió eso?
—Número desechable —respondió el guardia—. Pero recuperamos otro mensaje.
Víctor lo leyó.
Su rostro cambió.
—¿Qué dice?
No respondió.
Le arrebaté el teléfono.
“SALCEDO TODAVÍA NO SABE QUIÉN ES LA NIÑA. RECUPEREN LA LLAVE ANTES DE QUE LO DESCUBRA.”
—¿Qué llave?
Todos miraron el medallón.
Víctor extendió la mano.
—Mariana, necesito abrirlo.
—No se abre.
—Sí se abre.
Presionó la pequeña estrella grabada.
Escuché un clic.
Durante toda mi vida había creído que aquel medallón era una pieza sólida.
Víctor separó cuidadosamente las dos mitades.
Dentro había una diminuta lámina metálica.
Y grabada sobre ella aparecía una serie de números.
Víctor palideció.
—Es una clave bancaria.
—¿Para qué?
—Para algo que mi padre pasó veinte años buscando.
Otro disparo sonó arriba.
Esta vez más cerca.
El radio de Víctor cobró vida.
—¡Señor! Tenemos una brecha dentro de la propiedad.
Víctor guardó la lámina.
—Trasladen a Mariana y a la niña al refugio secundario.
—No voy a ninguna parte hasta que me diga qué escondió mi madre.
Víctor me tomó por los hombros.
—Escúchame. Si esa clave es auténtica, tu madre no solo robó información. Robó la única prueba capaz de destruir a personas que siguen siendo poderosas después de casi treinta años.
Las luces se apagaron.
Lucía comenzó a llorar otra vez.
En la oscuridad escuché pasos.

Víctor sacó un arma.
—Detrás de mí.
Una luz de emergencia volvió a encenderse.
El médico estaba junto a la camilla.
Rosa apareció en la puerta.
Y detrás de ella había un hombre con uniforme de seguridad.
—Encontramos al infiltrado —dijo Rosa.
Víctor apuntó.
Pero el hombre levantó las manos.
—Señor Salcedo, no soy yo.
Entonces señaló lentamente hacia el médico.
Todo ocurrió demasiado rápido.
El doctor sacó algo de su bolsillo.
Víctor se lanzó contra él.
Los guardias entraron.
Yo agarré a Lucía y retrocedí hasta chocar contra la pared.
El médico fue reducido.
De su bolsillo cayó un teléfono.
La pantalla estaba encendida.
Había un mensaje sin enviar:
“LA NIÑA ESTÁ CONFIRMADA. SALCEDO YA ABRIÓ EL MEDALLÓN.”
Víctor levantó al médico del cuello.
—¿Quién te paga?
El hombre sonrió.
—Llegaste demasiado tarde.
—¿Quién?
El médico miró hacia mí.
—Pregúntale a Mariana quién era realmente su padre.
Sentí que dejaba de respirar.
Víctor también.
—Mi padre murió antes de que yo naciera —dije.
El médico comenzó a reír.
—Eso fue lo que Elena necesitaba que creyeras.
Entonces miró a Víctor.
—Dile la verdad, Salcedo.
Víctor permaneció inmóvil.
—¿Qué verdad? —pregunté.
Nadie respondió.
Me acerqué.
—Víctor, ¿quién era mi padre?
Sus labios se separaron.
Pero antes de que pudiera hablar, el radio del guardia crepitó.
—Señor… tenemos un problema.
—¿Qué pasa?
—Hay un hombre en el portón.
—Deténganlo.
—Dice que no viene armado.
Víctor frunció el ceño.
—¿Nombre?
La respuesta hizo que el color desapareciera de su rostro.
—Dice llamarse Gabriel Morales.
El apellido de mi madre.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué quiere?
El guardia tardó unos segundos en responder.
—Dice que quiere hablar con Mariana.
—¿Por qué?
Silencio.
Después llegó la frase que convirtió aquella noche en algo todavía más imposible.
—Porque asegura que es su padre.
Miré a Víctor.
Él no parecía sorprendido.
Parecía aterrorizado.
Y entonces comprendí algo mucho peor.
Víctor Salcedo sabía perfectamente quién era aquel hombre.