Llamé al profesor Ramírez con las manos todavía temblando.
Contestó al primer tono.
—Isabel, ¿estás bien?
Por alguna razón, esa pregunta casi me hizo llorar otra vez.
—Sí… creo.
—No me refiero a la entrevista. Me refiero a ti.
Miré la laptop destruida.
—Estoy bien.
Hubo un silencio.
—Escúchame con atención. La entrevista no está perdida.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—La sesión quedó registrada en nuestra plataforma hasta el momento de la desconexión.
Sentí que se me cortaba la respiración.
Gabriel había olvidado algo.
La cámara seguía funcionando cuando entró.
Harvard no sólo había visto pastel y champaña.
Había visto que le pedí que esperara.
Había visto que intenté continuar.
Había escuchado sus burlas.
Y había visto mi caída.
—El comité ya recibió el reporte —continuó el profesor—. Nadie considera que lo ocurrido sea responsabilidad tuya.
Me senté.
—¿Entonces puedo repetirla?
—Sí. Pero hay algo más.
Su voz cambió.
—Antes de la interrupción respondiste parte de la primera pregunta. Tu expediente académico ya era extraordinario. La entrevista sólo era un elemento adicional.
Cerré los ojos.
Durante horas había creído que Gabriel había destruido tres años de mi vida.
En realidad sólo había destruido una computadora.
—Te programaremos una nueva sesión —dijo—. Y no necesitas demostrar nada sobre lo sucedido. Ya está documentado.
—Gracias.
—No me agradezcas. Termina lo que empezaste.
Aquella frase me acompañó toda la noche.
Gabriel estaba dormido en el sofá cuando terminé la llamada.
Lo observé durante unos segundos.
Luego abrí un cajón y saqué una maleta.
No necesitaba discutir.
Ya había explicado suficiente.
Guardé ropa.
Documentos.
Los pocos recuerdos de mi madre que todavía conservaba.
Y una copia de seguridad externa que, por suerte, contenía buena parte de mi investigación.
No todo estaba perdido.
A las dos de la madrugada, Gabriel se despertó.
—¿Qué haces?
—Me voy.
Se incorporó.
—¿Sigues con eso?
Cerré la maleta.
—Sí.
—Isabel, por favor. Fue una broma estúpida.
—Exactamente.
Lo miré.
—Mi futuro te pareció un lugar apropiado para hacer una broma.
—Harvard te dará otra entrevista.
Me quedé quieta.
—¿Cómo sabes eso?
Su expresión cambió.
Demasiado tarde.
—Gabriel.
—Lo supuse.
—¿Hablaste con Camila?
Nada.
Tomé el teléfono.
Había un mensaje nuevo de ella:
“¿Entonces sí te van a dejar repetirla? Qué exagerados.”
Sentí frío.
—¿Cómo sabe Camila que habrá otra entrevista?
Gabriel se levantó.
—Isa…
—¿Cómo lo sabe?
Silencio.
Entonces comprendí.
—Entraste a mi correo.
—No.
—Tú conocías mi contraseña.
—Sólo quería saber si habías hecho alguna tontería.
Me reí sin humor.
—¿Alguna tontería como terminar contigo?
—No hagas esto.
—Ya está hecho.
Pasé junto a él.
Gabriel intentó detenerme.
—Camila dijo que estabas obsesionándote demasiado con Harvard. Pensamos que necesitabas relajarte.
Me giré.
—¿Pensamos?
—No fue malintencionado.
—Destruyeron mi computadora durante una entrevista de admisión.
—Puedo comprarte otra.
Aquella frase resumió todo.
Para él, cada daño tenía precio.
Una laptop nueva.
Una cena.
Un “lo siento”.
Nunca entendía que algunas cosas no se rompían en objetos.
Se rompían en confianza.
—Quédate con Camila —dije.
—No estoy con ella.
—No me importa.
Y salí.
Me quedé con una compañera del laboratorio durante una semana.
Compré una laptop usada.
Recuperé archivos desde la nube.
El profesor Ramírez reorganizó la entrevista.
Esta vez la hice desde una sala privada de la universidad donde trabajaba como asistente de investigación.
Antes de comenzar, respiré.
Pensé en mamá.
Pensé en el pastel.
Pensé en Gabriel riéndose.
Y luego lo dejé todo fuera de aquella habitación.
Durante cuarenta minutos hablé de investigación, política pública, educación y del proyecto que llevaba dos años desarrollando.
Cuando terminó, la entrevistadora sonrió.
—Gracias, Isabel.
—Gracias a ustedes por darme otra oportunidad.
Ella negó suavemente.
—No lo vea así. Usted ya había ganado el derecho a terminar la primera.
Dos semanas después, Camila apareció frente al laboratorio.
—Tenemos que hablar.
Seguí guardando unos documentos.
—No.
—Gabriel está hecho polvo.
—Entonces habla con él.
—Dice que tú estás destruyendo vuestra relación por una estupidez.
La miré.
—Nuestra relación terminó cuando él decidió que humillarme era más divertido que respetarme.
Camila cruzó los brazos.
—Siempre te has creído mejor que nosotros.
—No.
—Harvard, tus investigaciones, tus profesores…
Sonrió con desprecio.
—Siempre haces que todo parezca tan importante.
Finalmente entendí algo.
No había sido una broma aleatoria.
Había resentimiento.
Tal vez desde hacía años.
—¿Por eso lo hiciste?
Su expresión se endureció.
—¿Hacer qué?
—Elegirme como “chivo expiatorio”.
Silencio.
—Querías que perdiera la entrevista.
—No seas paranoica.
—Entonces ¿por qué precisamente durante la entrevista?
No respondió.
—Podían haberme tirado el pastel una hora después.
Camila miró hacia otro lado.
Y allí estaba la verdad.
No necesitaba una confesión.
—Vete.
—Isabel…
—Y no vuelvas a entrar a mi correo, mi apartamento o mi vida.
Palideció.
—Yo nunca entré en tu correo.
—No dije que tú lo hicieras.
Su cara la traicionó.
Gabriel le había contado.
Quizá incluso le había mostrado mis mensajes.
No quise saber más.
El correo de Harvard llegó un martes por la mañana.
Vi el remitente y no pude abrirlo durante casi diez minutos.

Finalmente hice clic.
Leí la primera línea.
Después la segunda.
Y tuve que sentarme.
Había sido admitida.
Con ayuda financiera.
Y una plaza dentro del programa de investigación al que llevaba años intentando entrar.
Lloré.
Pero esta vez no por Gabriel.
Ni por Camila.
Lloré por mi madre.
Por mí.
Por la chica que había pensado que una laptop rota significaba que todo había terminado.
Llamé al profesor Ramírez.
—Lo lograste —dijo antes de que yo pudiera hablar.
—Lo logramos.
—No. Tú lo hiciste.
Gabriel se enteró esa misma tarde.
No sé quién se lo contó.
Tal vez alguien publicó mi admisión.
Tal vez Camila.
Me esperaba afuera de mi edificio.
—Entraste.
—Sí.
Sonrió como si todavía compartiéramos algo.
—Sabía que lo conseguirías.
Lo miré.
—No. Dijiste que Harvard no era para tanto.
Su sonrisa desapareció.
—Estaba siendo idiota.
—Sí.
—Puedo ir contigo.
Pensé que había oído mal.
—¿Qué?
—Podría buscar trabajo cerca. Empezar de nuevo.
Sentí una calma inmensa.
Meses atrás aquella propuesta habría sido todo lo que quería.
Ahora no significaba nada.
—Gabriel, no quiero empezar de nuevo contigo.
—¿Por una broma?
Negué.
—Por la clase de persona que necesitabas ser para considerar gracioso verme perder algo que amaba.
Se quedó callado.
—Espero que algún día entiendas la diferencia.
Entré al edificio.
No miré atrás.
Meses después llegué a Cambridge.
El primer día, caminé sola por el campus.
Llevaba en el bolso una fotografía de mi madre.
Me detuve frente a uno de los edificios y la saqué.
—Llegué —susurré.
No había música.
No había discursos.
Sólo estudiantes caminando con prisa y hojas moviéndose con el viento.
Pero para mí era suficiente.
Durante años había pensado que Harvard era la promesa que le había hecho a mi madre.
Allí comprendí algo distinto.
Mi madre no quería que yo llegara a una universidad concreta.
Quería que nadie consiguiera convencerme de abandonar la vida que había trabajado para construir.
Gabriel creyó que había destruido mi oportunidad cuando rompió una computadora.
Camila creyó que podía convertir tres años de trabajo en un chiste.
Los dos se equivocaron.
Una pantalla podía romperse.
Mi futuro no.