PARTE 2: LA LLAVE DE LOS MUERTOS

Los pasos se detuvieron frente a la puerta.

Clara palideció.

—Es él.

Julian no preguntó a quién se refería.

La voz de Augustus Vance atravesó la madera.

—Clara, abre. El doctor Bell necesita examinarte.

Ella retrocedió.

—No.

—Estás alterada otra vez.

Aquellas palabras hicieron que Clara temblara.

Julian lo comprendió inmediatamente.

No era preocupación.

Era el lenguaje que habían utilizado durante años para convertir cualquier protesta de Clara en una prueba de que estaba “enferma”.

Julian se acercó a la puerta.

—Su hija ha dicho que no quiere verlo.

Silencio.

—Esto es un asunto familiar, Julian.

—Me temo que desde esta tarde yo también soy familia.

Clara lo miró sorprendida.

Del otro lado, Augustus soltó una risa seca.

—Muchacho, recuerda por qué estás aquí.

Julian recordó perfectamente.

El acuerdo matrimonial.

Las acciones de Vance Industries.

La fortuna.

Las propiedades.

Todo aquello por lo que la sociedad suponía que había aceptado casarse con una mujer a quien llamaban cruelmente “la hija defectuosa”.

—Lo recuerdo —respondió—. Ahora márchese.

La manija giró.

Estaba cerrada.

Después escucharon a Augustus ordenar:

—Traigan la llave maestra.

Clara agarró la mano de Julian.

—Tenemos minutos.

Le mostró la pequeña llave de latón.

—¿Qué abre?

—Una caja de seguridad.

—¿Dónde?

—En el antiguo despacho de mi abuelo.

Julian frunció el ceño.

—¿Qué contiene?

Clara respiró.

—La razón por la que mi padre necesitaba que todos creyeran que yo estaba loca.

Un golpe sacudió la puerta.

Julian miró alrededor.

El dormitorio tenía otra salida hacia un vestidor conectado con una escalera de servicio.

—Vamos.

Clara se puso un abrigo encima del vestido y escondió la llave.

Bajaron.

Arriba, la puerta del dormitorio cedió.

Escucharon gritos.

Julian sacó su teléfono mientras caminaban.

—¿A quién llamas?

—A alguien que tu padre no controla.

Marcó a Eleanor Shaw, abogada especializada en patrimonio corporativo.

—Eleanor, necesito que vengas a Vancewood.

—Son casi las dos de la mañana.

—Precisamente.

—¿Qué encontraste?

Julian miró a Clara.

—Todavía no lo sé.

Hizo una pausa.

—Pero si no vuelvo a llamarte en veinte minutos, contacta a las autoridades.

Clara lo observó.

—Mi padre tiene amigos en todas partes.

—Por eso Eleanor no está aquí.

Llegaron al antiguo despacho.

Clara apartó un cuadro.

Detrás había una cerradura de latón.

Introdujo la llave.

Encajó perfectamente.

Dentro encontraron una caja metálica.

Clara la abrió.

No había joyas.

Había documentos.

Decenas.

Informes médicos.

Contratos.

Testamentos.

Fotografías.

Y una memoria USB.

Julian tomó el primer expediente.

CLARA VANCE — EVALUACIÓN PSIQUIÁTRICA.

Leyó varias páginas.

—Estos informes dicen que sufrías episodios violentos.

—Nunca los tuve.

—Aquí aparecen cinco médicos diferentes.

Clara señaló las firmas.

—Tres trabajaban para mi padre.

—¿Y los otros dos?

—Murieron.

Julian levantó la mirada.

Clara abrió otro documento.

Era el testamento de su abuelo, fundador del imperio Vance.

Julian leyó lentamente.

Entonces entendió.

Cuando Clara cumpliera treinta años, recibiría el control de un bloque de acciones suficiente para decidir quién dirigía Vance Industries.

Pero existía una condición.

Si era declarada legalmente incapaz, sus derechos pasarían temporalmente a su tutor.

Augustus.

—¿Cuándo cumples treinta?

—Mañana.

Julian sintió frío.

La boda había sido programada exactamente un día antes.

—Tu padre no organizó este matrimonio para entregarte una fortuna.

—No.

Clara sacó otro documento.

—Lo organizó para conservarla.

Era un acuerdo firmado entre Augustus y la compañía de Julian.

Julian leyó su propio nombre.

Pero jamás había visto aquella página.

—Esto no estaba en el contrato que firmé.

—Porque alguien sustituyó los anexos.

El documento establecía que, si Clara era declarada incapaz dentro de los primeros treinta días del matrimonio, Julian recibiría una compensación multimillonaria a cambio de renunciar a cualquier reclamación sobre las acciones de su esposa.

Parecía un soborno.

Uno diseñado para convertirlo en cómplice.

—Tu padre quería que pareciera que yo acepté venderte.

Clara asintió.

—Y después nadie creería que intentaste protegerme.

De pronto escucharon pasos.

Julian apagó la lámpara.

La puerta se abrió.

El doctor Bell entró acompañado por dos hombres.

—Señora Vance —dijo—, su padre está preocupado.

Clara retrocedió.

Julian se interpuso.

—No la toque.

Bell levantó una pequeña bolsa médica.

—Su esposa necesita medicación.

—Mi esposa necesita un abogado.

Bell sonrió.

—Mañana probablemente necesite un tutor.

Julian sintió cómo Clara apretaba su brazo.

Entonces comprendió.

—Van a declararla incapaz esta noche.

Bell no respondió.

No hacía falta.

Julian levantó su teléfono.

—Esta conversación está siendo grabada.

La sonrisa desapareció.

Los dos hombres avanzaron.

Pero entonces las luces exteriores iluminaron las ventanas.

Automóviles entraban en la finca.

Bell se volvió.

Julian sonrió.

—Eleanor llegó rápido.

No era Eleanor.

Clara miró por la ventana.

—No…

Había seis vehículos negros.

De ellos descendieron hombres de seguridad privada.

Y Augustus.

Bell relajó los hombros.

—Su abogado nunca entrará.

Julian miró su teléfono.

Sin señal.

Habían bloqueado las comunicaciones.

Augustus apareció en la puerta.

—Se acabó, Clara.

Ella levantó la barbilla.

—Encontré el testamento.

—Lo sé.

—También los informes falsos.

Augustus sonrió.

—¿Crees que importa?

Clara permaneció inmóvil.

—Mañana cumplo treinta.

—No llegarás a mañana siendo legalmente competente.

Julian dio un paso hacia él.

—Todo esto puede destruirte.

Augustus lo miró casi con lástima.

—¿Todavía no lo entiendes?

Sacó un documento doblado.

—Tú eres quien la destruirá.

Se lo entregó.

Julian leyó.

Era una declaración médica de emergencia solicitando internamiento inmediato.

Debajo figuraba el nombre de quien supuestamente había denunciado que Clara era peligrosa.

Julian Mercer.

Su firma también aparecía allí.

Perfectamente falsificada.

Clara lo miró.

Durante un segundo terrible, el miedo apareció en sus ojos.

Augustus sonrió.

—Cuando amanezca, todos sabrán que el marido cazafortunas descubrió que su esposa estaba perturbada y pidió encerrarla.

Entonces Clara recordó algo.

—La memoria.

Todos miraron la USB que todavía sostenía.

Augustus dejó de sonreír.

Y Julian comprendió que aquello era lo único que realmente le preocupaba.

Clara corrió hacia la computadora del despacho.

Bell intentó detenerla.

Julian lo bloqueó.

Clara conectó la memoria.

Aparecieron decenas de carpetas.

Grabaciones.

Transferencias.

Expedientes médicos.

Una carpeta llevaba el nombre:

PROYECTO HEREDERA.

Clara hizo doble clic.

Un video comenzó a reproducirse.

La fecha era de hacía doce años.

Augustus aparecía hablando con el doctor Bell.

Pero había una tercera persona en la habitación.

Julian se acercó a la pantalla.

—No puede ser.

Reconoció al hombre.

Era su propio padre.

Muerto hacía siete años.

En la grabación, Augustus colocaba una carpeta frente a él.

Y entonces la voz del padre de Julian salió de los altavoces:

—Cuando Clara cumpla treinta, mi hijo se casará con ella. Después nosotros nos encargaremos del resto.

Julian dejó de respirar.

Clara lo miró lentamente.

Augustus cerró la puerta del despacho.

—Ahora comprendes por qué te elegimos, Julian.

Julian sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Aquella boda no había comenzado meses atrás.

Había sido planeada desde que él era prácticamente un muchacho.

Pero entonces el video continuó.

Su padre abrió otro expediente.

En la portada había una fotografía de Clara.

Y debajo, una sola instrucción:

“SI RECUERDA LO QUE OCURRIÓ AQUELLA NOCHE, ELIMINARLA ANTES DE SU CUMPLEAÑOS.”

Clara soltó un susurro.

—Aquella noche…

Julian se volvió hacia ella.

—¿Qué ocurrió?

Las lágrimas llenaron sus ojos.

—Creo que finalmente lo recuerdo.

Y Augustus, por primera vez desde que Julian lo conocía, pareció tener miedo.

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