Parte 2: LA CAJA NEGRA

Adrian dejó de reír en cuanto vio a Alexander detrás de mí.

Durante unos segundos permaneció inmóvil bajo la entrada de mi edificio, mirando la mano de Alexander alrededor de mi cintura.

—¿Qué demonios significa esto?

Alexander no respondió.

Yo sí.

—Significa exactamente lo que escuchaste por teléfono.

Adrian me miró como si esperara que en cualquier momento confesara que todo era una broma.

—Emma, entra. Tenemos que hablar.

Tres semanas atrás, esas palabras habrían bastado para hacerme obedecer.

Ahora me parecieron casi ridículas.

—No tenemos nada que hablar.

—Claro que sí. Estás haciendo esto para castigarme.

—¿Castigarte?

—Por Sophie.

Sentí que Alexander tensaba ligeramente la mandíbula.

Adrian lo notó.

—Alexander, esto es entre Emma y yo.

Por fin, Alexander habló.

—Entonces quizá deberías haber pensado en eso antes de echarla a la calle durante un huracán.

El rostro de Adrian perdió color.

—Ella te contó.

—No hizo falta demasiado. La encontré inconsciente dentro de un coche, con el agua subiendo alrededor de las ruedas.

Adrian me miró.

—No sabía que acabarías allí.

Aquella frase confirmó que seguía sin comprender nada.

—Sabías que había un huracán.

—Pensé que irías a un hotel.

—Las carreteras estaban cerrándose.

—Emma, cometí un error.

—No. Un error es olvidar un aniversario. Tú decidiste que la comodidad de Sophie era más importante que mi seguridad.

Adrian dio un paso hacia mí.

Alexander se interpuso inmediatamente.

—No la toques.

Adrian se detuvo.

Algo parecido a la vergüenza cruzó su rostro.

Alexander Hayes no era simplemente alguien a quien conocía.

Era el fundador de Hayes Capital, la empresa que años atrás había salvado financieramente la compañía donde Adrian trabajaba.

Adrian hablaba de Alexander como otros hombres hablaban de leyendas.

Y ahora aquella leyenda estaba protegiendo a la mujer que él había echado de casa.

—¿Desde cuándo ocurre esto? —preguntó Adrian.

—¿Esto?

—Ustedes dos.

No respondí inmediatamente.

Porque la verdad era complicada.

Alexander y yo no habíamos comenzado una relación aquella noche.

Durante las semanas posteriores al huracán me había ayudado a encontrar un apartamento temporal. Había conseguido recuperar mi coche. Había llamado todos los días para asegurarse de que estuviera bien.

Nunca me presionó.

Nunca aprovechó mi vulnerabilidad.

Y poco a poco comprendí algo que me dolió admitir:

Alexander me trataba con más consideración como amigo que Adrian durante los últimos años como pareja.

—No es asunto tuyo —dije.

Adrian soltó una carcajada amarga.

—Tres semanas. ¿Y ahora es tu novio?

—Curioso que te moleste la rapidez cuando necesitaste menos de una noche para reemplazarme.

Eso lo silenció.

Entonces sus ojos bajaron hacia el bolsillo de Alexander.

Vi el instante exacto en que distinguió la pequeña caja de terciopelo negro.

Su expresión cambió.

—No.

Alexander frunció el ceño.

—¿Qué?

—No vas a hacer eso.

Yo también miré la caja.

Mi corazón dio un salto.

—Alexander…

Él pareció incómodo por primera vez.

—No era así como quería que la vieras.

Adrian avanzó.

—¡No puedes pedirle matrimonio!

Alexander se colocó frente a él.

—Baja la voz.

—¡Ella estaba conmigo hace tres semanas!

—Y tú la echaste.

—¡Sigue siendo mi mujer!

—Nunca fui tu esposa —dije.

Adrian me miró.

—Sabes lo que quiero decir.

—Sí. Quieres decir que mientras tú podías elegir a Sophie, yo debía quedarme esperando hasta que decidieras volver.

La puerta del vestíbulo se abrió.

Algunos vecinos comenzaron a mirar.

Adrian respiraba con dificultad.

—Sophie no significa nada.

Aquello casi consiguió hacerme reír.

—Entonces me echaste durante una emergencia por una mujer que ni siquiera significa nada.

Adrian comprendió demasiado tarde lo que acababa de admitir.

—Emma…

—Vete.

—No hasta que hablemos solos.

Alexander sacó el teléfono.

—Entonces podemos llamar a seguridad.

Adrian lo miró con odio.

—¿De verdad quieres involucrarte en esto?

—Ya estoy involucrado.

—Puedes tener a cualquier mujer.

Alexander permaneció completamente tranquilo.

—No quiero a cualquier mujer.

El silencio que siguió fue insoportable.

Adrian volvió a mirar la caja.

—Emma, no sabes quién es realmente.

Alexander endureció la expresión.

—Cuidado.

—¿Por qué? ¿Ella tampoco sabe?

Lo miré.

—¿Saber qué?

Alexander no respondió.

Por primera vez desde que lo conocía, vi vacilación en sus ojos.

—Alexander.

—No aquí.

Adrian sonrió.

—Interesante.

—Cállate —dijo Alexander.

—¿Todavía no le contaste por qué estabas conduciendo por aquella carretera durante el huracán?

Sentí que algo cambiaba.

—¿Qué quiere decir?

Alexander guardó silencio.

Adrian aprovechó.

—Pregúntale.

—Alexander, ¿por qué estabas allí?

Él exhaló lentamente.

—Estaba intentando llegar a una de nuestras propiedades antes de que cerraran completamente la carretera.

—¿Qué propiedad?

Adrian respondió antes que él.

—Mi casa.

Lo miré confundida.

—¿Qué?

Adrian soltó una risa amarga.

—La casa donde vivíamos, Emma.

Alexander cerró los ojos un instante.

—No es exactamente así.

—Entonces explícalo.

Alexander sacó la caja negra del bolsillo.

Pero no la abrió.

En cambio, la guardó sobre una mesa del vestíbulo.

—La propiedad está vinculada a una sociedad de inversión de Hayes Capital.

Mi mente tardó unos segundos en procesarlo.

—¿La casa de Adrian es tuya?

—Legalmente pertenece a una subsidiaria.

Miré a Adrian.

—¿Tú lo sabías?

—Descubrí parte después del huracán.

—¿Parte?

Alexander me miró.

—Emma, hay algo más importante.

El tono de su voz me hizo olvidar momentáneamente el anillo.

—¿Qué?

Sacó un sobre del interior de su chaqueta.

—Esta era la verdadera razón por la que quería verte esta noche.

Me entregó unos documentos.

En la primera página aparecía el nombre de Adrian.

Después el de Sophie.

Y debajo había una serie de transferencias bancarias.

—No entiendo.

—Durante el huracán, parte del sistema de seguridad de la propiedad siguió funcionando con alimentación de emergencia —explicó Alexander—. Después de encontrarte, pedí que revisaran el estado de la casa porque oficialmente estaba bajo nuestra administración.

Adrian se puso rígido.

—No tienes derecho a contarle esto.

Alexander ni siquiera lo miró.

—Encontramos irregularidades.

Pasé las páginas.

Había pagos.

Contratos.

Fotografías.

Entonces reconocí una fecha.

La noche en que Adrian me había echado.

—¿Qué hicieron?

Alexander señaló una transferencia.

—Sophie no fue allí simplemente para pasar la noche.

Miré a Adrian.

—¿Entonces para qué?

Nadie respondió.

Seguí leyendo hasta encontrar un documento con mi nombre.

Mi nombre completo.

—¿Por qué aparezco aquí?

Adrian retrocedió.

Alexander dio un paso hacia mí.

—Porque descubrimos que durante casi dos años Adrian estuvo utilizando información vinculada a ti para respaldar determinadas operaciones financieras.

Sentí que me faltaba el aire.

—¿Usando mi información?

—Emma, puedo explicarlo —dijo Adrian.

—Entonces hazlo.

—No aquí.

—¡Aquí!

Alexander tomó uno de los documentos.

—Hay más.

Adrian perdió finalmente el control.

—¡Dije que te calles!

Intentó arrancarle los papeles.

Alexander lo apartó.

La caja negra cayó de la mesa.

Rodó por el suelo.

Se abrió.

El diamante brilló bajo las luces del vestíbulo.

Pero nadie lo miró.

Porque otro objeto había caído del interior de la chaqueta de Alexander.

Una pequeña memoria USB.

Adrian se quedó blanco.

Completamente blanco.

—¿De dónde sacaste eso?

Alexander lo observó.

—Del sistema de seguridad de la casa.

Adrian dejó de respirar.

—¿Qué contiene? —pregunté.

Alexander miró la memoria.

Después a mí.

—Una grabación de la noche del huracán.

—¿De Sophie?

—De Sophie y Adrian.

Adrian comenzó a retroceder hacia la puerta.

—Está sacado de contexto.

Alexander conectó la memoria a su teléfono.

—Entonces no tendrás problema en que Emma lo escuche.

—¡No!

El grito retumbó por todo el vestíbulo.

Me quedé inmóvil.

Nunca había visto a Adrian tan asustado.

Alexander encontró el archivo.

Antes de reproducirlo, me miró.

—Emma, después de escuchar esto quizá quieras llamar a un abogado.

Sentí un escalofrío.

—Reprodúcelo.

Adrian negó desesperadamente.

—Emma, por favor.

Alexander pulsó el botón.

Primero escuchamos el viento.

Luego la voz de Sophie.

Y después la de Adrian.

Clara.

Inconfundible.

—Una vez que Emma desaparezca de la casa, podremos usar sus documentos sin que sospeche nada.

Sentí que las piernas me fallaban.

Pero la grabación continuó.

Sophie respondió algo que hizo que Alexander levantara inmediatamente la mirada.

Y Adrian corrió hacia el teléfono.

Porque acabábamos de descubrir que echarme a la calle durante el huracán quizá nunca había tenido nada que ver con una amante.

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