PARTE 2: LA FIRMA FALSA

Leo abrió la boca.

—Puedo explicarlo.

Gabriel Shen no cambió de expresión.

—Perfecto. Explíquelo.

Todo el salón seguía escuchando.

Y la transmisión continuaba activa.

Leo miró primero al director y después a Camila.

—Valeria y yo crecimos juntos. Conozco sus intenciones. Solo ayudé a completar el trámite.

Lo miré incrédula.

—¿Falsificaste mi firma porque “conoces mis intenciones”?

—No lo llames así.

Su voz bajó.

—Sabía que terminarías aceptando.

Aquella frase me hizo comprender el verdadero problema.

Leo no creía haber hecho nada malo.

Simplemente estaba acostumbrado a que mis decisiones terminaran siendo las suyas.

Gabriel levantó el formulario.

—Una beca individual no puede transferirse porque un compañero considere que la beneficiaria “terminaría aceptando”.

El director intervino rápidamente:

—Suspendamos la ceremonia y aclaremos esto en privado.

—No.

Esta vez fui yo quien respondió.

Miré las cámaras.

—Lo anunciaron públicamente sin preguntarme. Quiero aclararlo públicamente.

Mi madre bajó la cabeza.

Pensé que estaba avergonzada.

Entonces vi sus hombros temblar.

Estaba llorando.

Mi padre le tomó la mano.

Sentí que se me cerraba la garganta.

—Mis padres se levantan todos los días a las tres de la mañana.

El salón quedó en silencio.

—Durante años dijeron que no estaban cansados para que yo pudiera estudiar. Mi padre siguió trabajando incluso cuando comenzó a tener problemas en la muñeca. Mi madre usa la misma máquina de leche de soya desde hace nueve años porque siempre había algo más importante que comprar.

Miré los doscientos mil yuanes proyectados en la pantalla.

—Tal vez algún día pueda ganar mucho dinero.

—Pero todavía no lo he ganado.

—Esta beca es la primera recompensa importante que he conseguido gracias a mis estudios y al sacrificio de mis padres.

Miré a Leo.

—No tienes derecho a decidir que no la necesito.

Nadie volvió a murmurar.

Entonces Camila empezó a llorar.

—Yo no sabía que había falsificado tu firma.

Gabriel la observó.

—¿No lo sabía?

—No.

—Entonces hay algo que tampoco entiendo.

Sacó su teléfono.

—La solicitud fue enviada desde la cuenta de Leo, pero el formulario adjunto fue creado originalmente desde otra cuenta escolar.

Leo se quedó rígido.

Camila dejó de llorar.

Gabriel leyó el nombre.

—Camila Su.

El salón estalló.

Camila negó inmediatamente.

—¡Eso no significa nada! Leo usó mi computadora muchas veces.

—Claro —dijo Gabriel—. Entonces será fácil verificarlo.

El director pidió apagar la transmisión.

Demasiado tarde.

Miles de personas ya habían visto la escena.


La ceremonia terminó antes de tiempo.

Nos llevaron a una oficina.

Estábamos mis padres, el director, Gabriel, Leo, Camila y la coordinadora.

Gabriel colocó varias hojas sobre la mesa.

—La fundación conserva registros de modificación.

Señaló la primera línea.

—El formulario fue descargado por Camila.

Segunda.

—Fue modificado desde su cuenta.

Tercera.

—Y posteriormente enviado utilizando las credenciales escolares de Leo.

Camila miró a Leo.

—Tú dijiste que nadie comprobaría eso.

Silencio.

Se tapó la boca.

Ya era tarde.

Leo cerró los ojos.

—Camila.

—¡Tú dijiste que Valeria nunca se negaba cuando se trataba de mí!

Me quedé mirándolos.

Aquello dolió de una manera extraña.

No por el dinero.

Porque de repente recordé años enteros.

Mis apuntes desapareciendo antes de exámenes importantes y apareciendo después en manos de Camila.

Leo pidiéndome que cediera concursos porque ella “necesitaba mejorar su expediente”.

Mis padres comprándome una computadora y Leo convenciéndome de prestársela durante meses.

Siempre era lo mismo.

Yo tenía más.

Yo podía esperar.

Yo debía comprender.

Camila siempre necesitaba algo más que yo.

—¿Cuánto tiempo llevan haciendo esto? —pregunté.

Leo levantó la cabeza.

—No exageres.

Sonreí.

—Ahí está otra vez.

—¿Qué?

—Decidiendo cuánto derecho tengo a enfadarme.

No supo responder.

Gabriel recogió los documentos.

—La fundación iniciará una revisión formal. Hasta entonces, la beca permanece exclusivamente a nombre de Valeria.

Mi madre habló por primera vez.

—No necesitamos problemas.

La miré.

—Mamá…

—No digo que entregues el dinero.

Sus ojos estaban rojos.

—Digo que no quiero que por nosotros tengas enemigos.

Mi padre negó.

—Ya los tenía.

Todos lo miramos.

Mi padre, que casi nunca levantaba la voz, señaló a Leo.

—Solo que nuestra hija todavía los llamaba amigos.


Dos días después recibí los doscientos mil yuanes.

No los doné.

Pagué primero el tratamiento de la muñeca de mi padre.

Después compré maquinaria nueva para el negocio.

Guardé el resto para la universidad.

Leo vino a buscarme aquella tarde.

Esperaba frente al pequeño local de mis padres.

—Camila puede perder su admisión.

—Eso tendrá que resolverlo ella.

—Su familia no tiene contactos.

—La mía tampoco.

—Valeria, tú siempre has sido diferente.

—¿Diferente cómo?

—Más fuerte.

Me reí.

—Entonces porque puedo soportar que me quiten cosas, ¿debería permitir que me las quiten?

Leo guardó silencio.

—No quiero perderte por esto.

Lo miré durante varios segundos.

—No me perdiste por doscientos mil yuanes.

—Entonces…

—Me perdiste cuando falsificaste mi nombre y estabas tan seguro de controlarme que ni siquiera pensaste que preguntaría por qué.

Entré al negocio.

No volvió a seguirme.


Un mes después llegué a la universidad.

El primer día recibí un correo de Gabriel Shen.

Pensé que se trataba del cierre de la investigación.

No era eso.

“Señorita Zhou:

Durante la revisión del incidente encontramos una irregularidad anterior relacionada con su expediente académico. Necesitamos hablar con usted.”

Sentí un mal presentimiento.

Abrí el archivo adjunto.

Era una lista de postulaciones a un programa nacional para estudiantes sobresalientes.

Mi nombre aparecía en primer lugar.

Estado:

RENUNCIA VOLUNTARIA.

Fecha:

Dos años atrás.

Yo jamás había renunciado.

Seguí leyendo.

La plaza había pasado a la siguiente estudiante.

Camila Su.

Se me helaron las manos.

Llamé inmediatamente a Gabriel.

—Yo nunca presenté esta renuncia.

—Lo imaginábamos.

—¿También falsificaron mi firma?

—Eso es lo extraño.

Escuché papeles al otro lado.

—La solicitud no necesitaba firma física. Se presentó utilizando sus credenciales personales.

—¿Quién tenía acceso?

Pensé inmediatamente en Leo.

Pero Gabriel respondió:

—El registro muestra que se realizó desde una computadora situada dentro de su propia casa.

Me quedé inmóvil.

Dos años atrás Leo nunca había tenido las llaves.

Camila tampoco.

—Entonces es imposible.

—Hay algo más.

—¿Qué?

—La dirección de recuperación asociada temporalmente a su cuenta pertenecía a un adulto.

Sentí un escalofrío.

—¿Quién?

Gabriel guardó silencio un instante.

Su madre.

Miré hacia el negocio familiar.

Mi madre estaba detrás del mostrador, preparando leche de soya como cada mañana.

La mujer que acababa de llorar porque habían intentado regalar mi beca.

La mujer que parecía haber sacrificado todo por mis estudios.

Y por primera vez se me ocurrió una pregunta que jamás había pensado hacer:

Si Leo y Camila llevaban años quitándome oportunidades…

¿quién les había enseñado que yo siempre sería la persona que debía ceder?

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