PARTE 2: MI MEJOR AMIGA TAMBIÉN QUERÍA ROBARME A MI PROMETIDO.

Me quedé mirando la factura hasta que las letras comenzaron a confundirse.

DANIEL CARTER.

El nombre de mi prometido aparecía claramente junto a los últimos cuatro dígitos de la tarjeta.

No llamé a Megan.

Tampoco llamé a Daniel.

Había cometido demasiados errores por reaccionar antes de pensar.

Esta vez quería saber hasta dónde llegaba la mentira.

Guardé la fotografía y escribí:

—¡Es precioso! Definitivamente ganaste esta vez.

Megan respondió con un corazón.

Sentí náuseas.

Esa noche Daniel llegó a casa como siempre.

Me besó en la frente, dejó las llaves sobre la mesa y preguntó qué quería cenar.

Lo observé durante varios segundos.

—¿Ha pasado algo interesante hoy?

—Nada especial.

—¿Alguna compra grande?

Su mano se detuvo apenas un instante.

Fue suficiente.

—No. ¿Por qué?

Sonreí.

—Por nada.

Esperé hasta que se duchó.

Después revisé nuestra carpeta de gastos compartidos.

Daniel y yo no compartíamos todas nuestras cuentas, pero sí teníamos una tarjeta adicional para gastos relacionados con la boda.

Busqué los últimos movimientos.

Nada.

Entonces comprendí algo peor.

Si aquella tarjeta realmente pertenecía a Daniel, era una cuenta que yo desconocía.

A la mañana siguiente llamé a la joyería.

—Quiero comprar el mismo reloj que adquirió ayer una amiga —dije—. Me envió su factura.

Di el número de referencia.

La empleada confirmó el modelo.

Después pregunté:

—¿Puedo enviar a mi prometido a recogerlo como hizo ella?

Hubo una pausa.

—En aquella compra fue diferente. El titular de la tarjeta estuvo presente.

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Presente?

—Sí.

Colgué.

Daniel no solo le había prestado la tarjeta.

Había acompañado a Megan a comprar el reloj.

Esa tarde contraté a un investigador privado.

No necesitó mucho tiempo.

Cuatro días después colocó una carpeta frente a mí.

—Creo que debería prepararse.

La abrí.

Fotografías.

Daniel entrando al edificio de Megan.

Daniel recogiendo a Megan después del trabajo.

Daniel cenando con ella.

Pero la última fotografía fue la que me dejó completamente inmóvil.

Ambos estaban dentro de una oficina bancaria.

La fecha era de seis meses atrás.

—¿Qué hacían allí?

El investigador deslizó otro documento hacia mí.

—Solicitaron información sobre una hipoteca conjunta.

Levanté la cabeza.

—¿Conjunta?

—No llegaron a firmarla. Pero hay algo más.

Sacó una copia del registro de propiedad del apartamento 1602.

Megan aparecía como propietaria.

Sin embargo, parte del dinero utilizado para comprarlo provenía de una transferencia realizada por Daniel.

Entonces todo encajó.

El apartamento.

La obsesión.

Las preguntas sobre su salario.

La necesidad de vivir frente a mí.

Megan no quería copiar solamente mi ropa, mi automóvil o mis vacaciones.

Quería mi vida completa.

Y Daniel estaba ayudándola.

Aquella noche puse mi anillo de compromiso sobre la mesa y esperé.

Daniel llegó a las ocho.

Lo vio inmediatamente.

—¿Qué significa esto?

Deslicé la factura del reloj hacia él.

Su rostro perdió el color.

—Laura…

—Explícame.

—No es lo que parece.

Solté una risa amarga.

—Siempre me pregunté quién había inventado esa frase. Ahora entiendo por qué funciona tan bien para los infieles.

—No estoy teniendo una aventura con Megan.

Entonces coloqué las fotografías sobre la mesa.

Una.

Dos.

Tres.

Daniel dejó de hablar.

—¿Cuánto tiempo?

Se sentó lentamente.

—Ocho meses.

Sentí que algo se rompía dentro de mí.

—¿Dormiste con ella?

Cerró los ojos.

Eso fue suficiente.

Me levanté.

—Vete.

—Laura, escúchame.

—Vete.

Intentó tocarme.

Retrocedí.

—No vuelvas a ponerme una mano encima.

Daniel palideció.

—Cometí un error.

—Ocho meses no son un error. Son cientos de decisiones.

Señalé las fotografías.

—Mentiste cada mañana. Mentiste cada noche. Te sentaste a cenar conmigo después de verla.

Entonces hice la pregunta que realmente necesitaba responder.

—¿Por qué compró el apartamento frente al mío?

Daniel guardó silencio.

—Contéstame.

Finalmente habló.

—Porque Megan quería que terminaras descubriéndonos.

Aquello no lo esperaba.

—¿Qué?

—Está cansada de esconderse. Pensó que si vivía frente a ti, tarde o temprano verías algo.

Sentí un escalofrío.

No era obsesión por copiarme.

Era algo todavía más retorcido.

Megan había convertido mi propia vida en una competencia cuyo premio era reemplazarme.

—Fuera.

Esta vez Daniel obedeció.

Pero antes de marcharse dijo:

—Megan cree que voy a casarme con ella.

Lo miré.

—¿Y vas a hacerlo?

Bajó la cabeza.

—No.

Cerré la puerta.

Entonces sonreí por primera vez aquella noche.

Megan todavía no sabía que Daniel me había confesado todo.

Y decidí no decírselo.

Al día siguiente la llamé.

—Necesito tu ayuda.

Su voz sonó dulce.

—Siempre.

—Daniel y yo hemos decidido adelantar la boda.

Hubo un silencio.

—¿Qué?

—Nos casaremos en seis semanas.

Podía imaginar su expresión.

—Qué… sorpresa.

—Quiero que seas mi dama de honor.

Otro silencio.

Más largo.

—Claro.

Durante las siguientes semanas dejé que creyera que había ganado otra oportunidad para competir.

Le enseñé vestidos que nunca compraría.

Le hablé de flores que nunca había encargado.

Incluso inventé una luna de miel en Maldivas.

Megan hizo exactamente lo esperado.

Compró vestidos más caros.

Reservó un viaje.

Y empezó a presionar a Daniel para que me abandonara antes de la supuesta boda.

Daniel me mostró los mensajes porque su abogado le había recomendado cooperar después de descubrir que Megan también había utilizado información financiera suya sin permiso.

Entonces apareció la pieza final.

Megan había acumulado enormes deudas intentando mantener aquella vida perfecta.

El automóvil.

Los bolsos.

El reloj.

El apartamento.

Casi nada estaba realmente pagado con su dinero.

Había préstamos, tarjetas y dinero obtenido de Daniel mediante mentiras.

El día de mi supuesta fiesta de compromiso invité a Megan al apartamento 1603.

Llegó vestida de blanco.

Por supuesto.

—¿Dónde está todo el mundo? —preguntó.

—No viene nadie.

Su sonrisa desapareció.

Dejé sobre la mesa la factura del reloj, las fotografías y una copia de las transferencias.

Megan palideció.

—Laura…

—¿Cuándo dejaste de ser mi amiga?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—No entiendes.

—Entonces explícame.

Su expresión cambió.

Por primera vez desapareció aquella dulzura artificial.

—¡Siempre lo tuviste todo!

Me quedé inmóvil.

—Mejores notas. Mejores trabajos. Daniel. Incluso cuando no intentabas destacar, todos te miraban a ti.

Soltó una risa amarga.

—Yo solo quería saber qué se sentía ser tú.

Negué lentamente.

—No, Megan.

Me acerqué a la puerta.

—Tú no querías ser yo.

La abrí.

—Querías demostrar que podías quitarme todo.

Megan me miró con odio.

—Y te quité a Daniel.

Sonreí.

—Puedes quedártelo.

Entonces alguien salió del pasillo.

Daniel.

Megan se quedó paralizada.

—¿Qué haces aquí?

Él dejó las llaves del apartamento 1602 sobre la mesa.

—Terminamos.

—¡Me prometiste…!

—Te mentí.

Megan comenzó a gritar.

Yo simplemente salí.

Nunca compré el 1601.

Me mudé al 1603 durante unos meses y después lo vendí con beneficio cuando terminó la construcción.

Cancelé la boda.

Daniel desapareció de mi vida.

Megan tuvo que vender el apartamento 1602 menos de un año después para cubrir parte de sus deudas.

Nunca volví a hablar con ninguno de los dos.

Meses después encontré una fotografía antigua de Megan y yo durante la universidad.

Estábamos abrazadas, riendo frente a nuestra residencia.

Durante mucho tiempo me pregunté si aquella amistad había sido falsa desde el principio.

Finalmente entendí que probablemente no.

Quizá alguna vez me quiso.

Pero convirtió la admiración en comparación.

La comparación en envidia.

Y la envidia terminó devorando todo lo bueno que había existido entre nosotras.

Rompí la fotografía y la tiré.

Porque Megan había pasado años intentando conseguir mi ropa, mis viajes, mi casa y finalmente a mi prometido.

Pero hubo algo que jamás pudo copiarme.

La capacidad de alejarme cuando descubrí que aquello que tenía a mi lado ya no merecía formar parte de mi vida.

Y mientras ella se quedaba con las ruinas de una competencia que solo existía en su cabeza, yo hice algo que Megan nunca había aprendido a hacer.

Dejé de mirar la vida de los demás y comencé a vivir la mía.

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