PARTE 2: EL HEREDERO QUE NUNCA DEBIÓ EXISTIR.

Lucian no apartaba los ojos del amuleto.

Por un instante, todo lo demás dejó de existir para él: mi marido, los guardaespaldas junto al automóvil, los empleados de la propiedad e incluso Sophia, que acababa de aparecer en las escaleras de la casa familiar.

Solo veía al niño entre mis brazos.

—¿Dónde conseguiste eso? —preguntó.

Su voz ya no tenía la seguridad del hombre que había construido un imperio apostando contra cualquiera que se atreviera a desafiarlo.

Acaricié la espalda del pequeño.

—¿Te refieres al collar?

—Sabes perfectamente a qué me refiero.

Mi esposo, Adrian Vale, se colocó a mi lado.

Lucian lo miró y su expresión se endureció.

Adrian no era un desconocido para él.

Durante años, sus empresas habían competido por puertos, hoteles y licencias internacionales. Pero había algo que Lucian ignoraba.

Adrian también conocía todos los secretos que yo había descubierto antes de desaparecer.

—Evelyn —dijo Lucian—. Necesito hablar contigo a solas.

—No.

—Esto es asunto de la familia Wolfe.

Sonreí.

—Dejaste bastante claro hace tres años quién pertenecía a tu familia.

Sophia llegó al jardín con nuestra madre detrás.

Al verme, se quedó pálida.

Pero cuando descubrió al niño en mis brazos, se llevó una mano a la boca.

—Hermana…

Mi madre observó primero mi anillo.

Luego a Adrian.

Después al bebé.

—¿Te casaste?

—Hace dos años.

La noticia pareció ofenderla.

—¿Y no nos dijiste nada?

La miré durante unos segundos.

—Ustedes tampoco me avisaron cuando mi marido dejó embarazada a mi hermana.

Mi madre bajó la mirada.

Sophia comenzó a llorar.

—Evelyn, por favor. Han pasado tres años.

—Precisamente.

Besé la cabeza de mi hijo.

—Tres años maravillosos.

Lucian dio otro paso.

—¿Cuántos meses tiene?

Adrian respondió antes que yo.

—Trece.

Vi cómo Lucian hacía el cálculo mental.

Su rostro cambió.

—Entonces no puede ser mío.

—Nunca dije que lo fuera.

—Pero lleva mi amuleto.

Sophia miró el collar.

Su expresión se transformó inmediatamente.

—Lucian… ¿ese no es el que perdiste?

Él no respondió.

Yo sí.

—No lo perdió.

Metí la mano en mi bolso y saqué una pequeña caja.

La abrí.

Dentro estaba otro amuleto idéntico.

El verdadero amuleto de Lucian Wolfe.

Sophia retrocedió.

—Entonces… ¿qué lleva ese niño?

Adrian tomó la caja de mis manos.

—La pieza original de la familia Wolfe.

El silencio fue absoluto.

Lucian me miró como si acabara de comprender algo imposible.

Su amuleto había sido una copia.

El de mi hijo tenía más de cien años.

Había pertenecido al fundador del imperio Wolfe y, según la tradición familiar, únicamente podía pasar al heredero reconocido por el patriarca.

—Eso estaba en la bóveda de mi abuelo —susurró Lucian.

—Exactamente.

—Nadie podía abrirla.

—Alguien podía.

Lucian palideció.

Su abuelo, Augustus Wolfe, había desaparecido de la vida pública cinco años atrás. Oficialmente estaba enfermo y vivía retirado en Europa.

La verdad era diferente.

Augustus había sido quien me buscó después del divorcio.

Él sabía lo que Lucian y Sophia habían hecho.

Y sabía algo todavía peor.

Sophia no había sido la primera mujer que Lucian había utilizado para garantizarse un heredero.

—¿Mi abuelo te encontró? —preguntó.

—Tres días después de que firmaras el divorcio.

Lucian cerró los puños.

—¿Qué te dijo?

—Que habías cometido el mismo error que tu padre.

Sophia miró a Lucian.

—¿Qué significa eso?

Nadie respondió.

Entonces mi madre intervino.

—Evelyn, basta. Viniste a visitar la tumba de tu padre. No conviertas esto en una venganza.

La miré.

Durante años aquellas palabras me habrían hecho sentir culpable.

Ya no.

—No regresé por venganza.

—Entonces ¿por qué?

—Porque hoy se cumplen veinte años de la muerte de papá.

Mi madre apretó los labios.

—No necesitas recordármelo.

—Creo que sí.

Saqué un sobre de mi bolso.

—Porque papá no murió por mi culpa.

Su rostro perdió todo color.

Sophia dejó de llorar.

—¿Qué dices?

Miré directamente a mi madre.

—El accidente ocurrió cuando papá me llevaba al hospital. Eso es verdad. Pero durante veinte años me hicieron creer que, si yo no hubiera enfermado, él seguiría vivo.

Mi voz tembló por primera vez.

—Hace tres años pedí reabrir el expediente.

Mi madre retrocedió.

—No tenías derecho.

Aquella respuesta fue suficiente.

Sophia la miró horrorizada.

—Mamá… ¿por qué dices eso?

Saqué varias fotografías.

El automóvil de nuestro padre.

El informe mecánico.

La reconstrucción del accidente.

—Los frenos habían sido manipulados.

Sophia soltó un jadeo.

Lucian dejó de mirar al bebé.

Ahora observaba a mi madre.

—¿Quién lo hizo?

Ella comenzó a negar con la cabeza.

—No saben de qué están hablando.

—Papá descubrió movimientos de dinero que no debía descubrir —continué—. Dinero relacionado con los primeros casinos clandestinos que años después terminaron formando Wolfe Entertainment.

Lucian se quedó inmóvil.

—Mi padre…

Asentí.

—Tu padre estaba involucrado.

Mi madre intentó entrar en la casa.

Adrian hizo una señal.

Uno de sus hombres cerró discretamente el camino.

—Déjame pasar.

—Todavía no —dije.

—¡Soy tu madre!

—Y yo fui tu hija durante catorce años antes de que decidieras castigarme por un crimen que sabías que jamás cometí.

Las lágrimas aparecieron en sus ojos.

Sophia parecía incapaz de respirar.

Entonces Lucian volvió hacia mí.

—¿Qué tiene que ver todo esto con el niño?

Miré a Adrian.

Él asintió.

Había llegado el momento.

—Augustus descubrió quién ordenó manipular aquel automóvil. También descubrió quién convirtió el imperio Wolfe en una red de cuentas secretas.

Lucian tragó saliva.

—¿Mi padre?

—No solamente él.

Le entregué un documento.

Lucian comenzó a leer.

Sus manos temblaron.

Era la modificación del fideicomiso Wolfe.

Firmada por Augustus.

Autenticada.

Irrevocable.

Sophia se acercó.

—¿Qué dice?

Lucian levantó los ojos hacia mí.

Ahora comprendía por qué había regresado.

No para recuperarlo.

No para presumir mi nueva vida.

Ni siquiera para destruir su relación con Sophia.

Había regresado porque, desde aquella mañana, Lucian ya no controlaba legalmente la mayor parte del imperio que llevaba su apellido.

—¿Qué hiciste? —susurró.

—Nada.

Miré al pequeño dormido contra mi pecho.

—Tu abuelo tomó la decisión.

—¿Por qué él?

Señaló al niño.

—¿Por qué le entregaría el amuleto a tu hijo?

Antes de responder, escuchamos un automóvil detenerse frente a la propiedad.

Después otro.

Y otro.

Lucian miró hacia la entrada.

Varios hombres vestidos de negro descendieron.

No eran policías.

Los reconoció inmediatamente.

Eran los abogados personales de Augustus Wolfe.

El primero se acercó con un maletín y un sobre sellado.

—Señora Vale.

—¿Sí?

—El señor Augustus Wolfe falleció esta madrugada.

Lucian quedó petrificado.

El abogado continuó.

—Su testamento ordena que la lectura se realice hoy, en presencia de todos los interesados.

Sophia abrazó instintivamente su vientre, como si todavía necesitara proteger al hijo que había tenido con Lucian.

—¿Todos?

—Todos.

El abogado observó al niño entre mis brazos.

Después miró a Lucian.

—Especialmente él.

Lucian avanzó furioso.

—¡Dígame ahora mismo quién es ese niño para mi abuelo!

El abogado abrió el maletín.

Sacó una fotografía antigua.

La dejó frente a nosotros.

Sentí que Adrian me sujetaba la mano.

Porque incluso yo desconocía aquella fotografía.

En ella aparecía mi padre junto a Augustus Wolfe.

Ambos eran jóvenes.

Entre ellos había una mujer que reconocí inmediatamente.

Mi madre.

Pero lo verdaderamente aterrador estaba escrito detrás.

Lucian leyó las palabras.

Su rostro se volvió completamente blanco.

Después miró a mi madre.

—No…

Ella comenzó a llorar.

—Lucian, puedo explicarlo.

Él retrocedió como si acabaran de golpearlo.

Volvió a mirar la fotografía.

Luego a mí.

Finalmente, al bebé.

—Evelyn… —susurró—. Si esto es cierto…

El abogado abrió el testamento.

—Entonces el niño que lleva en brazos no es quien el señor Lucian Wolfe cree… y tampoco lo es usted.

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