Parte 2: DEMASIADO TARDE

La mano de Julian estaba cálida.

La de Brandon, cuando me sujetó del brazo, temblaba.

—Claire, basta.

Me giré.

—Suéltame.

Por primera vez en tres años, Brandon no parecía divertido.

—Puedes estar enfadada conmigo, pero casarte con otro hombre para castigarme es ridículo.

Julian bajó la mirada hacia la mano que Brandon mantenía sobre mi brazo.

—Señor Pei.

Solo dijo dos palabras.

Brandon me soltó.

—Esto es entre Claire y yo.

—Ya no —respondí.

La funcionaria volvió a llamarnos.

—Señor Zhou, señorita Gu. Si desean completar el registro hoy, deben pasar ahora.

Julian me observó.

—Todavía puedes cambiar de opinión.

No había presión en su voz.

Ni orgullo.

Ni esa seguridad arrogante con la que Brandon siempre daba por hecho que yo terminaría cediendo.

—No voy a cambiarla.

Entramos.

Detrás de nosotros escuché a Tara.

—Brandon, haz algo.

La puerta se cerró.


Firmar tomó menos tiempo del que imaginaba.

Tres años de relación con Brandon habían estado llenos de promesas, preparativos y esperas.

Convertirme legalmente en la esposa de Julian Zhou tomó menos de diez minutos.

Cuando la funcionaria colocó los certificados frente a nosotros, me quedé mirando mi fotografía junto a la de Julian.

—Felicidades.

Julian tomó ambos documentos.

Luego me entregó el mío.

—Señora Zhou.

Sentí algo extraño en el pecho.

—No te acostumbres demasiado rápido.

Una sonrisa apareció en sus labios.

—Esperé tres años. Puedo permitirme disfrutar diez segundos.

Lo miré.

—¿Por qué viniste?

Su sonrisa desapareció.

—Me llamaste.

—Podría haber sido una locura.

—Probablemente lo fue.

—¿Y aun así aceptaste?

Julian guardó su certificado dentro del bolsillo interior de su chaqueta.

—Claire, hace tres años te pedí que me eligieras.

Su voz se volvió más baja.

—Me dijiste que amabas a Brandon.

Recordaba aquella noche.

Julian había permanecido frente a mí bajo una lluvia ligera mientras yo le explicaba que nunca podría corresponderle.

Él solo respondió:

“Entonces espero que Pei sepa cuidar lo que yo habría dado cualquier cosa por proteger.”

Ahora bajó la mirada hacia mí.

—Hoy fuiste tú quien me eligió. No iba a hacerte esperar.

Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió violentamente.

Brandon estaba allí.

Detrás aparecieron Tara y los demás.

Sus ojos cayeron sobre el certificado rojo que sostenía.

—Dime que no lo hiciste.

Levanté el documento.

—Lo hice.

El rostro de Brandon se volvió blanco.

—Claire…

—Felicítame.

—No tiene gracia.

—Curioso. Hace diez minutos todo te parecía muy gracioso.

Uno de sus amigos intentó intervenir.

—Claire, ya demostraste tu punto. Pueden anularlo y…

Julian giró la cabeza.

El hombre se calló inmediatamente.

—Nuestro matrimonio no es una herramienta para darle una lección a nadie —dijo Julian.

Después me miró.

—A menos que mi esposa diga lo contrario.

Mi esposa.

Brandon apretó los puños.

—Ella estaba alterada.

—Estaba perfectamente consciente —respondió la funcionaria desde detrás del mostrador—. Ambos confirmaron voluntariamente.

Tara se acercó.

—Claire, ¿de verdad vas a tirar tres años por una broma?

La miré.

—No.

—Brandon tiró tres años. Yo solo dejé de recogerlos del suelo.

Nadie volvió a reír.

Brandon sacó su teléfono.

—Llamaré a tus padres.

—Hazlo.

Eso lo desconcertó.

Mi familia había apoyado nuestro compromiso porque los Pei eran poderosos.

Pero Brandon desconocía algo.

Mi padre llevaba meses diciéndome que terminara aquella relación.

Precisamente porque había visto cosas que yo me negaba a reconocer.

El teléfono de Brandon sonó antes de que pudiera llamar.

Miró la pantalla.

Su expresión cambió.

—Papá.

Respondió.

—¿Qué ocurre?

La voz al otro lado era tan fuerte que incluso nosotros escuchamos parte.

—¿Dónde demonios estás?

Brandon frunció el ceño.

—En el registro.

—¡Ven inmediatamente!

—¿Por qué?

Hubo unos segundos de silencio.

Entonces su padre pronunció un apellido.

Zhou.

Brandon levantó lentamente los ojos hacia Julian.

—¿Qué hiciste?

Julian parecía genuinamente aburrido.

—Nada todavía.

—Mi padre dice que Zhou Capital canceló la reunión de esta tarde.

—Correcto.

—¡Esa inversión lleva negociándose ocho meses!

—También es correcto.

Brandon dio un paso adelante.

—¿Por ella?

Julian negó.

—No.

Todos parecieron sorprenderse.

—La negociación se suspendió esta mañana, antes de que Claire me llamara.

Brandon quedó inmóvil.

—¿Por qué?

Uno de los asistentes de Julian se acercó y le entregó una carpeta.

Julian la abrió.

—Porque descubrimos que Pei Holdings presentó información financiera incompleta.

La arrogancia desapareció del rostro de Brandon.

—Eso es imposible.

—Pregúntale a tu padre.

Brandon volvió al teléfono.

Pero su padre ya había colgado.

Yo observé a Julian.

—¿Tu familia iba a invertir en los Pei?

—Sí.

—Nunca me lo dijiste.

—Tampoco sabía que hoy iba a casarme.

Por primera vez aquella mañana estuve a punto de reír.

Entonces Julian añadió:

—Hay otra cosa que deberías saber.

Su tono había cambiado.

—¿Qué?

Miró a Brandon.

—La familia Pei quería anunciar algo después de tu matrimonio.

Brandon se tensó.

—Cállate.

Julian arqueó una ceja.

—¿Ahora sí tienes miedo de que Claire descubra una broma?

—No sabes de qué estás hablando.

—Entonces explícaselo tú.

Me volví hacia Brandon.

—¿Explicarme qué?

—Nada.

Aquella respuesta bastó.

Había escuchado “nada” demasiadas veces durante tres años.

Me acerqué.

—Dímelo.

Tara evitó mis ojos.

Lo noté.

—Tara.

Ella palideció.

—Yo…

Brandon la interrumpió.

—No digas una palabra.

Y entonces comprendí.

Ella también lo sabía.

—¿Qué me ocultaron?

Tara comenzó a llorar.

—Claire, yo no quería…

—Habla.

—El matrimonio…

Miró a Brandon.

—Nunca iba a durar.

Sentí que algo se hundía dentro de mí.

—¿Qué significa eso?

Julian cerró la carpeta.

—Pei Holdings necesitaba una participación empresarial que está registrada a tu nombre.

Miré a Brandon.

—¿Qué participación?

—Claire, podemos hablarlo en privado.

—No.

Mi voz resonó por todo el registro.

—Habla aquí. Delante de los mismos amigos que trajiste para humillarme.

Brandon permaneció callado.

Julian respondió por él.

—El doce por ciento de Gu Technologies que tu abuelo dejó en fideicomiso.

Parpadeé.

—No puedo tocar esas acciones hasta los treinta.

—Existe una excepción —dijo Julian—. El fideicomiso puede reestructurarse después de tu matrimonio.

Todo empezó a encajar.

La repentina propuesta de Brandon.

Su insistencia en casarnos aquel año.

Las preguntas de su padre sobre mi herencia.

Sentí náuseas.

—¿Ibas a casarte conmigo por mis acciones?

—¡No!

Brandon avanzó.

—Yo te quiero.

—Entonces dime que tu padre no preparó documentos para transferirlas.

Silencio.

Eso fue suficiente.

Me giré hacia Julian.

—Vámonos.

Pero él no se movió.

Miraba la carpeta.

—Hay un problema.

—¿Cuál?

Su asistente acababa de entregarle el teléfono.

Julian leyó algo y su mandíbula se tensó.

—El abogado de tu abuelo acaba de responder.

—¿Sobre qué?

Levantó los ojos.

—Sobre nuestro matrimonio.

Mi corazón se aceleró.

—¿Qué tiene que ver mi abuelo con esto?

Julian tardó unos segundos en responder.

—Mucho más de lo que imaginábamos.

Me mostró la pantalla.

Había una copia digital del fideicomiso.

En la última página aparecía una cláusula que jamás había visto.

Una condición escrita quince años atrás.

Y debajo de ella había dos apellidos.

GU.

ZHOU.

Brandon también alcanzó a leerlos.

—¿Qué demonios significa eso?

Julian permaneció inmóvil.

Yo seguí leyendo hasta llegar a una frase subrayada.

Sentí que se me cortaba la respiración.

Porque mi matrimonio improvisado con Julian no solo había protegido mi herencia de los Pei.

Acababa de activar una cláusula secreta que nuestras familias habían preparado muchos años antes de que cualquiera de nosotros pudiera conocerse.

Y según el documento, Julian Zhou llevaba tres años sabiendo que existía.

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