PARTE 2: ÉL NUNCA OLVIDÓ AQUEL BOTÓN VERDE.

Durante los días siguientes, Daniel no hizo nada de lo que yo esperaba de un hombre interesado.

No enviaba flores.

No escribía mensajes interminables.

No llamaba sin motivo.

A las siete de la mañana preguntaba:

—¿Desayunaste?

Al mediodía:

—Va a llover a las cinco. Lleva paraguas.

Y por la noche:

—Llegué a la base. Descansa.

Eso era todo.

Lily revisaba nuestros mensajes con creciente desesperación.

—Clara, este hombre no está cortejándote. Está emitiendo boletines meteorológicos.

—Te dije que era aburrido.

—Entonces ¿por qué sonríes cada vez que aparece su nombre?

Dejé el teléfono boca abajo.

—No sonrío.

—Acabas de hacerlo.

—Tengo un espasmo facial.

Lily puso los ojos en blanco.

La verdad era más incómoda.

Me estaba acostumbrando a Daniel.

Dos semanas después, mi madre lo invitó a cenar.

Daniel apareció exactamente a las seis con fruta para ella y una caja de mis pasteles favoritos.

—¿Cómo supiste cuáles me gustan?

Se quedó callado un segundo.

—Tu madre me lo dijo.

Mi madre, detrás de él, negó discretamente con la cabeza.

Lo miré con sospecha.

Daniel cambió de tema.

Durante la cena arregló una bisagra rota de la cocina, cambió una bombilla y descubrió que la ventana del salón no cerraba correctamente.

Cuando se marchó, mi madre suspiró.

—Ese hombre sirve.

—Mamá, estás evaluando marido como si compraras electrodomésticos.

—Los electrodomésticos útiles duran muchos años.

No pude discutir contra semejante lógica.

Pero había algo que seguía inquietándome.

Daniel miraba demasiado mi llavero.

Una tarde finalmente se lo pregunté.

—¿Qué tienes con mi botón?

Él dejó de caminar.

—¿Lo recuerdas?

—Claro. Lo tengo desde que era niña.

—¿Sabes de dónde salió?

Negué.

Mi madre decía que lo había encontrado en un viejo abrigo.

Daniel extendió la mano.

—¿Puedo verlo?

Se lo entregué.

Lo sostuvo con un cuidado extraño.

Como si no fuera un pedazo de plástico desgastado, sino algo que había esperado años volver a tocar.

—Hace diecisiete años —dijo— yo tenía dieciocho.

Levanté la mirada.

—¿Y?

—Estaba regresando a casa después de visitar a mi padre en el hospital.

Su voz cambió.

Seguía siendo tranquila, pero había algo mucho más profundo debajo.

—Había llovido. En una parada de autobús encontré a una niña llorando.

Sentí que mi respiración se detenía.

Daniel continuó:

—Tenía seis años. Se había separado de su madre durante una feria. Llevaba una chaqueta amarilla con botones verdes.

Una imagen apareció lentamente en mi memoria.

Lluvia.

Luces.

Una mano grande sosteniendo la mía.

—No puede ser…

Daniel sonrió apenas.

—Me dijiste que los soldados no podían tener miedo.

Abrí los ojos.

Recordaba aquella frase.

Un joven uniformado me había acompañado durante casi una hora hasta encontrar a mi madre.

Yo lloraba.

Él también parecía triste.

Antes de despedirnos, uno de los botones de mi chaqueta se desprendió.

Lo recogí y se lo ofrecí.

“Para que tengas suerte.”

Daniel metió la mano en su cartera.

Sacó un pequeño objeto envuelto en plástico transparente.

Era otro botón verde.

Idéntico al mío.

Solo entonces comprendí.

Mi chaqueta había tenido dos botones flojos.

Yo le había regalado uno a Daniel y había conservado el otro durante diecisiete años.

—¿Lo guardaste todo este tiempo?

—Sí.

—¿Por qué?

Daniel permaneció en silencio.

Después respondió:

—Mi padre murió esa misma noche.

Toda mi alegría desapareció.

—Daniel…

—Cuando te encontré, acababa de salir del hospital. Sabía que probablemente no volvería a verlo consciente. Estaba enfadado con todo.

Miró el botón.

—Entonces una niña perdida me dijo que no tuviera miedo y me regaló esto.

Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.

—¿Me reconociste durante nuestra cita?

—No inmediatamente.

—El llavero.

Asintió.

—Cuando lo vi, lo supe.

Lo golpeé suavemente en el brazo.

—¡Entonces llevas meses sabiendo esto y no dijiste nada!

—Pensé que si te lo contaba creerías que intentaba utilizarlo para agradarte.

Eso era tan absurdamente propio de Daniel que terminé riéndome.

Él me miró.

—Además, quería que decidieras si te gustaba el hombre que soy ahora. No el muchacho que recuerdas.

Aquella tarde lo besé en la mejilla.

Daniel quedó completamente inmóvil.

—¿Estás bien?

—Sí.

—Tienes las orejas rojas.

—Hace calor.

Era invierno.

No lo contradije.


Los siguientes meses pasaron demasiado rápido.

Descubrí que Daniel no era poco romántico.

Simplemente hablaba un idioma diferente.

Si trabajaba hasta tarde, aparecía comida caliente.

Si me enfermaba, recordaba exactamente cuándo debía tomar cada medicamento.

Si mencionaba una vez que algo estaba roto, aparecía reparado al día siguiente.

Nunca decía:

“Moriría por ti.”

Decía:

—Avísame cuando llegues.

Y permanecía despierto hasta recibir el mensaje.

Cinco meses después de nuestra primera cita, me llevó a aquella misma parada de autobús.

Había cambiado casi completamente.

Daniel sacó de su bolsillo los dos botones verdes.

Había colocado cada uno dentro de una pequeña caja transparente.

—Clara.

—¿Sí?

Respiró profundamente.

Jamás lo había visto tan nervioso.

—Soy doce años mayor. Mi trabajo significa que algunas veces estaré lejos. Probablemente olvidaré aniversarios si no los anoto y sigo sin saber decir cosas bonitas.

Me reí entre lágrimas.

—Excelente comienzo.

Daniel continuó:

—Pero puedo prometerte que nunca tendrás que preguntarte si voy a volver.

Sacó un anillo.

—Quiero volver siempre donde estés tú.

Dije que sí.


Un mes después puse la invitación de boda frente a Lily.

La leyó.

Me miró.

Volvió a leerla.

—¿Daniel Carter? ¿El tronco militar?

—El mismo.

—¿El señor “abrígate porque bajará la temperatura”?

—Sí.

Lily guardó silencio exactamente tres segundos.

Entonces acercó la silla.

—Tengo una pregunta importante.

—Sabía que ibas a decir algo.

—¿Daniel tiene compañeros solteros?

Me eché a reír.

—¿No decías que los militares mayores eran peligrosos?

—He madurado.

—Han pasado seis meses.

—Seis meses de crecimiento personal.

Después señaló la invitación.

—Necesito información. Edades, rangos, estado civil…

—Lily.

—Preferiblemente entre veintiocho y treinta y cinco.

—¡Lily!

—Y que sepan cocinar.

Cuando se lo conté a Daniel aquella noche, permaneció pensativo.

—Tengo cuatro compañeros solteros.

Lo miré.

—No estarás hablando en serio.

Sacó el teléfono.

—Puedo enviar sus datos.

—¡No vas a organizar una selección militar para mi mejor amiga!

Daniel frunció el ceño.

—Ella pidió conocerlos.

Dos semanas después, Lily asistió a una cena con cuatro militares sentados frente a ella.

Cuando me vio entrar, me susurró:

—Clara, retiro todo lo que dije sobre tu madre.

—¿Qué cosa?

Miró discretamente a los cuatro hombres.

—Tu madre no te obligó a una cita. Tu madre descubrió una mina de oro y tú casi la rechazaste.

Desde el otro extremo de la mesa, Daniel me miró sin entender por qué me reía.

Toqué el botón verde que ahora llevaba convertido en un pequeño colgante.

Diecisiete años antes, una niña perdida había entregado un botón a un joven triste sin imaginar que volverían a encontrarse.

Aquella vez él me ayudó a regresar con mi madre.

Y muchos años después, sin que ninguno de los dos lo supiera, aquel mismo botón terminó guiándonos de regreso el uno al otro.

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