PARTE 2: JULIAN LO PERDIÓ TODO.

La grabación terminó.

Durante varios segundos, nadie habló.

Julian permaneció frente a la tableta con el rostro completamente pálido.

—Eso no demuestra nada —dijo finalmente—. Olivia estaba medicada. Esa declaración no puede ser válida.

Rachel ni siquiera pestañeó.

—Fue grabada antes de administrarle la anestesia. Dos abogados estuvieron presentes, además de un notario y el doctor Evans.

Julian miró al cirujano.

El doctor Evans sostuvo su mirada.

—Es cierto.

Algo cambió en el rostro de Julian.

Por primera vez comprendió que aquello no era una amenaza vacía.

Olivia había previsto su traición antes de entrar al quirófano.

Rachel se volvió hacia los médicos.

—¿Cuánto tiempo tenemos?

El doctor Evans reaccionó inmediatamente.

—Todavía podemos intentar completar el procedimiento de Olivia. Pero cada segundo cuenta.

Julian se interpuso.

—¡No! Ese corazón es para Isabella.

Uno de los policías avanzó.

—Señor Grant, apártese.

—¡Soy el dueño de este hospital!

Rachel soltó una risa breve.

—Revisa tu teléfono.

Julian frunció el ceño.

Su celular comenzó a vibrar.

Una notificación.

Después otra.

Y otra.

Las leyó.

Su expresión se descompuso.

El consejo de Grant Medical Holdings acababa de convocar una reunión de emergencia.

Tres bancos habían suspendido las líneas de crédito vinculadas al contrato de cien mil millones.

Y el fondo Reed había retirado formalmente su garantía.

—No pueden hacer esto —murmuró.

Rachel se acercó.

—Acabas de interferir en una cirugía crítica para beneficiar personalmente a otra paciente. ¿De verdad creías que el imperio Reed continuaría respaldándote?

Julian levantó la cabeza.

—¡Ese contrato es mío!

—No.

Rachel señaló mi cuerpo inmóvil.

Ese contrato existía porque Olivia era la garante real de la operación. Tú solo eras el hombre que aparecía delante de las cámaras.

Julian retrocedió.

Durante años había presumido de haber construido su imperio desde cero.

Pero los préstamos iniciales habían sido garantizados por mi familia.

Los terrenos de sus primeros hospitales pertenecían a sociedades vinculadas al fideicomiso Reed.

Incluso algunos de sus mayores inversionistas habían entrado porque yo había puesto mi patrimonio detrás de su apellido.

Yo nunca se lo recordé.

Lo amaba.

Y había confundido amor con silencio.

—Llévenselo —ordenó Rachel.

Los policías se acercaron.

Entonces Isabella comenzó a llorar.

—¡Esperen!

Todos la miraron.

Se incorporó con dificultad.

—Julian solo intentaba salvarme.

Rachel la observó fríamente.

—¿Pidiéndole a los médicos que abandonaran a una paciente en plena cirugía?

Isabella bajó la mirada.

—Él estaba desesperado.

—Entonces tendrá oportunidad de explicarlo durante la investigación.

Julian perdió el control.

—¡Nadie va a arrestarme!

Intentó avanzar hacia Rachel, pero los agentes lo sujetaron.

—¡Suéltenme!

Mientras forcejeaba, el doctor Evans gritó:

—¡Tenemos que continuar ahora!

Rachel se apartó inmediatamente.

—Salven a Olivia.

El equipo médico volvió a moverse.

El contenedor refrigerado fue llevado hasta la mesa.

Isabella observó cómo desaparecía su última posibilidad de recibir aquel órgano.

Julian gritó desde la puerta:

—¡Isabella!

Ella extendió una mano hacia él.

Pero los policías lo sacaron del quirófano.

Las puertas se cerraron.

Y por primera vez desde que Julian había entrado, los médicos pudieron hacer su trabajo sin que nadie los amenazara.


Horas después, Rachel seguía esperando en el pasillo.

Finalmente, el doctor Evans salió.

Tenía el rostro agotado.

Rachel se puso de pie.

—¿Olivia?

El médico tardó un segundo en responder.

—La cirugía se completó.

Rachel cerró los ojos.

—¿Está viva?

—Sí.

Aquella única palabra cambió todo.

Yo estaba viva.

Mi padre había conseguido protegerme incluso después de morir.

Y Julian había fracasado.


Desperté dos días después.

Lo primero que escuché fue un latido.

Lento.

Firme.

Extraño.

Llevé una mano débil hacia mi pecho.

Rachel estaba sentada junto a la cama.

Cuando vio mis ojos abiertos, comenzó a llorar.

—Tía…

—No hables.

—Julian…

Su expresión se endureció.

—Está bajo investigación.

Cerré los ojos.

No sentí tristeza.

Solo cansancio.

—¿Isabella?

Rachel dudó.

—Está estable. Los médicos buscarán otras opciones para ella.

Asentí lentamente.

Yo nunca había deseado su muerte.

Solo había querido que Julian dejara de decidir que mi vida valía menos.

Rachel tomó mi mano.

—También debes saber algo sobre Grant Holdings.

La miré.

—El contrato cayó.

—¿Cuánto perdió?

—No perdió cien mil millones.

Hizo una pausa.

—Perdió mucho más.

Los socios habían activado cláusulas por incumplimiento.

Las acciones de Julian habían quedado congeladas.

El consejo lo suspendió.

Y el fideicomiso Reed recuperó derechos sobre varias propiedades que él creía suyas.

—Todo lo que construyó usando tus garantías está siendo revisado —explicó Rachel.

Miré hacia la ventana.

—Entonces finalmente descubrirá cuánto de su imperio era realmente mío.

Rachel sonrió.

—Ya lo descubrió.


Una semana después, Julian apareció en mi habitación acompañado por dos abogados.

Parecía haber envejecido diez años.

Su traje estaba arrugado.

Sus ojos, hundidos.

—Necesito cinco minutos contigo.

Rachel quiso expulsarlo.

Le hice una señal para que esperara.

Julian se acercó a mi cama.

—Olivia, cometí un error.

Lo observé en silencio.

Un error.

Así llamaba al momento en que había ordenado que me abandonaran en una mesa de operaciones.

—El consejo puede revertirlo todo —continuó—. Si firmas una declaración diciendo que hubo un malentendido, podemos salvar la empresa.

Comprendí entonces por qué estaba allí.

No había venido porque casi había muerto.

Había venido por mi firma.

Otra vez.

—¿Y después?

—Podemos empezar de nuevo.

Casi me reí.

—¿Nosotros?

—Sé que estás enfadada.

—Morí durante unos minutos, Julian.

Se quedó callado.

—Y mientras mi cuerpo estaba inmóvil, tú preguntabas por un contrato.

Bajó la mirada.

—Estaba desesperado.

—No.

Mi voz salió tranquila.

—Estabas mostrando quién eres.

Saqué de debajo de la manta una carpeta preparada por Rachel.

La coloqué frente a él.

Julian la abrió.

Su rostro cambió.

—¿Divorcio?

—Y renuncia a cualquier derecho sobre el patrimonio Reed.

—Olivia…

—Firma.

Sus dedos temblaron.

—Si hago esto, me quedo sin nada.

Lo miré directamente.

—Cuando yo estaba en aquella mesa, tú decidiste exactamente lo mismo por mí.

Julian permaneció inmóvil durante mucho tiempo.

Finalmente tomó el bolígrafo.

Firmó.

Cuando terminó, dejé escapar lentamente el aire.

El hombre que había intentado quitarme el corazón acababa de perder el derecho a tocar cualquier parte de mi vida.

Pero Rachel todavía no había terminado.

Entró acompañada por uno de los abogados.

—Julian, hay otra cosa.

Él levantó la cabeza con desesperación.

Rachel dejó un informe sobre la mesa.

—La auditoría encontró transferencias realizadas desde Grant Medical Holdings durante los últimos dieciocho meses.

Julian frunció el ceño.

—¿Qué transferencias?

—Pagos autorizados utilizando tu firma digital.

—Yo no autoricé nada.

Rachel lo miró fijamente.

—Eso pensamos.

Después deslizó una fotografía sobre la mesa.

Era Isabella entrando en una sucursal bancaria junto al director financiero de Grant Holdings.

Julian se quedó paralizado.

—¿Qué significa esto?

Rachel respondió:

Que mientras tú estabas dispuesto a dejar morir a Olivia para salvar a Isabella, Isabella estaba preparando su salida con parte de tu dinero.

Julian negó con la cabeza.

—No.

Entonces la puerta volvió a abrirse.

Isabella apareció.

Ya no lloraba.

Ya no parecía frágil.

Sostenía una carpeta negra contra el pecho.

Miró a Julian durante varios segundos.

Y dijo:

—Rachel todavía no te ha contado lo peor.

Julian palideció.

—¿Qué hiciste?

Isabella dejó la carpeta sobre la mesa.

—El contrato de cien mil millones nunca fue tuyo, Julian. Y yo sé quién llevaba tres años utilizándote para conseguirlo.

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