Durante varios segundos no pude responder.
Ethan seguía frente a mí, tan cerca que podía sentir su presencia aunque mis ojos ya no pudieran encontrar los suyos.
—No tienes derecho a hacer esto —dije finalmente.
—Probablemente no.
—Entonces vete.
—Tampoco.
Apreté el bastón.
—Cinco años cambian a las personas, Ethan.
—Eso veo.
Su voz perdió la dureza por un instante.
Sabía que estaba mirando mis gafas.
Mis cicatrices.
Todo aquello que yo había intentado esconderle.
—¿Qué te pasó, Olivia?
Sentí que la garganta se me cerraba.
—No es asunto tuyo.
—Antes lo era.
—Antes ya no existe.
Busqué la cerradura de mi apartamento con los dedos, pero la mano me temblaba demasiado.
Ethan tomó suavemente las llaves.
Me aparté de inmediato.
—No me toques.
Él se quedó inmóvil.
—¿También vas a fingir que nunca me quisiste?
Aquella pregunta dolió más de lo que esperaba.
Abrí finalmente la puerta.
—Buenos días, señor Walker.
Y cerré frente a él.
Durante las siguientes dos semanas, Ethan convirtió el apartamento de enfrente en una presencia imposible de ignorar.
Nunca entraba sin permiso.
Nunca me seguía.
Pero estaba allí.
Cada mañana escuchaba su puerta abrirse casi al mismo tiempo que la mía.
Cuando el ascensor se averió, alguien consiguió que lo repararan aquella misma tarde.
Cuando el supermercado dejó mis bolsas en recepción, aparecieron frente a mi puerta sin que tuviera que pedir ayuda.
Y cuando una empresa volvió a rechazarme después de descubrir mi discapacidad, recibí otra llamada del Grupo Walker.
Esta vez fui yo quien telefoneó directamente a Ethan.
—Deja de hacerlo.
—¿Hacer qué?
—Conseguirme entrevistas.
Silencio.
—No fui yo.
—No te creo.
—Entonces investígalo.
Aquello me irritó.
Lo hice.
Y descubrí que decía la verdad.
El departamento de contratación había encontrado un antiguo informe financiero escrito por mí antes del accidente.
Habían eliminado mi nombre durante la evaluación.
Mi análisis había obtenido la puntuación más alta entre ciento cuarenta candidatos.
Por primera vez en años, alguien había evaluado mi trabajo antes de evaluar mis ojos.
Acepté la entrevista.
Tres días después conseguí el puesto.
Cuando regresé a casa, Ethan estaba sentado frente a su puerta con dos vasos de café.
—Felicidades.
Me detuve.
—¿Cómo lo sabes?
—Soy dueño de la empresa.
—Dijiste que no habías intervenido.
—Y no lo hice.
Se levantó.
—Pero sigo leyendo los informes de contratación.
Me ofreció un vaso.
No lo acepté.
—No quiero deberte nada.
Su respiración cambió.
—Olivia, jamás me debiste nada.
Aquellas palabras despertaron un recuerdo que llevaba cinco años intentando enterrar.

Un hospital.
Una máquina emitiendo sonidos.
La voz de un médico diciéndome que probablemente nunca volvería a ver.
Y mi madre llorando mientras sostenía una carta que nunca llegó a manos de Ethan.
Me di la vuelta.
—Buenas noches.
—¿Por qué huiste?
Me detuve.
—No importa.
—A mí sí.
—Tú seguiste adelante.
—¿Quién te dijo eso?
No respondí.
Ethan dio un paso.
—Cinco años, Olivia.
Su voz se quebró por primera vez.
—Durante cinco años pensé que despertaste una mañana y decidiste que yo no era suficiente para ti.
Mis dedos se cerraron alrededor del bastón.
Él no sabía nada.
Exactamente como yo había querido.
Aquella noche no pude dormir.
A las tres de la madrugada escuché un golpe en el pasillo.
Abrí la puerta.
—¿Ethan?
—Estoy bien.
No lo estaba.
Reconocí el sonido de algo cayendo al suelo.
Avancé con cuidado.
—¿Qué pasó?
—Me golpeé con una caja.
—El gran Ethan Walker derrotado por una caja.
Escuché una risa breve.
La misma risa del bar.
La misma que había amado.
Sin querer, sonreí.
Entonces Ethan dejó de reír.
—Ahí estás.
—¿Qué?
—La Olivia que recuerdo.
Mi sonrisa desapareció.
Él se acercó, pero mantuvo distancia.
—No quiero obligarte a volver conmigo.
—Entonces ¿qué quieres?
—La verdad.
Tragué saliva.
—A veces la verdad no arregla nada.
—Pero una mentira puede destruir cinco años.
No pude responder.
Volví a mi apartamento.
Esta vez él no intentó detenerme.
A la mañana siguiente, Claire apareció inesperadamente.
Entró furiosa.
—Esto tiene que terminar.
—¿De qué hablas?
—De Ethan.
Mi corazón se aceleró.
—Claire…
—Ese hombre todavía cree que lo abandonaste porque quisiste.
—Y debe seguir creyéndolo.
—¿Por qué?
Me quité lentamente las gafas.
—Porque ya pasó.
Claire guardó silencio.
Ella había estado conmigo durante el accidente.
Sabía exactamente lo ocurrido.
Cinco años atrás, cuando Ethan recibió una oportunidad para trabajar en Londres, yo iba camino al aeropuerto para sorprenderlo.
Nunca llegué.
Un conductor perdió el control bajo la lluvia.
Desperté tres días después.
Las lesiones habían dañado gravemente mis nervios ópticos.
Los médicos intentaron varias intervenciones.
Ninguna funcionó.
Pero eso no había sido lo peor.
Ethan estaba a punto de firmar el contrato que cambiaría su carrera.
Yo sabía que, si descubría lo sucedido, regresaría.
Y sabía que abandonaría su futuro para quedarse conmigo.
Así que pedí a mi madre que le enviara un único mensaje.
“Olivia no quiere volver a verte.”
Después desaparecí de su vida.
Claire golpeó la mesa.
—Le quitaste la oportunidad de decidir.
—Le di la oportunidad de convertirse en quien debía ser.
—¿Y quién decidió quién debía ser?
Aquella pregunta me dejó sin palabras.
Entonces alguien llamó a la puerta.
Tres golpes.
Mi sangre se congeló.
Claire tampoco habló.
Caminé hacia la entrada.
—¿Quién es?
Nadie respondió.
Abrí.
No había nadie.
Solo un sobre en el suelo.
Claire lo recogió.
—Tiene tu nombre.
—¿Quién lo envía?
Silencio.
—Claire.
Escuché cómo abría el sobre.
Después dejó escapar una respiración entrecortada.
—¿Qué pasa?
No respondió.
—¡Claire!
Finalmente habló.
—Es del Hospital Saint Matthew.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Era el hospital donde me habían atendido después del accidente.
—¿Qué dice?
Claire tardó demasiado en contestar.
—Solicitaron una copia completa de tu expediente hace tres días.
Mi corazón comenzó a golpear con violencia.
—¿Quién?
Ella leyó nuevamente.
—Un abogado presentó una autorización relacionada con la investigación del accidente.
Me apoyé contra la pared.
—Eso no tiene sentido.
—Hay más.
—¿Qué?
Claire se quedó completamente inmóvil.
Entonces escuchamos abrirse la puerta del apartamento de enfrente.
Los pasos de Ethan cruzaron el pasillo.
—Olivia.
Su voz era diferente.
No había ironía.
No había enfado.
Solo una emoción que me aterrorizó mucho más.
Se detuvo frente a mí.
—Ya sé que tuviste un accidente.
No pude respirar.
—Ethan…
—Y también sé cuándo ocurrió.
Claire apretó mi mano.
Él continuó.
—Fue el mismo día que supuestamente decidiste abandonarme.
Sentí lágrimas calientes deslizarse por mis mejillas.
Pero Ethan todavía no había terminado.
Escuché cómo colocaba algo sobre la mesa junto a la puerta.
—Encontré el informe original de aquella noche.
Su voz tembló.
—Y hay algo que ninguno de nosotros sabía.
Levanté lentamente el rostro hacia él.
—¿Qué cosa?
Ethan permaneció en silencio durante un instante interminable.
Cuando respondió, cada palabra cambió el significado de los últimos cinco años.
—Olivia, aquel automóvil no perdió el control por accidente. Alguien había manipulado los frenos antes de que salieras hacia el aeropuerto.