Parte 2: DEMASIADO CERCA

Clara sintió que el corazón le golpeaba con tanta fuerza que temió que Daniel pudiera escucharlo.

Él seguía frente a ella, una mano apoyada junto a su cabeza y la otra todavía en su cintura.

—Porque si seguimos aquí, podrían ver cómo beso a mi esposa por primera vez.

Durante un segundo, Clara olvidó cómo respirar.

Daniel Foster era el hombre que había pasado casi un mes sin escribirle.

El esposo cuyo rostro había tenido que pedirle por fotografía.

Y ahora estaba tan cerca que ella podía distinguir la pequeña cicatriz junto a su ceja.

—¿Eso es una amenaza, capitán? —preguntó, intentando recuperar la calma.

Daniel bajó la mirada hacia sus labios.

—No.

Su voz se volvió más grave.

—Es una advertencia para mí.

Clara abrió la boca para responder.

Entonces sonó el teléfono de Daniel.

El momento se rompió.

Él cerró los ojos durante un instante, claramente molesto, y se apartó.

—Foster.

La expresión de su rostro cambió mientras escuchaba.

La calidez desapareció.

Volvió el capitán.

—Entendido. Voy para allá.

Colgó.

—¿Qué ocurre? —preguntó Clara.

—Accidente durante un entrenamiento.

No necesitó explicar más.

Ambos echaron a correr.

Cuando llegaron a la enfermería, dos soldados transportaban a un joven herido en una camilla. Clara reaccionó de inmediato.

—Déjenlo aquí.

Daniel permaneció junto a la puerta mientras ella trabajaba.

Durante los siguientes cuarenta minutos, dejaron de ser marido y mujer.

Ella era médica.

Él era comandante.

Clara dio órdenes rápidas, controló la situación y coordinó el traslado del soldado al hospital militar.

Solo cuando la ambulancia desapareció por la carretera se permitió respirar.

Daniel seguía detrás de ella.

—Lo salvaste.

Clara se quitó los guantes.

—Hice mi trabajo.

—No.

Daniel la miró fijamente.

—Lo salvaste.

Aquella sencilla frase la afectó más de lo esperado.

Nadie en el hospital solía recordar los pacientes que ella conseguía estabilizar.

Recordaban los errores.

Las horas extra.

Los informes pendientes.

Daniel, en cambio, había observado todo.

Esa noche, Clara regresó sola al alojamiento.

Pensó que él seguiría ocupado.

Pero veinte minutos después llamaron a su puerta.

Era Daniel.

Llevaba dos recipientes de comida.

—No cenaste.

Clara miró las cajas.

—¿El capitán Foster está controlando ahora la alimentación del personal médico?

—Solo de una integrante.

Entró cuando ella se apartó.

El alojamiento era pequeño: una cama, un escritorio, un armario y dos sillas.

Daniel dejó la comida sobre la mesa.

Clara se sentó frente a él.

Comieron durante varios minutos en silencio.

Extrañamente, no resultaba incómodo.

—Daniel.

—¿Sí?

—¿Por qué te casaste conmigo?

Él dejó los palillos.

—Ya conoces la razón.

—Tu abuelo.

—Al principio, sí.

Clara levantó la mirada.

Al principio.

—¿Y después?

Daniel tardó demasiado en responder.

—Después empezaste a parecerme peligrosa.

Clara frunció el ceño.

—¿Peligrosa?

—En nuestra segunda cita dijiste que no necesitabas que estuviera siempre presente.

—Era verdad.

—También dijiste que no necesitabas flores, aniversarios perfectos ni llamadas diarias.

—Sigue siendo verdad.

Daniel apoyó los brazos sobre la mesa.

—Pensé que eras la mujer más conveniente con la que podía casarme.

Clara arqueó una ceja.

—Qué romántico.

—No he terminado.

Ella guardó silencio.

—Luego me fui durante treinta días —continuó él— y cada vez que podía mirar el teléfono esperaba encontrar un mensaje tuyo.

Clara parpadeó.

—Pero nunca escribiste.

—Tú tampoco.

—Pensé que estabas en una misión.

—Lo estaba.

—Entonces no quería molestarte.

Daniel soltó una risa breve.

Era la primera vez que Clara lo escuchaba reír.

Y descubrió que aquella pequeña sonrisa cambiaba completamente su rostro.

—Somos bastante malos en esto —dijo él.

—Nos casamos después de tres encuentros. Eso ya era una pista.

Daniel volvió a mirarla de aquella manera.

La misma del árbol.

El aire cambió.

Pero esta vez fue Clara quien se levantó.

—Es tarde.

Daniel entendió.

No insistió.

Llegó hasta la puerta y, antes de salir, se volvió.

—Clara.

—¿Sí?

—Lo de antes…

Ella sintió calor en las mejillas.

—¿Detrás del árbol?

—Sí.

Daniel hizo una pausa.

—No estaba bromeando.

Y cerró la puerta.

Clara tardó casi una hora en dormirse.

Los días siguientes fueron peores.

O mejores.

Dependía de cómo quisiera interpretarlo.

Daniel comenzó a aparecer cada mañana con café.

Clara descubrió que él recordaba exactamente cómo lo tomaba.

Ella empezó a guardar una porción de cena cuando sabía que él terminaría tarde.

Ya no parecían dos desconocidos.

Y precisamente eso empezó a llamar demasiado la atención.

Una tarde, una enfermera llamada Julia se sentó junto a Clara.

—Tengo una pregunta.

—No.

—Todavía no la hice.

—Pero sé cuál es.

Julia sonrió.

—¿De verdad llevaban un mes casados y casi no se conocían?

Clara continuó escribiendo.

—Sí.

—Entonces tengo otra.

—Tampoco.

Julia se inclinó.

—¿Sabías que antes de casarse el capitán Foster rechazó varias citas organizadas por su familia?

La mano de Clara se detuvo.

—No.

—Pues lo hizo.

Julia bajó la voz.

—Por eso todos se sorprendieron cuando apareció casado de repente.

Clara intentó restarle importancia.

Pero aquella noche preguntó.

—¿Por qué me elegiste a mí?

Daniel estaba revisando unos documentos.

—Ya hablamos de esto.

—No completamente.

Él levantó la vista.

Clara insistió:

—Julia dijo que rechazaste otras propuestas.

Daniel dejó el bolígrafo.

—¿Julia habla siempre tanto?

—Daniel.

Él permaneció callado unos segundos.

—Porque eras diferente.

—Eso no significa nada.

—En nuestra primera cena, mi madre pasó cuarenta minutos hablando de mi rango, mi futuro y nuestra familia.

Clara lo recordaba.

—Tú mirabas el reloj.

—Tenía turno nocturno.

—Exactamente.

Daniel sonrió apenas.

—Todos intentaban impresionarme. Tú querías irte.

Clara soltó una pequeña carcajada.

—Así que te enamoraste porque fui descortés.

Daniel dejó de sonreír.

—Nunca dije que me hubiera enamorado.

La frase cayó entre ambos.

Clara sintió algo extraño en el pecho.

—Claro.

Se levantó.

—Buenas noches, capitán.

Daniel comprendió inmediatamente su error.

—Clara.

Ella ya había salido.

Durante los dos días siguientes apenas hablaron.

Volvieron el “capitán Foster” y la “doctora Bennett”.

Volvieron las distancias.

Hasta la última noche de Clara en la base.

Su misión médica terminaba a la mañana siguiente.

Mientras guardaba sus cosas, encontró un sobre debajo de la puerta.

Dentro había una fotografía.

La misma que Daniel le había enviado un mes atrás.

Pero impresa.

En el reverso había escrito:

“Para que no vuelvas a olvidar mi cara.”

Clara sonrió sin querer.

Debajo había otra frase.

“Aunque preferiría darte razones para recordarla.”

Salió inmediatamente.

Encontró a Daniel cerca del hangar.

—¿Esto es tuyo?

Él miró la fotografía.

—Parece mi cara.

—Daniel.

Él se acercó.

—Clara, sobre lo que dije…

—No tienes que explicarlo.

—Sí tengo.

Daniel quedó frente a ella.

—Dije que nunca había afirmado estar enamorado.

Clara sostuvo su mirada.

—Lo recuerdo.

—Porque no sé cuándo empezó.

Ella dejó de moverse.

Daniel continuó:

—No sé si fue cuando me pediste aquella fotografía. O cuando te vi llegar aquí. O cuando te vi salvar a ese soldado.

Dio otro paso.

—Solo sé que mañana te vas y la idea no me gusta en absoluto.

Clara apretó la fotografía entre los dedos.

—Entonces haz algo para que no te olvide.

Daniel entendió.

Esta vez nadie retrocedió.

Pero justo cuando inclinó el rostro hacia ella, una sirena atravesó toda la base.

Las luces rojas comenzaron a parpadear.

Daniel giró inmediatamente.

Un oficial corrió hacia ellos.

—¡Capitán Foster!

—¿Qué ocurre?

El hombre respiraba con dificultad.

—Llegaron órdenes urgentes.

Daniel tomó el documento que le entregaba.

Su expresión cambió al leerlo.

Clara sintió un frío inexplicable.

—Daniel.

Él levantó lentamente la mirada.

—Tengo que salir esta noche.

—¿Por cuánto tiempo?

Daniel no respondió.

—¿Daniel?

Entonces el oficial añadió algo que hizo desaparecer cualquier resto de calma.

—Capitán, el convoy sale en veinte minutos.

Clara miró el documento.

En la esquina superior había una palabra estampada en rojo.

CONFIDENCIAL.

Daniel dobló el papel.

Y por primera vez desde que lo conocía, Clara vio miedo en sus ojos.

No miedo por él.

Miedo por dejarla.

—Clara, hay algo que debería haberte contado antes de casarnos.

Ella sintió que el corazón se detenía.

—¿Qué cosa?

Daniel abrió la boca.

Pero una segunda sirena sonó.

El oficial volvió a llamarlo.

Daniel miró a Clara como si tuviera que tomar una decisión imposible.

Y entonces dijo:

—Si mañana alguien viene a buscarte diciendo que me conoce, no vayas con él. No importa quién diga ser.

Clara palideció.

—Daniel… ¿de qué estás hablando?

Él tomó su mano.

—Porque hay una razón por la que nuestro matrimonio tuvo que mantenerse discreto.

Y antes de que Clara pudiera exigir una explicación, varios vehículos militares encendieron sus motores detrás de ellos.

Daniel soltó lentamente su mano.

—Cuando vuelva, te contaré todo.

—¿Y si no vuelves?

Daniel se quedó inmóvil.

Después la miró de una forma que Clara jamás olvidaría.

—Entonces busca a mi abuelo antes de que ellos te encuentren a ti.

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