A las nueve de la mañana, Adrian seguía convencido de que aparecería.
Lo supe porque mi madre me llamó.
—Clara, ¿dónde estás? Adrian dice que no contestas.
Yo estaba sentada junto a la ventana de una pequeña habitación de hotel, todavía con el brazo vendado.
—No voy a casarme.
Silencio.
—¿Qué?
—Cancelé la boda.
—Clara, hay casi trescientas personas esperando.
Miré mi maleta abierta.
—Entonces alguien debería avisarles.
—¡No puedes hacerle esto a Adrian!
Cerré los ojos.
Era curioso.
Nadie había preguntado qué me había hecho Adrian para que yo tomara aquella decisión.
—Mamá, anoche estaba herida en una comisaría y él eligió quedarse con Nicole porque se habían ido los fusibles.
—Quizá hubo un malentendido.
—Durante seis años hubo demasiados malentendidos.
Colgué.
A las nueve y veinte llegó el primer mensaje de Adrian desde un número desconocido.
“Sé que estás enfadada. Ven y hablaremos después de la ceremonia.”
Después de la ceremonia.
Incluso entonces seguía creyendo que yo obedecería.
Lo bloqueé.
A las diez comenzó la boda.
Yo lo sabía porque una antigua compañera me envió una fotografía.
Adrian estaba frente al altar.
Solo.
Detrás de él había una pared cubierta con miles de rosas blancas.
Las mismas que yo había elegido.
Las mismas que había pagado.
Las mismas frente a las que había imaginado pronunciar mis votos.
Otra fotografía llegó cinco minutos después.
Los invitados comenzaban a murmurar.
Después recibí un video.
Adrian hablaba con el organizador.
—Esperen.
—Señor Foster, llevamos veinte minutos de retraso.
—Clara vendrá.
—Ella escribió que no habría novia.
Adrian endureció el rostro.
—Clara dice muchas cosas cuando está enfadada. Vendrá.
Apagué el video.
Aquella frase resumía perfectamente por qué me había ido.
Él nunca escuchaba mis palabras.
Solo esperaba a que yo dejara de sentirlas.
A las diez y cuarenta, alguien llamó a mi puerta.
Pensé que sería mi madre.
Era Nicole.
Seguía llevando el vestido que había comprado para ser mi dama de honor.
—Clara.
Intentó abrazarme.
Retrocedí.
—¿Cómo encontraste este hotel?
—Adrian mandó buscarte.
Claro.
—Entonces dile que deje de hacerlo.
Nicole cerró la puerta.
—Estás cometiendo un error enorme.
—¿Viniste a defenderlo?
—Vine porque eres mi mejor amiga.
La miré durante varios segundos.
—¿Lo soy?
Su expresión cambió.
—¿Qué significa eso?
—Significa que durante seis años cada vez que Adrian y yo teníamos algo importante, tú necesitabas algo.
—Eso no es justo.
—Mi graduación: ataque de ansiedad.
—¡Fue real!
—Nuestro aniversario: perdiste las llaves.
—Clara…
—La cena donde conoció a mi abuela: tu coche no arrancaba. Mi cumpleaños: fiebre. La prueba del menú de boda: una tubería rota.
Nicole palideció.
—No puedes culparme por necesitar ayuda.
—No te culpo por pedirla.
Me acerqué.
—Te culpo porque siempre se la pedías a mi prometido. Y lo culpo a él porque siempre iba.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Antes, aquellas lágrimas me habrían hecho sentir culpable.
Ahora no.
—Adrian te ama —susurró.
—Entonces puedes quedártelo.
Nicole levantó bruscamente la mirada.
Por un instante desapareció la fragilidad de su rostro.
Solo un instante.
Pero lo vi.
—Eso es lo que querías, ¿no?
—No digas tonterías.
—Entonces vuelve a la boda.
—¿Para qué?
—Adrian está solo.
Nicole apretó los dedos alrededor del bolso.
—Me pidió que viniera por ti.
Sonreí.
—Y viniste.
Su teléfono comenzó a sonar.

En la pantalla apareció el nombre de Adrian.
Nicole respondió inmediatamente.
—La encontré.
Pausa.
—No quiere venir.
Otra pausa.
Entonces me tendió el teléfono.
—Quiere hablar contigo.
Negué.
Activó el altavoz.
La voz de Adrian llenó la habitación.
—Clara, basta.
Sentí una calma absoluta.
—Buenos días, Adrian.
—Hay 287 invitados esperándote.
—Lo sé.
—Tu padre está furioso. Mi familia también. Los fotógrafos están aquí. ¿Entiendes lo que estás haciendo?
—Sí.
—Entonces ven.
—No.
Silencio.
—Nicole, déjanos solos.
Miré a mi antigua amiga.
—No. Que se quede. Después de todo, lleva seis años participando en nuestra relación.
—Clara…
—Anoche me dijiste que después te ocuparías de mí.
Adrian respiró con fuerza.
—Cometí un error.
—No. Cometiste una elección.
Nadie habló.
—Y llevas seis años haciendo la misma.
La voz de Adrian cambió.
Por primera vez sonó asustado.
—¿De verdad estás terminando conmigo?
Miré el velo cortado sobre la silla.
—Terminé contigo anoche, en el momento en que elegiste un cuadro eléctrico antes que venir a buscarme ensangrentada a una comisaría.
Colgué.
Nicole permaneció inmóvil.
Después recogió su bolso.
Antes de salir, dijo:
—Algún día descubrirás que no todo era como pensabas.
—¿Qué significa eso?
Se detuvo.
—Pregúntale a Adrian por qué siempre acudía cuando yo lo llamaba.
Fruncí el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Pero Nicole se marchó.
Una hora después recibí algo inesperado.
Un correo.
Remitente: Daniel Morris, asistente personal de Adrian.
“Señorita Clara, creo que debe ver esto antes de marcharse.”
Había un archivo adjunto.
Era una carpeta con registros de transferencias.
Pagos mensuales.
Todos realizados por Adrian.
Todos a nombre de Nicole.
Durante seis años.
Pero eso no fue lo extraño.
El concepto de cada transferencia decía exactamente lo mismo:
“Acuerdo Reed-Foster.”
Llamé inmediatamente a Daniel.
—¿Qué es esto?
Su voz sonó nerviosa.
—No puedo explicarlo por teléfono.
—Inténtalo.
—El señor Foster me despediría.
—Ya no voy a casarme con él.
Daniel guardó silencio.
—Precisamente por eso se lo envié.
Abrí otro documento.
Era un contrato fechado seis años atrás.
El mismo mes en que Adrian y yo empezamos nuestra relación.
Había tres firmas.
Adrian Foster.
Nicole Reed.
Y una tercera persona.
Reconocí el nombre.
Mi padre.
Sentí que se me helaba el cuerpo.
—Daniel…
—Señorita Clara, Adrian no empezó a cuidar de Nicole porque estuviera enamorado de ella.
—Entonces ¿por qué?
—Porque firmó un acuerdo.
—¿Qué acuerdo?
Daniel respiró profundamente.
—Uno relacionado con usted.
Miré la firma de mi padre.
—¿Conmigo?
—Sí.
Entonces alguien golpeó violentamente la puerta del hotel.
—¡Clara!
Era Adrian.
Pero Daniel todavía seguía hablando.
Y sus siguientes palabras hicieron que no pudiera moverme.
—Pregúntele qué ocurrió realmente la noche en que murió el hermano de Nicole.
Los golpes volvieron a sonar.
—¡Clara, abre!
Miré el contrato.
Luego la puerta.
Y por primera vez comprendí que detrás de aquellos seis años de abandono podía existir algo que Adrian, Nicole y mi propio padre habían decidido ocultarme desde el principio.