Adrián no apartó los ojos de mi teléfono.
La grabación había durado apenas unos segundos, pero fueron suficientes.
—Buenas noches, Adrián. No duermas demasiado tarde.
Mi propia voz acababa de atravesar cinco años de mentiras.
Apagué la pantalla de inmediato.
—Es una coincidencia.
Adrián levantó lentamente la mirada.
—No.
Clara soltó una pequeña risa.
—¿Qué pasa? ¿Conoces a Elena?
—No lo sé.
Su respuesta me heló.
Clara miró su reloj.
—Adrián, perderemos el vuelo.
Él continuó observándome.
—¿Cómo te llamas?
—Elena.
—¿Elena qué?
—Adrián —intervino Clara—, estás siendo raro.
Finalmente él retrocedió.
—Perdón.
Clara me entregó la bolsa con las cosas de Milo y me abrazó.
—Volvemos el domingo.
Asentí.
Pero antes de marcharse, Adrián se volvió una última vez.
—Esa grabación decía mi nombre.
No pude responder.
Clara frunció el ceño.
—¿Qué grabación?
—Nada —dije rápidamente—. Era un audio viejo de otra persona.
Adrián comprendió que estaba mintiendo.
Lo vi en sus ojos.
Pero se marchó.
Cerré la puerta y apoyé la espalda contra ella.
Mis piernas cedieron.
Milo maulló mientras yo intentaba respirar.
Durante cinco años había imaginado aquel encuentro.
En algunas versiones, Adrián me perdonaba.
En otras, me odiaba.
Nunca imaginé que aparecería acompañado por la mujer cuyo rostro le había robado.
Aquella noche apenas dormí.
A las dos de la madrugada llegó un mensaje de un número desconocido.
“¿Sigues teniendo insomnio?”
Se me cayó el teléfono.
Solo una persona podía conocer aquella frase.
Bloqueé el número.
Cinco minutos después llegó un correo.
“Durante tres años esperé escuchar esa voz en persona.”
Cerré el portátil.
A la mañana siguiente había otro mensaje.
“No quiero dinero. No quiero una explicación por escrito. Quiero verte.”
No respondí.
El domingo, Clara regresó sola.
Entró en mi apartamento llorando.
—Terminamos.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Qué ocurrió?
—Adrián estuvo extraño durante todo el viaje. Casi no hablaba. Anoche me preguntó cosas absurdas.
—¿Qué cosas?
—Si alguna vez había tenido una cuenta de citas. Si me gustaba fotografiar el cielo. Si había leído ciertos libros. Incluso me preguntó qué canción escuchaba cuando no podía dormir.
Cada pregunta era una pieza de nuestra antigua conversación.
—¿Y qué dijiste?
—La verdad. Que no sabía de qué hablaba.
Clara se secó las lágrimas.
—Entonces me mostró una fotografía.
Mi corazón comenzó a golpearme las costillas.
—¿Qué fotografía?
—Una foto mía de hace siete años. Dijo que alguien la había utilizado durante mucho tiempo.
No pude mirarla.
Clara guardó silencio.
Después pronunció mi nombre.
—Elena.
Levanté la cabeza.
Ya no estaba llorando.
Me estaba observando.
—¿Fuiste tú?
No tenía sentido continuar mintiendo.
—Sí.
Su expresión se quebró.
—¿Usaste mi cara?
—Sí.
—¿Para hablar con Adrián?
Asentí.
Clara retrocedió como si acabara de descubrir que yo era una desconocida.
—¿Durante tres años?
—Sí.
—¿Por qué?
Miré mis manos.
—Porque me estaba muriendo.
Ella quedó inmóvil.
Nunca le había contado mi enfermedad.
Le expliqué todo.
El diagnóstico.
Los seis meses.
El tratamiento imposible de pagar.
Las primeras conversaciones.
Las transferencias.
La quimioterapia.
Y finalmente mi desaparición.
Cuando terminé, Clara estaba llorando otra vez.
—¿Por qué no me pediste ayuda?
Sonreí con tristeza.
—Tú trabajabas en una cafetería y apenas podías pagar tu alquiler.
—Entonces debiste decírmelo.
—Me avergonzaba.
Clara se levantó.
—¿Y Adrián?
No supe qué responder.
—¿Lo amabas?
Aquella pregunta fue peor que todas las anteriores.

—Sí.
Clara cerró los ojos.
—Entonces me utilizaste para vivir una vida que querías tener.
—Al principio utilicé tu fotografía para conseguir dinero.
La voz se me quebró.
—Después dejé de saber dónde terminaba la mentira.
Clara tomó su bolso.
Antes de marcharse se volvió hacia mí.
—Adrián nunca estuvo enamorado de mí.
Tragué saliva.
—Lo siento.
—No.
Negó con lágrimas en los ojos.
—Estaba enamorado de alguien que tenía mi cara y tu alma.
La puerta se cerró.
Tres días después, Adrián apareció frente a mi trabajo.
No pude escapar.
—Tenemos que hablar.
—No.
—Me debes tres años de verdad.
Aquello me hizo detenerme.
Fuimos a una cafetería.
Adrián colocó sobre la mesa una carpeta.
Dentro estaban impresos nuestros antiguos mensajes.
Miles de páginas.
—Guardaste todo.
—Todo.
Pasó varias hojas.
—Cuando desapareciste pensé que habías muerto.
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.
—Lo siento.
—Contraté investigadores.
Lo miré sorprendida.
—Encontraron a Clara.
—Por eso empezaste a salir con ella.
—Al principio pensé que eras tú.
Su voz se endureció.
—Pero después de una semana comprendí que algo estaba mal.
—¿Por qué continuaste?
—Porque quería descubrir quién había utilizado sus fotografías.
Bajé la mirada.
—Ya lo sabes.
—Todavía no sé lo más importante.
Sacó un documento.
Era un registro bancario.
Todas las transferencias que me había enviado.
—Nunca gastaste ese dinero en las cosas que me contabas.
—No.
—Pero tampoco compraste ropa, viajes ni joyas.
Negué.
Adrián deslizó otra hoja hacia mí.
Era un registro del hospital.
Mi nombre.
Mis fechas de ingreso.
Mi tratamiento.
Mis sesiones de quimioterapia.
Adrián había descubierto todo.
—¿Por qué no me dijiste que estabas enferma?
—Porque entonces habría tenido que decirte quién era.
—Podrías haberlo hecho.
—Tenía miedo.
—Yo habría ido.
Las lágrimas finalmente cayeron.
—Precisamente por eso.
Adrián guardó silencio.
—Cuando terminé el tratamiento, estaba irreconocible. Tú creías que yo era Clara. Pensé que si me veías…
No pude terminar.
Él comprendió.
—¿Pensaste que me iría?
Asentí.
Adrián cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, había dolor en ellos.
—Me robaste la posibilidad de decidir.
No pude defenderme.
Porque tenía razón.
—Lo sé.
Me levanté.
—Te devolveré cada centavo. Necesitaré tiempo, pero lo haré.
Adrián también se puso de pie.
—No quiero el dinero.
—Entonces ¿qué quieres?
Me miró durante varios segundos.
—Quería conocer a la mujer que me acompañó durante las peores noches de mi vida.
—Esa mujer era una mentira.
—La fotografía era una mentira.
Se acercó un paso.
—Pero la voz era tuya. Las palabras eran tuyas. La persona que me hacía reír a las tres de la mañana eras tú.
No supe qué decir.
Adrián dejó la carpeta sobre la mesa.
—No puedo perdonarte hoy.
Aquello dolió.
Pero asentí.
—Lo entiendo.
—Quizá nunca pueda.
—También lo entiendo.
Caminó hacia la salida.
Antes de abrir la puerta se volvió.
—Pero hay algo que debes saber.
Esperé.
—Hace cinco años transferí dinero para salvar a una mujer que nunca había visto.
Sus ojos encontraron los míos.
—Si hubiera sabido cómo eras realmente, habría hecho exactamente lo mismo.
Se marchó.
Lloré durante mucho tiempo.
No porque aquellas palabras significaran que volvería.
Sino porque finalmente entendí algo.
Yo había sobrevivido a la enfermedad, pero todavía tenía que aprender a vivir sin esconderme.
Pasaron seis meses.
Vendí mi viejo automóvil y comencé a devolverle el dinero a Adrián mediante transferencias mensuales.
Cada una regresaba al día siguiente.
Sin mensajes.
Sin explicaciones.
Hasta que una tarde llamaron a mi puerta.
Era Clara.
Traía a Milo entre los brazos.
—Creo que este gato te prefiere.
Sonreí.
—Lo siento por todo.
—Todavía estoy enfadada.
—Lo sé.
—Pero entiendo por qué lo hiciste.
Me abrazó.
Cuando se separó, miró hacia el pasillo.
—Además, alguien lleva diez minutos esperando detrás de la esquina porque aparentemente un millonario puede dirigir empresas, pero no sabe tocar un timbre.
Adrián apareció.
Mi corazón volvió a acelerarse.
Clara dejó a Milo conmigo.
—Esta vez, usen sus propias caras.
Y se marchó.
Adrián y yo quedamos frente a frente.
—Hola, Elena.
—Hola.
—Tengo una pregunta.
—¿Cuál?
Sonrió ligeramente.
—¿Sigues teniendo insomnio?
Por primera vez, no sentí necesidad de esconderme.
—A veces.
Adrián levantó una bolsa con café.
—Entonces tendremos tiempo para hablar.
Abrí la puerta.
No sabía si aquello terminaría en amor, amistad o simplemente en el perdón que ambos necesitábamos.
Pero esta vez no había fotografías robadas.
No había nombres falsos.
No había una pantalla protegiéndome.
Solo estaba yo.
Y por primera vez desde que los médicos me dijeron que podía morir, comprendí que sobrevivir no había sido mi segunda oportunidad.
Mi segunda oportunidad comenzaba ahora.