Durante varios segundos, nadie pronunció una sola palabra.
Mi sencillo «Papá» pareció resonar por todo el salón con más fuerza que el golpe que Meng Shanhé acababa de dar sobre la mesa.
Lu Yuan me miraba como si acabara de ver a una desconocida.
Song Jiajia tenía los labios entreabiertos.
Incluso el presidente Wang, que minutos antes sonreía junto a ella, retrocedió discretamente.
—¿Hija? —murmuró alguien entre los invitados.
—¿Ella es la hija de Meng Shanhé?
Los murmullos comenzaron a multiplicarse.
Mi padre colocó una mano sobre la mía.
—No eres tú quien debería sentir vergüenza.
Después miró directamente a Lu Yuan.
—La vergüenza pertenece a quien no supo valorar lo que tenía.
Lu Yuan reaccionó finalmente.
—Presidente Meng, esto debe ser un malentendido.
Mi padre soltó una risa fría.
—¿Malentendido?
Señaló el collar que Song Jiajia llevaba alrededor del cuello.
—Ese collar perteneció a la madre de mi hija.
Song Jiajia palideció.
Instintivamente llevó una mano hacia los diamantes.
—Lu Yuan me dijo que era suyo.
—Claro que te lo dijo —respondí.
La miré tranquilamente.
—También te permitió presentarte como señora Lu.
Su rostro se puso rojo.
—Yo nunca quise…
—Te escuché.
No tuve que levantar la voz.
—Todo el salón te escuchó.
Song Jiajia buscó inmediatamente ayuda en Lu Yuan.
Pero él ya no estaba mirándola.
Solo me observaba a mí.
—¿Por qué nunca me dijiste quién era tu padre?
La pregunta casi consiguió hacerme reír.
—¿Eso es lo que te preocupa ahora?
—Somos marido y mujer.
—Precisamente.
Me acerqué un paso.
—Durante tres años nunca preguntaste por qué podía conseguir una reunión con cualquier inversionista que necesitabas. Nunca preguntaste por qué algunos contratos imposibles aparecían sobre tu escritorio después de una sola llamada mía.
Su expresión comenzó a cambiar.
—Creí que eran tus contactos.
—Lo eran.
Mi padre terminó la frase por mí.
—Y muchos de esos contactos aceptaron trabajar contigo únicamente porque mi hija respondió personalmente por ti.
Lu Yuan quedó inmóvil.
Vi el momento exacto en que comenzó a reconstruir mentalmente los últimos tres años.
La primera ronda de inversión.
La entrada a determinados círculos financieros.
Los préstamos aprobados.
Los socios que aceptaron reuniones cuando su empresa todavía era demasiado pequeña para llamar su atención.
Durante todo ese tiempo había pensado que su talento abría cada puerta.
Yo jamás le había quitado esa ilusión.
Hasta aquella noche.
El presidente Wang carraspeó.
—Señor Lu, respecto al proyecto que discutimos esta tarde… tendremos que reconsiderarlo.
Otro inversionista asintió.
—Nosotros también.
Lu Yuan giró inmediatamente.
—Caballeros, no mezclen asuntos personales con negocios.
Mi padre lo observó con frialdad.
—Entonces hablemos de negocios.
El salón volvió a quedar en silencio.
—A partir de esta noche, Meng Capital suspende todas las negociaciones con las empresas controladas por Lu Yuan.
La respiración de mi marido se volvió pesada.
—No puede hacer eso por una discusión matrimonial.
—Puedo hacerlo porque el dinero es mío.
Mi padre dio un paso hacia él.
—Y porque jamás habría invertido un centavo si hubiera sabido qué clase de hombre eras.
Song Jiajia comenzó a quitarse el collar con dedos temblorosos.
—Yo se lo devolveré.
—Por supuesto que lo harás —dije.
Me entregó la joya.
La sostuve unos segundos.
Recordé el día de mi boda.
Mi madre había fallecido años antes.
Aquella mañana, mi padre colocó personalmente ese collar alrededor de mi cuello.
Me dijo que no era simplemente una joya.
Era algo que había pertenecido a nuestra familia durante décadas.
Y Lu Yuan se lo había entregado a otra mujer como si fuera un accesorio cualquiera.
Cerré los dedos alrededor de los diamantes.
—¿Y el vestido?
Song Jiajia se quedó rígida.
—Yo…
—También es mío.
—Lu Yuan dijo que podía usarlo.
Lo miré.
Él evitó mis ojos.
Eso fue suficiente.
—Qué generoso —murmuré—. Regalando cosas que nunca fueron tuyas.
Algunos invitados no pudieron contener sus expresiones de desprecio.
Song Jiajia comenzó a llorar nuevamente.
—¡Yo no sabía nada!
—Sabías que estaba casado.
Ella guardó silencio.
—Sabías que yo existía.
Otra vez, silencio.
—Y aun así entraste del brazo de mi esposo, usando mi vestido, mi collar y presentándote con mi apellido.
Sus lágrimas ya no despertaban compasión.
Lu Yuan se acercó.
—Basta.

Me miró con rabia.
—No tienes derecho a humillarla públicamente.
Aquellas palabras destruyeron la última duda que pudiera quedarme.
Tres años.
Tres años protegiendo su reputación.
Y cuando llegó el momento de elegir entre defender a su esposa o defender a su amante…
eligió protegerla a ella.
Asentí lentamente.
—Entendido.
Saqué mi teléfono.
—¿Qué haces? —preguntó.
—Lo que debí hacer hace meses.
Realicé una llamada.
—Señor Chen, proceda.
Solo dije esas palabras.
Lu Yuan frunció el ceño.
—¿Proceder con qué?
No respondí.
Su teléfono vibró unos segundos después.
Lo sacó.
Leyó el mensaje.
Su rostro volvió a palidecer.
—¿Qué significa esto?
Nadie contestó.
Leyó en voz alta, incapaz de contenerse.
—«Notificación de convocatoria extraordinaria del consejo de administración».
Me miró.
—¿Tú hiciste esto?
—Sí.
—No tienes autoridad.
Mi padre sonrió.
—¿Estás seguro?
Lu Yuan parecía confundido.
Yo había esperado aquel momento durante demasiado tiempo.
—Cuando fundaste Yuan Entertainment necesitabas capital.
—¿Y?
—Yo conseguí el primer financiamiento.
—Fue una inversión privada.
—Correcto.
Lo miré fijamente.
—Mi inversión privada.
El salón volvió a llenarse de murmullos.
Lu Yuan negó con la cabeza.
—Eso es imposible.
—Nunca leíste los documentos completos.
Su expresión se congeló.
—Tú solo firmabas donde tus abogados te indicaban porque estabas demasiado ocupado celebrando que finalmente eras presidente.
Mi teléfono vibró.
Abrí el mensaje.
La convocatoria había sido aceptada.
—Mañana a las nueve de la mañana el consejo votará sobre tu permanencia como director general.
Lu Yuan avanzó hacia mí.
—¡No puedes quitarme mi empresa!
Mi padre se interpuso.
—No la toque.
Lu Yuan se detuvo.
Por primera vez, parecía comprender que había perdido el control de aquella noche.
Pero entonces ocurrió algo inesperado.
Song Jiajia dejó de llorar.
Se secó lentamente las lágrimas.
Y sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Extrañamente tranquila.
—¿De verdad crees que ganaste? —me preguntó.
La observé.
—¿Qué quieres decir?
Ella abrió su bolso y sacó una carpeta.
Lu Yuan se puso pálido.
Mucho más pálido que antes.
—Jiajia.
Ella ignoró su advertencia.
—Hay algo que tu querida esposa debería saber.
—¡Cállate! —espetó Lu Yuan.
Todos volvieron la mirada hacia ellos.
Song Jiajia sacó un documento.
—Lu Yuan me prometió que después del divorcio todo sería nuestro.
Mi padre frunció el ceño.
—¿Qué divorcio?
Sentí un escalofrío.
Song Jiajia me miró directamente.
—El que tu marido lleva preparando seis meses.
Extendió el documento hacia mí.
—Pero hay un pequeño problema.
Tomé las hojas.
Reconocí inmediatamente el membrete de una firma jurídica.
Pasé la primera página.
Después la segunda.
Y entonces entendí por qué Lu Yuan estaba aterrorizado.
No eran simples documentos de divorcio.
Eran transferencias corporativas.
Poderes notariales.
Autorizaciones.
Y al final de cada página aparecía mi nombre.
Mi supuesta firma.
Levanté lentamente la mirada.
—Yo nunca firmé esto.
Song Jiajia sonrió.
—Lo sé.
Lu Yuan dio un paso hacia la salida.
Pero mi padre ya había levantado la mano.
Los guardias cerraron las puertas.
Song Jiajia señaló la última página.
—Mira la fecha.
Lo hice.
Mi sangre se heló.
El documento había sido firmado hacía ocho meses.
Mucho antes de que yo sospechara de la aventura.
Entonces vi una cláusula resaltada.
Una cláusula que transfería prácticamente todos mis derechos económicos a una sociedad que jamás había escuchado mencionar.
—¿Quién controla esta empresa? —pregunté.
Song Jiajia miró a Lu Yuan.
Y pronunció una frase que hizo que la expresión de mi padre cambiara por completo.
—Ese es el problema. No la controla Lu Yuan. Y la persona que realmente está detrás de ella acaba de entrar en este salón.