Parte 2: EL LUNES EN QUE SOPHIE DEJÓ DE SONREÍR

El lunes llegué a Evercrest a las ocho y cuarenta.

No llevaba escolta visible ni hice una entrada espectacular. Solo atravesé el vestíbulo mientras varios empleados se apresuraban hacia los ascensores.

Vi a Sophie casi inmediatamente.

Estaba junto a Ethan, mostrando orgullosamente su tarjeta provisional a otros nuevos empleados.

Cuando me vio, sus ojos bajaron hacia mi cuello.

—Emily, ¿dónde está tu acreditación?

—No llevo una como la tuya.

Sophie sonrió.

—Te dije que los externos no pueden entrar libremente.

Ethan suspiró.

—No montes una escena el primer día, Emily.

En ese momento, una voz sonó detrás de nosotros.

Buenos días, directora Martin.

El presidente de Evercrest, Charles Whitmore, avanzaba acompañado por Recursos Humanos y varios ejecutivos.

El vestíbulo quedó en silencio.

Charles me estrechó la mano.

—El consejo está preparado para recibirla.

Sophie abrió la boca.

Ethan simplemente me miró.

—¿Directora? —consiguió decir.

Charles frunció ligeramente el ceño.

—Directora ejecutiva de Evercrest Group.

El rostro de Sophie perdió todo el color.

Recordé entonces su videollamada.

“Si todavía no encontraste trabajo, podría recomendarte para administración.”

Tuve que contener una sonrisa.

—¿Nos conocemos? —preguntó Charles al notar la expresión de ambos.

Sophie reaccionó enseguida.

—¡Somos íntimas amigas!

Se acercó a mí.

—Emily siempre fue muy reservada. ¡No nos contó nada!

—No me preguntaste —respondí—. Me ofreciste un puesto administrativo.

Alguien detrás de Charles tosió para esconder una risa.

Ethan bajó la mirada.

Sophie se apresuró a explicar:

—¡Fue una broma entre amigas!

—Entonces fue divertidísima.

Entré en el ascensor.

Las puertas estaban cerrándose cuando Sophie dijo:

—¡Emily, comemos juntas luego!

No respondí.

Una hora después comenzó la reunión de incorporación.

Los nuevos empleados fueron presentados por departamentos.

Cuando apareció Sophie, leí la pantalla.

Sophie Turner. Analista sénior. Periodo de prueba.

Levanté una ceja.

—¿Analista?

El responsable de Recursos Humanos asintió.

—Correcto.

Sophie se removió incómoda.

—Mi función incluye ciertas responsabilidades directivas.

El responsable negó con la cabeza.

—No durante el periodo de prueba.

Así que aquel supuesto “nivel directivo” tampoco era exactamente verdad.

Después apareció Ethan.

Consultor de proyectos.

También en periodo de prueba.

Al terminar, ambos me esperaban fuera.

Ethan habló primero.

—Emily, deberías habernos dicho quién eras.

Lo miré sorprendida.

—¿Por qué?

—Porque nos dejaste hacer el ridículo.

—No. Vosotros decidisteis cómo tratarme cuando creíais que estaba por debajo de vosotros.

Sophie bajó la voz.

—¿Vas a vengarte?

—No necesito hacerlo.

—Entonces nuestra relación laboral…

—Dependerá exclusivamente de vuestro trabajo.

Me marché.

Y cumplí mi palabra.

No los perseguí.

No cambié sus evaluaciones.

Ni siquiera pregunté por ellos.

Fue Sophie quien cometió el primer error.

Dos semanas después, Evercrest preparaba una propuesta para adquirir una empresa tecnológica. Era uno de nuestros proyectos más importantes del trimestre.

A las ocho de la mañana recibí un mensaje de mi asistente.

“El archivo principal está dañado.”

Cuando llegué a la sala de conferencias, Sophie ya estaba allí.

—Puedo solucionarlo —dijo inmediatamente.

Sacó un USB.

Me quedé mirando aquel pequeño dispositivo plateado.

Tres años atrás.

Otra presentación.

Otro USB.

Otro supuesto accidente.

—¿De dónde sacaste esa copia?

—La hice anoche por precaución.

—¿Quién te autorizó?

Sophie vaciló.

—El director Harris.

Harris estaba sentado a cinco metros.

—Yo no autoricé nada.

La sala quedó en silencio.

Sophie palideció.

—Quizá entendí mal.

Conectó el USB.

Nuestra presentación apareció perfectamente.

Ethan sonrió desde el fondo.

—Por suerte Sophie siempre piensa en todo.

Yo no sonreí.

—Seguridad informática.

Un hombre abrió su portátil.

—Muéstrenos el registro de acceso de anoche.

Aparecieron tres líneas.

23:41 — SOPHIE.TURNER abre el archivo principal.

23:46 — copia realizada en dispositivo externo.

23:49 — archivo principal modificado.

Sophie se levantó.

—¡Yo no lo dañé!

—Todavía no he dicho que lo hicieras.

Se quedó muda.

—Entonces…

—¿Por qué estás defendiéndote de una acusación que nadie había formulado?

Ethan dejó de sonreír.

Sophie empezó a llorar.

—Emily, estás haciendo esto porque me odias.

—No.

Giré el portátil hacia ella.

—Las cámaras registraron tu pantalla.

Su rostro se congeló.

La grabación mostraba a Sophie insertando el USB y manipulando el archivo.

Después borraba el historial local.

Era exactamente el mismo patrón de hacía tres años.

Seguridad apareció en la puerta.

Ethan se levantó.

—¡Espera! Sophie seguramente tenía una razón.

Lo miré.

—Entonces Recursos Humanos la escuchará.

Sophie comenzó a temblar.

—¡No puedes despedirme!

—Yo no voy a hacerlo. Habrá una investigación.

—¡Quieres destruirme!

—No, Sophie. Esa es la diferencia entre nosotras. Yo no necesito sabotear tu trabajo para demostrar que soy mejor.

La acompañaron hacia la puerta.

Entonces Sophie se volvió.

Y gritó:

—¡Pregúntale por el USB de hace tres años!

Sentí que algo dentro de mí se detenía.

Ethan frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—¡Emily cree que lo perdí accidentalmente!

—Sophie —advertí.

Pero ella rio.

—¿Nunca te preguntaste por qué desapareció inmediatamente después?

Ethan me miró.

—Emily…

Sophie señaló hacia mí.

—¡Diles qué había realmente dentro!

Mi respiración se hizo más lenta.

Porque había un problema.

Yo jamás le había contado a Sophie qué contenía aquel USB.

Ella creía que solo guardaba mi propuesta de prácticas.

Eso era lo que todos creían.

En realidad, mientras trabajaba aquella noche, había encontrado por accidente una carpeta financiera mal archivada.

La copié pensando que pertenecía a mi proyecto.

Después descubrí varias transferencias extrañas entre Evercrest y una empresa desconocida.

Millones.

Nunca llegué a investigarlas.

Al día siguiente el USB desapareció.

Mi propuesta quedó destruida.

Y esa misma tarde vi a Sophie y Ethan juntos.

Así que me marché.

Charles Whitmore entró en la sala en ese momento.

—¿Qué ocurre?

Sophie lo miró.

—Pregúntele a Emily qué encontró hace tres años.

Charles se volvió hacia mí.

—¿Encontró qué?

Guardé silencio durante unos segundos.

Después abrí mi bolso.

—Nunca perdí toda la información.

Saqué una memoria negra.

—Tenía una copia de seguridad.

Charles palideció.

—¿De qué?

—De varias transferencias realizadas desde Evercrest.

La sonrisa de Sophie desapareció completamente.

Aquello confirmó algo.

Ella sabía exactamente de qué estaba hablando.

Charles tomó el USB.

—¿Por qué nunca informó de esto?

—Porque tenía veinticuatro años, acababa de perder mis prácticas y creía que aquello no tenía relación conmigo.

Miré a Sophie.

—Ahora ya no estoy tan segura.

Ethan parecía completamente perdido.

—Sophie, ¿tú sabías de esto?

Ella no respondió.

—¿Sophie?

—Cállate, Ethan.

Fue la primera vez que la escuché hablarle así.

Él retrocedió.

Charles pidió que cerraran las puertas.

—Nadie sale.

Seguridad detuvo a Sophie antes de que alcanzara el pasillo.

Entonces mi teléfono vibró.

Número desconocido.

Había recibido una fotografía.

La abrí.

Era antigua.

Tres años atrás.

Sophie entraba en un hotel.

Y junto a ella estaba Ethan.

Sentí una punzada amarga.

Pero debajo había otra imagen.

En ella ambos estaban sentados frente a un hombre.

Amplié su rostro.

Charles vio la pantalla.

Y se quedó completamente inmóvil.

—¿Quién es? —pregunté.

No respondió.

—Charles.

Finalmente habló.

—Mi antiguo director financiero.

—¿Por qué estaban reuniéndose con él?

Charles me quitó suavemente el teléfono y leyó el mensaje adjunto.

Su expresión se endureció.

Me devolvió el móvil.

Había una sola frase:

«Emily, te equivocaste durante tres años. Sophie y Ethan no estaban teniendo una aventura. Estaban trabajando para él.»

Miré lentamente hacia Ethan.

—¿Es verdad?

Él parecía tan sorprendido como yo.

—Yo nunca he visto a ese hombre.

Charles señaló la fotografía.

—Entonces explícame esto.

Ethan se acercó.

Miró la imagen.

Y palideció.

—Eso no ocurrió así.

Sophie cerró los ojos.

—Ethan, no digas nada.

Él giró hacia ella.

—¿Qué me hiciste?

La pregunta me desconcertó.

—¿Qué quieres decir?

Ethan me miró.

—Emily, aquella noche Sophie me dijo que tú estabas en problemas. Me pidió acompañarla a recoger unos documentos.

—¿Qué documentos?

—No lo sé.

Sophie gritó:

—¡Cállate!

Demasiado tarde.

Ethan continuó.

—Me hizo firmar como testigo de una entrega.

Charles se acercó.

—¿Qué entrega?

Ethan negó con la cabeza.

—Nunca vi el contenido.

Entonces Charles abrió los archivos del USB.

Encontró una transferencia.

Después otra.

Y finalmente un documento escaneado.

Lo leyó.

Su rostro cambió.

—Emily…

—¿Qué?

Giró la pantalla.

Había una autorización bancaria fechada tres años atrás.

Abajo aparecían dos firmas.

Una era de Sophie.

La otra supuestamente era mía.

Pero yo nunca había firmado aquel documento.

Y junto a mi nombre figuraba una transferencia de 18,7 millones de yuanes.

Ethan retrocedió.

—Dios mío.

Miré a Sophie.

Ella ya no lloraba.

Me observaba con una frialdad que jamás había visto.

—¿Falsificaste mi firma?

Sophie sonrió.

—Tardaste tres años en hacer la pregunta correcta.

Entonces Charles amplió la última página.

Había un tercer nombre.

El de la persona que había autorizado toda la operación desde Evercrest.

Charles dejó escapar un susurro.

—No puede ser.

Me acerqué.

Y cuando vi aquel nombre, entendí por qué Sophie había seguido buscándome durante tres años.

No querían recuperar nuestra amistad.

Querían encontrar la única copia que podía destruirlos.

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