Alexander no respondió durante varios segundos.
Me miró como si intentara descubrir qué clase de trampa escondían mis palabras.
—Hace unas horas querías divorciarte.
—Todavía quiero hacerlo.
Su expresión se volvió aún más fría.
—Entonces explícame esto.
No podía.
¿Cómo decirle que había enterrado a nuestro hijo en otra vida?
¿Cómo explicarle que todavía recordaba el peso de Ethan entre mis brazos y aquella vocecita prometiéndome convertirse en luz?
—No necesito que lo entiendas —susurré—. Solo quédate esta noche.
Alexander terminó cancelando su partida hasta la mañana siguiente.
No hubo reconciliación.
No hubo promesas.
Y cuando amaneció, se marchó sin despedirse.
Yo solo necesitaba esperar.
Dos semanas después, aparecieron las náuseas.
A la tercera semana compré una prueba.
Dos líneas.
Me senté en el suelo del baño y lloré durante casi una hora.
—Volviste…
Apoyé ambas manos sobre mi vientre.
—Mamá te encontró otra vez.
Ese mismo día recibí una segunda noticia.
El divorcio había sido aprobado.
No esperé a Alexander.
Empaqué únicamente lo que me pertenecía y abandoné la residencia Hale.
Cuando Alexander regresó de las maniobras tres semanas después, encontró una casa vacía.
—¿Dónde está Isabella?
Su ayudante le entregó un sobre.
—La señora Hale se marchó, señor.
Alexander abrió los documentos.
Divorcio definitivo.
Debajo había una renuncia expresa a cualquier propiedad de la familia Hale.
—¿No pidió nada?
—Nada.
—¿Dónde está?
—No quiso dejar dirección.
Alexander permaneció en silencio.
Entonces el ayudante añadió:
—Señor… hay otra cosa.
—¿Qué?
—La señora Hale está embarazada.
Alexander levantó la cabeza de golpe.
—¿De cuánto?
La respuesta confirmó exactamente lo que temía.
Aquella misma noche comenzó a buscarme.
Pero yo ya estaba a cientos de kilómetros.
Alquilé una pequeña casa cerca del mar y conseguí trabajo como traductora técnica. Vendí las pocas joyas que todavía conservaba y preparé una habitación diminuta.
Nueve meses después nació Ethan.
Cuando lo pusieron sobre mi pecho, reconocí inmediatamente aquellos ojos.
Lloré tanto que la enfermera creyó que algo iba mal.
—Mi bebé…
Besé su frente.
—Esta vez vas a crecer.
Pasaron cuatro años.
Ethan era exactamente como lo recordaba.
Le encantaban los trenes.
Odiaba las zanahorias.
Dormía abrazado a un conejo de tela.
Pero había algo diferente.
Era feliz.
No esperaba junto a ninguna ventana preguntando cuándo regresaría su padre.
No corría detrás de un hombre demasiado ocupado para mirarlo.
Entonces llegó el día que había temido durante años.
Íbamos saliendo de una librería cuando Ethan soltó mi mano.
—¡Mamá, mira!
Un convoy militar se había detenido frente al edificio gubernamental.
Y del vehículo central bajó Alexander Hale.
Siete años en mi primera vida.
Cuatro en esta.
Pero reconocería aquella figura en cualquier lugar.
Alexander también me vio.
Después miró al niño.
Se quedó inmóvil.
Ethan llevaba entre las manos un dibujo de un avión.
Exactamente igual al dibujo que había intentado entregar a su padre el día que murió en mi vida anterior.
Sentí que el aire desaparecía.
Corrí hacia él.
—Ethan, ven conmigo.
Alexander llegó antes.
—Isabella.
Me coloqué delante de mi hijo.
—No.
Sus ojos no se apartaban del pequeño.
—¿Cuántos años tiene?
—Eso no te importa.
—Isabella.
—Firmaste el divorcio.
—Pregunté cuántos años tiene.
Entonces Ethan asomó la cabeza detrás de mí.
—Tengo cuatro.
Alexander cerró los ojos.
Había hecho el cálculo.
—Es mío.
—Biológicamente, sí.
Su rostro cambió.
—¿Y pensabas ocultármelo para siempre?
Lo miré fijamente.
—Pensaba mantenerlo vivo.
Alexander quedó desconcertado.
No comprendía aquella frase.
Todavía no.
Entonces escuchamos un chirrido de neumáticos.
Mi sangre se congeló.
Un automóvil había perdido el control al girar la esquina.
Ethan, distraído por su dibujo, dio un paso hacia la calle.
Todo ocurrió demasiado rápido.
—¡ETHAN!
Alexander reaccionó primero.
Corrió, agarró al niño y lo apartó del borde.
El dibujo salió volando.
Yo llegué segundos después y abracé a Ethan con tanta fuerza que empezó a protestar.
—Mamá, estoy bien.
Pero yo temblaba.
Porque aquella era la misma calle.
La misma hora aproximada.
El mismo dibujo.
El accidente que había matado a mi hijo acababa de repetirse.
Solo que esta vez Alexander había estado allí.
Alexander me observó.
—¿Cómo sabías que iba a ocurrir?
No respondí.
—Isabella, gritaste antes de que el coche apareciera.
Mis piernas cedieron.
Y por primera vez le conté todo.
La otra vida.
Nuestro matrimonio.

Su indiferencia.
El pequeño que lo perseguía buscando cariño.
El accidente.
El funeral.
Mi regreso.
Cuando terminé, Alexander parecía un hombre al que acababan de destruir desde dentro.
—Yo… ¿nunca lo quise?
—Él te adoraba.
Alexander miró a Ethan.
—¿Y murió intentando alcanzarme?
Asentí.
Se cubrió el rostro.
No intenté consolarlo.
Algunas culpas no necesitan consuelo.
Necesitan consecuencias.
Alexander no me pidió que regresara.
No exigió reconstruir nuestro matrimonio.
Solo hizo una pregunta.
—¿Puedo conocerlo?
Miré a mi hijo.
Después al hombre que había sido su padre dos veces.
—Puedes intentarlo. Pero esta vez tendrás que ganarte cada lugar que ocupes en su vida.
Alexander aceptó.
Durante los meses siguientes apareció cuando prometía hacerlo.
Cumpleaños.
Reuniones escolares.
Domingos en el parque.
Nunca utilizó su rango para presionarme.
Sophia terminó casándose con otra persona.
Chloe dejó de acercarse a nosotros después de que Alexander le prohibiera volver a insultarme delante de Ethan.
Y yo jamás regresé a la residencia Hale.
Un año después, Ethan corrió hacia Alexander con otro dibujo.
Por reflejo, mi corazón se detuvo.
Pero esta vez Alexander se arrodilló inmediatamente.
—¿Es para mí?
Ethan sonrió.
—Sí.
Alexander tomó el papel como si le hubieran entregado una medalla.
Después levantó los ojos hacia mí.
Comprendimos lo mismo.
La primera vez, nuestro hijo había muerto persiguiendo a un padre que nunca se detenía.
Esta vez…
su padre había aprendido a detenerse antes de que Ethan tuviera que perseguirlo.
Yo había regresado creyendo que necesitaba repetir mi matrimonio para recuperar a mi hijo.
Me equivocaba.
El destino no me había enviado atrás para recuperar a Alexander.
Me había enviado para recuperar mi propia capacidad de elegir.
Elegí a Ethan.
Elegí marcharme.
Elegí una vida donde el amor no tuviera que suplicarse.
Y si Alexander quería formar parte de ella, tendría que hacerlo de la única manera que nunca aprendió en nuestra primera vida:
quedándose.