PARTE 2: DESPERTÉ PARA DESCUBRIR QUE TODOS ME HABÍAN TRAICIONADO, PERO EL DESCONOCIDO QUE ENTRÓ EN MI HABITACIÓN REVELÓ POR QUÉ MI FAMILIA NECESITABA QUE YO NO SOBREVIVIERA.

El desconocido me apartó de la ventana y la cerró inmediatamente.

Yo apenas tenía fuerzas para mantenerme en pie.

—¿Quién es usted?

El hombre soltó mi muñeca y retrocedió.

—Gabriel Montes.

El apellido me resultaba conocido.

Entonces recordé dónde lo había escuchado.

Montes Capital.

Una de las empresas de inversión más poderosas del país.

—¿Qué quiere de mí?

Gabriel colocó una carpeta sobre la cama.

—Impedir que muera creyendo una mentira.

Sentí un escalofrío.

—El médico dijo que me quedan tres días.

—Lo sé.

—Entonces no entiendo qué trato puede ofrecerme.

Gabriel abrió la carpeta.

—Tres días son suficientes para descubrir por qué intentaron enterrarla antes de tiempo.

Lo miré.

—¿Intentaron?

Sacó una fotografía.

Era del accidente.

Mi coche destrozado aparecía junto a la carretera.

Después colocó otra imagen.

Un primer plano del sistema de frenos.

—El informe inicial habló de un fallo mecánico —dijo—. El informe que nunca llegó a la policía dice otra cosa.

Mi respiración se volvió irregular.

—¿Qué está diciendo?

Gabriel me sostuvo la mirada.

—Que alguien manipuló su coche.

Sentí que la habitación giraba.

Aquella noche no había viajado sola.

Mis padres, Daniel y yo íbamos camino a una cena familiar cuando perdí el control.

Yo había sido quien recibió las peores consecuencias mientras intentaba protegerlos.

—¿Quién?

—Todavía no puedo demostrarlo.

—¿Y por qué está investigando mi accidente?

Gabriel guardó silencio.

Después sacó un documento.

Reconocí inmediatamente la firma.

Era la de mi abuelo.

—Porque seis meses antes del accidente, su abuelo contrató a mi empresa para proteger una participación empresarial que debía pasar a usted.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué participación?

Gabriel pasó la página.

Cuarenta y uno por ciento de Ruiz Biotech.

La empresa familiar.

La compañía que mi padre dirigía desde hacía veinte años.

—Eso es imposible.

—No lo es. Su abuelo nunca confió completamente en su hijo. Estableció que las acciones quedarían bajo administración fiduciaria hasta que usted cumpliera veintiocho años.

Mi cumpleaños era dentro de cuatro meses.

—¿Mi familia lo sabía?

Gabriel cerró la carpeta.

—Desde hace un año.

Todo empezó a encajar de una manera horrible.

Mi padre evitando mirarme.

Daniel diciendo que habría sido más fácil si yo no hubiera despertado.

La boda celebrándose precisamente aquel día.

—¿Y Valeria?

Gabriel tardó en responder.

—Su hermana no recibe las acciones si usted muere.

Sentí un alivio absurdo.

Duró exactamente dos segundos.

—Las recibe su padre.


Mientras tanto, en el salón de bodas, Adrián estaba frente al altar.

Valeria sonreía.

Pero él miraba continuamente hacia la entrada.

—¿Esperas a alguien? —susurró ella.

—No.

—Entonces mírame.

Adrián lo hizo.

El oficiante continuó.

Pero cuando llegó el momento de intercambiar los anillos, las puertas se abrieron.

Daniel entró apresuradamente.

Su rostro estaba pálido.

Se acercó a su padre y le susurró algo.

—¿Qué ocurre? —preguntó Adrián.

—Nada.

Daniel intentó sonreír.

—Mía está descansando.

Adrián frunció el ceño.

—¿Entonces por qué pareces asustado?

Nadie respondió.

Porque Daniel acababa de recibir una llamada del hospital.

El hombre que vigilaba la puerta de mi habitación había desaparecido.

Y yo también.


Gabriel me sacó del hospital por una zona privada y me llevó a una clínica especializada.

Allí me esperaba otro médico.

Revisó mis estudios durante casi una hora.

Cuando terminó, su expresión era grave.

—Su estado es crítico.

Bajé la mirada.

—Ya sé que tengo tres días.

—No he dicho eso.

Levanté la cabeza.

El médico colocó dos informes frente a mí.

—Este es el diagnóstico que recibió esta mañana.

Señaló el segundo.

—Y este es el resultado de nuestras pruebas.

—¿Cuál es la diferencia?

—La primera valoración asume una evolución irreversible. Nosotros encontramos una posibilidad de intervención.

Mi corazón dio un golpe.

—¿Puedo sobrevivir?

—No puedo prometerlo.

Gabriel intervino:

—Pero tampoco puede afirmar que morirá dentro de tres días.

Miré nuevamente los documentos.

Hasta mi sentencia de muerte podía no ser definitiva.

Y por primera vez desde que había despertado sentí algo que creía perdido.

No felicidad.

Esperanza.

Pequeña.

Dolorosa.

Pero suficiente.

—Quiero el tratamiento.

Gabriel asintió.

—Entonces tenemos que actuar inmediatamente.

—Antes necesito hacer algo.

Tomé mi teléfono.

Había cuarenta y tres llamadas.

Mi madre.

Mi padre.

Daniel.

Y diecisiete de Adrián.

No respondí ninguna.

Abrí el mensaje de mi padre.

“Mía, ¿dónde estás? Tenemos que hablar.”

Escribí solamente:

“Pronto.”


La boda nunca terminó.

Adrián abandonó el altar antes de pronunciar sus votos.

Valeria lo siguió hasta el pasillo.

—¡No puedes hacerme esto!

Adrián se giró.

—Mía acaba de despertar después de seis meses y nosotros estábamos celebrando nuestra boda.

—¡Ella nos dio su bendición!

—Porque pensaba que iba a morir.

Valeria palideció.

—¿Qué?

Adrián la miró fijamente.

Ella había hablado demasiado rápido.

—Yo no he dicho que Mía vaya a morir.

Silencio.

—Valeria… ¿cómo lo sabías?

Mi hermana retrocedió.

—Daniel me lo contó.

Adrián sacó el teléfono.

—¿Cuándo?

—No importa.

—¿Cuándo?

Valeria empezó a llorar.

—Esta mañana.

Adrián quedó inmóvil.

Todos lo sabían menos él.

Entonces recibió un mensaje.

Era mío.

Solo cuatro palabras:

“Necesito que vengas solo.”

Debajo había una dirección.


Llegó una hora después.

Yo estaba sentada frente a una enorme ventana de la clínica.

Cuando entró, se detuvo.

—Mía.

No me levanté.

—Cierra la puerta.

Lo hizo.

—¿Es verdad?

—¿Qué cosa?

—Que estás muy enferma.

—Sí.

Se cubrió el rostro durante un segundo.

—Dios mío.

—Pero no te llamé para eso.

Dejé una fotografía sobre la mesa.

La imagen del sistema de frenos.

Adrián la tomó.

—¿Qué estoy mirando?

—Mi accidente no fue accidental.

Levantó lentamente la cabeza.

—¿Quién hizo esto?

—Eso quiero descubrir.

—Voy a llamar a la policía.

—Todavía no.

—¿Por qué?

Saqué otro documento.

—Porque mi familia sabía que yo heredaría el control de Ruiz Biotech.

Adrián leyó las primeras líneas.

Su expresión cambió.

—Mía…

—Y si yo no llegaba a recibir esas acciones, pasarían temporalmente a mi padre.

—¿Crees que tu padre…?

—No sé qué creer.

Entonces le hice la pregunta que llevaba horas quemándome por dentro.

—¿Desde cuándo estabas con Valeria?

Adrián cerró los ojos.

—Cuatro meses antes del accidente.

Aunque ya conocía la respuesta, escucharla directamente dolió.

—¿Mi familia sabía?

—Tu madre nos descubrió.

—¿Y mi padre?

Silencio.

Aquello bastó.

—Todos.

Adrián dio un paso hacia mí.

—Mía, fui un cobarde. Quería terminar contigo, pero seguía posponiéndolo.

—Y después tuve el accidente.

—Sí.

—Entonces pudiste convertirte en el novio fiel que esperaba junto a mi cama mientras seguías con mi hermana.

No pudo defenderse.

—Vete.

—Déjame ayudarte.

—No necesito que vuelvas a quererme porque ahora sabes que puedo morir.

Aquello lo destruyó.

Pero antes de que pudiera responder, Gabriel entró.

Su rostro había cambiado.

—Mía, tenemos un problema.

Me entregó una tableta.

Era una grabación de seguridad fechada la noche anterior al accidente.

En ella aparecía el garaje de nuestra casa.

Mi coche estaba estacionado.

A las 2:14 de la madrugada, una figura entraba y se acercaba al vehículo.

Gabriel amplió la imagen.

Reconocí inmediatamente a aquella persona.

Sentí que se me helaba la sangre.

No era mi padre.

No era Daniel.

Tampoco Adrián.

Era Valeria.

Pero Gabriel no me dejó reaccionar.

—Mire los siguientes treinta segundos.

La grabación continuó.

Valeria abrió la puerta del garaje.

Y una segunda persona apareció detrás de ella.

Cuando vi su rostro, dejé de respirar.

Porque esa persona había estado junto a mi cama aquella mañana.

Había sostenido mi mano.

Había fingido estar destrozada.

Y me había pedido que aceptara tranquilamente la boda de mi prometido con mi hermana.

Era mi madre.

Gabriel cerró la puerta de la habitación.

—Ahora sabemos quién estuvo allí.

Hizo una pausa.

—Lo que todavía necesitamos descubrir es por qué.

Miré el reloj.

Si el primer diagnóstico era correcto, mi tiempo seguía corriendo.

Me quedaban tres días para sobrevivir, descubrir qué había hecho realmente mi propia familia y decidir quién merecía escuchar la verdad cuando todo saliera a la luz.

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