Cuando llegué a Grant Group, entendí inmediatamente cuál era el “escándalo”.
Olivia estaba llorando frente al departamento de Recursos Humanos.
Daniel estaba a su lado.
Y alrededor había más de veinte empleados mirando.
Mi compañera Emma corrió hacia mí.
—Olivia presentó una queja contra ti.
—¿Contra mí?
—Dice que llevas meses acosándola porque estás celosa de su relación profesional con Daniel.
Casi me reí.
Entonces Olivia me vio.
Se escondió inmediatamente detrás de Daniel.
—Stella…
Daniel se acercó.
—Necesitamos hablar.
—No.
Saqué mi identificación de empleada y la dejé sobre el escritorio de recepción.
—Vine a renunciar.
El silencio fue inmediato.
Daniel palideció.
—¿Qué estás haciendo?
—Exactamente lo que te dije anoche.
—Stella, deja de comportarte como una niña.
Olivia me miró con aquella falsa expresión preocupada.
—Señor Grant, quizá debería darle tiempo. Seguro que ayer entendió mal…
La miré.
—¿Entendí mal qué? ¿Que pasaste la noche en su casa usando mi copa y su camisa?
Varias cabezas se giraron hacia Olivia.
Su rostro cambió.
Daniel bajó la voz.
—Eso no es asunto de la empresa.
—Correcto. Por eso estoy renunciando.
Entregué mi carta.
Daniel la tomó y la rompió delante de mí.
—No acepto.
Lo miré sorprendida.
—¿Perdón?
—Estás alterada. Tómate unos días.
Aquella actitud me confirmó que había tomado la decisión correcta.
Durante cuatro años había trabajado desde el puesto más bajo de Grant Group porque quería demostrar que podía construir una carrera sin utilizar el apellido de mi familia.
Daniel había terminado creyendo que yo realmente lo necesitaba.
—No necesito tu permiso para irme.
Me marché.
Aquella tarde firmé los documentos para dirigir la nueva sucursal de mi familia en Nueva York.
Mi padre me entregó una carpeta.
—Hay algo que deberías saber.
Dentro aparecía el nombre de Grant Group.
Nuestra empresa familiar, Sterling Holdings, era propietaria del edificio donde Grant planeaba abrir su centro de operaciones en Nueva York.
Además, llevaban meses negociando una alianza logística con nosotros.
—Daniel nunca supo que eras mi hija porque tú pediste mantenerlo separado —dijo papá—. Pero ahora vas a dirigir la sucursal. La negociación será tuya.
Cerré la carpeta.
—Entonces que continúe normalmente.
No quería vengarme.
Solo quería dejar de regalarle mi vida.
Dos semanas después me mudé a Nueva York.
Daniel pasó de llamarme veinte veces al día a enviar correos.
“Tenemos que hablar.”
“Olivia no significa nada.”
“Solo estaba ayudándola.”
“¿Dónde estás?”
No respondí.
Hasta que llegó el día de la negociación.
Entré en la sala de juntas de Sterling Holdings con un traje oscuro y mi padre a mi lado.
Daniel ya estaba sentado.
Olivia estaba detrás de él tomando notas.
Cuando me vio, se levantó de golpe.
—Stella.
Olivia dejó caer el bolígrafo.
Mi padre extendió la mano.
—Señor Grant. Le presento formalmente a Stella Sterling, mi hija y nueva directora de operaciones de nuestra división de Nueva York.
Daniel parecía incapaz de procesarlo.
—¿Sterling?
—Sí —respondí.
Su mirada pasó de mi padre a mí.
Finalmente comprendió por qué yo nunca había hablado demasiado de mi familia.
No necesitaba su empresa.
Nunca la había necesitado.
Había elegido trabajar allí.
Y ahora había elegido marcharme.
La reunión empezó.
Durante cuarenta minutos hablamos únicamente de negocios.
Entonces Olivia cometió el error que terminó de destruir la negociación.
Presentó unas proyecciones financieras.
Las reconocí.

—¿De dónde obtuvo esas cifras?
Olivia sonrió.
—Las preparé personalmente.
—Imposible.
Abrí mi computadora.
Aquellas proyecciones pertenecían a un modelo que yo había desarrollado seis meses antes en Grant Group.
Había marcas internas que lo demostraban.
Daniel miró a Olivia.
—¿Tú hiciste esto?
—Yo… mejoré algunos datos de Stella.
Emma había enviado días antes una copia del historial del proyecto.
Olivia no solo había presentado mi trabajo como suyo.
Había modificado números para inflar las previsiones y convencer a Sterling de firmar un acuerdo mucho más favorable para Grant.
Mi padre cerró la carpeta.
—La reunión terminó.
Daniel se levantó.
—Señor Sterling, podemos solucionarlo.
—Eso dependerá de su auditoría interna.
Olivia empezó a llorar.
—¡Stella está haciendo esto porque está celosa!
La sala quedó en silencio.
La miré.
—Olivia, ya no quiero a Daniel.
Eso la dejó muda.
—Puedes quedarte con el hombre, las camisas, los desayunos y hasta las copas.
Señalé los documentos.
—Lo que no puedes quedarte es con mi trabajo.
Daniel cerró los ojos.
La investigación interna posterior descubrió más irregularidades.
Olivia había utilizado documentos de otros empleados para atribuirse proyectos y había manipulado información comercial.
Fue despedida.
Daniel perdió temporalmente parte de sus funciones mientras el consejo revisaba cómo había permitido que su asistente tuviera acceso a información que no le correspondía.
Tres meses después apareció en Nueva York.
Me esperaba fuera de mi oficina.
—Terminé todo con Olivia.
Seguí caminando.
—Bien por ti.
—Stella, aquella noche no pasó nada.
Me detuve.
—Daniel, todavía no entiendes.
Lo miré.
—No te dejé porque te acostaras o no con ella.
—Te dejé porque cuando ella me humilló, la protegiste. Cuando lloró, corriste hacia ella. Cuando yo te dije que nuestra relación terminaba si salías por aquella puerta, pensaste que mis palabras no tenían valor.
Daniel bajó la mirada.
—Creí que siempre estarías allí.
—Exactamente.
No tuvo respuesta.
Un año después, la sucursal de Nueva York superó nuestras previsiones.
Yo dirigía un equipo propio y había dejado de presentarme como “la novia de Daniel Grant”.
Una noche, después de una cena empresarial, vi una fotografía antigua en mi teléfono.
Daniel y yo.
Dos copas personalizadas sobre una mesa.
La observé unos segundos.
Después la eliminé.
No sentí tristeza.
Aquella copa que Olivia sostuvo entre sus manos había parecido, durante una noche, el símbolo de todo lo que me habían quitado.
Ahora entendía algo diferente.
Nadie me había quitado mi lugar.
Yo simplemente había permanecido demasiado tiempo en uno que ya me quedaba pequeño.
Y mientras Daniel seguía intentando recuperar a la mujer que había esperado pacientemente por él, Stella Sterling ya estaba demasiado ocupada construyendo una vida en la que nunca más tendría que pedirle a nadie que la eligiera.