—Quiero saber qué médico trata tu depresión.
El silencio que siguió fue tan profundo que escuché el pequeño chasquido del reloj sobre la cómoda.
Adrián seguía sentado junto a la ventana.
Su rostro había perdido todo color.
—¿Quién te lo dijo?
En mi primera vida jamás había escuchado aquel tono.
No era frialdad.
Era miedo.
Me senté frente a él.
—¿Importa?
—Sí.
—¿Por qué?
Adrián se levantó.
—Porque nadie debería saberlo.
Ahí estaba.
La vergüenza.
La misma que, durante años, lo había convencido de esconder cualquier señal de vulnerabilidad detrás de aquella expresión perfecta.
—Yo debería saberlo —dije.
—No.
—Soy tu esposa.
Una sonrisa amarga apareció en su rostro.
—Precisamente.
Aquella respuesta me dolió más de lo esperado.
—Explícamelo.
Adrián caminó hacia la puerta.
Durante un instante pensé que repetiríamos exactamente nuestra primera noche.
Él se marcharía.
Yo lo dejaría.
Cinco años comenzarían a derrumbarse desde aquel pequeño silencio.
Esta vez me puse de pie.
—No te estoy pidiendo que me cuentes todo esta noche.
Se detuvo.
—Pero tampoco voy a fingir que no veo nada.
Su espalda permaneció rígida.
—Clara, acabamos de casarnos.
—Lo sé.
—No necesitas cargar con mis problemas.
Respiré lentamente.
—Eso no lo decides tú por mí.
Se giró.
Por primera vez vi algo casi desesperado en su mirada.
—¿Y qué ocurre cuando descubras que casarte conmigo fue un error?
Sentí que el pecho se me cerraba.
Allí estaba la pregunta que había gobernado nuestro matrimonio sin que ninguno de los dos la pronunciara.
Me acerqué.
—Entonces hablaremos.
—¿Así de fácil?
—No dije que fuera fácil.
Lo miré directamente.
—Dije que hablaremos.
Adrián bajó los ojos.
Mucho después me dio un nombre.
Doctor Esteban Mora.
Psiquiatra.
Había dejado de acudir regularmente meses antes.
No le pedí explicaciones.
Solo pregunté:
—¿Aceptarías volver?
—Estoy bien.
—No te he preguntado eso.
Su mandíbula se tensó.
—¿Aceptarías volver?
Pasaron varios segundos.
Finalmente:
—Sí.
Aquella única palabra no solucionó nada.
Pero fue la primera vez que Adrián permitió que alguien entrara en una habitación emocional que llevaba años manteniendo cerrada.
A la mañana siguiente desayunamos juntos.
Fue extraordinariamente incómodo.
Adrián leyó el periódico.
Yo unté mermelada sobre una tostada.
Él me miraba cuando creía que no lo veía.
Yo hacía exactamente lo mismo.
Finalmente dejé la taza.
—Podemos hacer preguntas.
—¿Preguntas?
—Sí. Una cada uno.
Pareció sospechar alguna trampa.

—Empieza tú.
Pensé en todas las cartas que había leído cinco años después.
—¿Por qué querías dormir en el despacho?
Adrián tardó demasiado.
—Pensé que necesitarías espacio.
—Eso ya lo dijiste.
—Entonces ya tienes la respuesta.
—No.
Me incliné ligeramente hacia delante.
—Tengo la respuesta educada.
Sus dedos se cerraron alrededor de la taza.
—Clara…
—La verdadera.
Me sostuvo la mirada.
—Pensé que si me quedaba contigo parecería que estaba aprovechándome del acuerdo entre nuestras familias.
Aquello nunca se me había ocurrido.
—¿Creías que no quería casarme contigo?
—¿Querías?
No supe responder inmediatamente.
Y vi cómo su expresión se cerraba.
—Adrián.
—Ahora me toca preguntar.
Su voz volvió a ser neutral.
Demasiado neutral.
—¿Por qué me abrazaste anoche?
La pregunta me dejó inmóvil.
Porque te vi muerto.
Porque lloré delante de cartas que nunca me enviaste.
Porque sé cómo termina todo si seguimos interpretándonos mal.
No podía decir nada de eso.
—Porque no quería que te fueras.
—¿Por qué?
—Ya hiciste tu pregunta.
Por primera vez apareció una sombra de sonrisa en su boca.
Pequeñísima.
Casi invisible.
Pero estaba allí.
Los días siguientes fueron distintos.
No perfectos.
Distintos.
Adrián volvió con el doctor Mora.
Yo no pregunté qué hablaban.
Solo me aseguré de que entendiera una cosa:
buscar tratamiento no lo hacía débil, y yo no esperaba convertirme en su terapeuta ni en la solución de su enfermedad.
También empecé a cambiar mis propios hábitos.
Cuando quería algo, lo decía.
—Quiero cenar contigo esta noche.
La primera vez pareció sorprendido.
—Tengo trabajo.
En mi vida anterior habría contestado:
«Está bien».
Esta vez pregunté:
—¿Puedes moverlo?
Adrián miró su agenda.
—Sí.
Y cenó conmigo.
Otro día preparé leche caliente.
Cuando llegó y me vio esperando, su expresión cambió.
Yo recordaba exactamente qué había dicho aquella noche en mi primera vida.
«En esta casa hay empleados. No vuelvas a hacer cosas inútiles.»
Esperé.
Adrián abrió la boca.
Se quedó callado.
Después tomó la taza.
—Gracias.
Casi lloré.
No porque una palabra pudiera cambiar nuestra vida.
Sino porque, por primera vez, él había elegido decir lo que realmente sentía en lugar de protegerse rechazándome.
Pero pronto comprendí que conocer el futuro tenía un peligro.
Empecé a anticiparme demasiado.
Sabía cuándo tendría insomnio.
Sabía qué comidas perdería cuando estuviera bajo presión.
Sabía qué eventos familiares lo harían retraerse.
Y Adrián comenzó a darse cuenta.
Una noche me encontró colocando un vaso de agua junto a su medicación antes de que él mismo hubiera mencionado que la necesitaba.
—Clara.
Me quedé quieta.
—¿Sí?
—¿Cómo sabías que hoy tenía cita con Mora?
Mi corazón dio un golpe.
—Lo mencionaste.
—No.
Silencio.
—Entonces lo habré visto en tu agenda.
—Mi agenda está en la oficina.
No tuve respuesta.
Adrián empezó a observarme de otra forma.
La sospecha creció lentamente.
Hasta que, tres semanas después de nuestra boda, ocurrió algo que yo no esperaba todavía.
Entré en su despacho.
La puerta secreta detrás de la estantería estaba abierta.
Sentí que la sangre se me helaba.
En mi primera vida no había conocido aquella habitación hasta después de perderlo.
Pero ahora aún estábamos al principio.
Había menos fotografías.
Muchas menos.
Aun así, allí estaba yo.
En la universidad.
En una gala.
Saliendo de una librería.
Sentada bajo un árbol.
Adrián permanecía en medio de la habitación.
No intentó ocultarlo.
—Supongo que ahora vas a pensar que estoy enfermo.
No entré.
—Pienso que esto no es sano.
Sus ojos bajaron.
—Lo sé.
Aquella respuesta me sorprendió.
—¿Por qué guardas todo esto?
—Porque durante años esa fue la única forma en que me permití tener algo de ti.
No había romanticismo en su voz.
Solo vergüenza.
—Adrián, deberías hablar de esto con el doctor Mora.
—Ya lo hice.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—Después de nuestra conversación de la noche de bodas.
Miró las fotografías.
—Me dijo que debía dejar de convertir sentimientos que nunca expresaba en rituales privados.
Entonces comenzó a retirar las fotografías de la pared.
Una por una.
—Quiero dejar de hacer esto.
Sentí una emoción difícil de explicar.
No estaba borrando el pasado.
Estaba aceptando responsabilizarse de él.
Me acerqué para ayudarlo.
Y entonces vi una caja sobre la mesa.
No recordaba haberla encontrado en mi primera vida.
—¿Qué es eso?
Adrián se tensó.
Demasiado tarde.
Abrí la tapa.
Dentro había varias cartas.
Pero no estaban escritas por él.
Reconocí inmediatamente la letra.
Era mía.
Mi respiración se detuvo.
—¿De dónde sacaste esto?
Adrián cerró los ojos.
Tomé la primera.
Era una carta que había escrito a los diecinueve años.
Una carta que jamás había enviado.
Una confesión absurda sobre un muchacho reservado del que me había enamorado en secreto.
Adrián.
Levanté la cabeza.
—Esto desapareció de mi dormitorio hace años.
Él no respondió.
—Adrián, ¿cómo llegó aquí?
Su rostro se volvió completamente blanco.
Y entonces comprendí algo que alteraba incluso los recuerdos de mi primera vida.
Adrián no había pasado cinco años creyendo simplemente que yo nunca lo había querido.
Había sabido, al menos una vez, que sí.
—Dime la verdad.
Sus labios se separaron.
—Clara…
Apreté aquella carta entre mis dedos.
—Si sabías que yo estaba enamorada de ti antes de nuestra boda… ¿por qué pasaste cinco años comportándote como si estuvieras convencido de lo contrario?
Adrián levantó los ojos.
Lo que vi en ellos me hizo retroceder.
—Porque esa carta —susurró— nunca estuvo destinada a mí.
Y entonces sacó del fondo de la caja un segundo sobre.
En el frente había otro nombre.