Valeria salió de la comisaría casi tres horas después.
No estaba detenida.
Pero tampoco estaba libre de sospechas.
Cuando cruzó la puerta, encontró a Mateo apoyado junto a una camioneta negra.
—¿Qué hace aquí?
—Esperándote.
—Lleva tres horas.
—He esperado más por cosas menos importantes.
Valeria apretó la carpeta que contenía su declaración.
—Suspendieron mi beca.
Mateo abrió la puerta del vehículo.
—Temporalmente.
—Para usted esa palabra es fácil.
Él se quedó inmóvil.
Valeria inmediatamente se arrepintió.
—Perdón.
—No tienes que disculparte.
Mateo señaló el asiento.
—Pero tampoco tienes que pasar por esto sola.
Valeria negó.
—No quiero su dinero.
—No te lo ofrecí.
Aquello la sorprendió.
—Entonces, ¿qué quiere hacer?
—Demostrar quién puso esos 35,000 pesos en tu casillero.
Al día siguiente, Mateo llegó al Café Jacaranda a las 7:15.
Como siempre.
Rogelio palideció al verlo.
—Señor Alcázar, comprenderá que Valeria no puede trabajar mientras…
—No he venido a discutir su suspensión.
Mateo tomó asiento.
—Café negro, huevos con frijoles y dos tostadas.
Maribel tuvo que atenderlo.
Cuando terminó, Mateo dejó exactamente 200 pesos sobre la mesa.
Rogelio observó el billete.
—¿Puedo preguntarle algo?
—Claro.
—¿Por qué insiste en volver?
Mateo levantó la mirada.
—Porque cuando alguien inocente es acusado, lo peor que puedes hacer es desaparecer.
Pagó y salió.
Pero aquella mañana no regresó a su oficina.
Un especialista en seguridad de Grupo Alcázar ya estaba revisando una copia legalmente obtenida de los registros disponibles del café.
Las cámaras habían dejado de grabar veinte minutos.
Eso era cierto.
Lo extraño era cómo habían dejado de grabar.
—No hubo una falla eléctrica —explicó el especialista—. Alguien inició sesión como administrador y desactivó manualmente la grabación.
Mateo cruzó los brazos.
—¿Desde dónde?
—La oficina del gerente.
Dos horas después, Mateo llamó a Valeria.
—Necesito preguntarte algo. ¿Quién puede entrar en el despacho de Rogelio?
—Él, el subgerente y Patricia, la encargada de contabilidad.
—¿Alguien más?
Valeria pensó.
—Su sobrino Iván trabaja algunas noches. Rogelio le presta las llaves.
Mateo anotó el nombre.
—¿Iván tiene algún problema contigo?
Hubo silencio.
—Me invitó a salir varias veces.
—¿Y?
—Le dije que no.
La voz de Mateo se volvió seria.
—¿Cómo reaccionó?
—La última vez dijo que algún día dejaría de creerme mejor que los demás.
Esa tarde, la policía recibió nueva información.
Iván había trabajado la noche del robo.
Había declarado que salió a las diez.
El registro electrónico de la puerta trasera demostraba que volvió a entrar a las 11:42.
Exactamente seis minutos antes de que las cámaras fueran desactivadas.
Cuando los investigadores lo interrogaron nuevamente, cambió su versión.
Aseguró que había olvidado el teléfono.
Pero su teléfono registraba actividad durante toda aquella hora.
Desde el interior del café.
Valeria recibió la noticia sentada en la cocina de su pequeño apartamento.
Su madre estaba frente a ella.
—Entonces van a devolverte la beca.
—Todavía no.
—Pero ya saben que no fuiste tú.
—Saben que alguien mintió. No es lo mismo.
Su madre tomó su mano.
—Siempre has tenido que luchar demasiado por todo.

Valeria intentó sonreír.
—Quizá por eso ya tengo práctica.
Al día siguiente apareció una noticia peor.
Los 35,000 pesos tenían las huellas de Valeria.
Rogelio llamó inmediatamente a la universidad.
—¿Cómo puede ser? —preguntó Valeria cuando Mateo se lo contó.
—¿Tocaste dinero del café esa noche?
—Claro. Trabajé en caja durante una hora.
Mateo comprendió.
—Entonces alguien pudo tomar billetes que tú ya habías manipulado.
Valeria lo miró.
—Esto fue planeado.
—Sí.
—¿Por Iván?
Mateo tardó en contestar.
—Eso todavía no lo sabemos.
Porque había algo que no encajaba.
Iván podía querer vengarse.
Pero ¿por qué arriesgar 35,000 pesos solo para incriminar a una camarera?
La respuesta apareció esa misma tarde.
Los investigadores encontraron transferencias recientes en la cuenta de Iván.
Tres depósitos.
Todos provenientes de una pequeña empresa llamada Vázquez Servicios Integrales.
Rogelio era su propietario.
Cuando la policía volvió al café, el gerente ya no estaba.
Valeria encontró a Mateo aquella noche en su mesa habitual.
El establecimiento permanecía cerrado mientras continuaba la investigación.
—¿Rogelio me incriminó?
—Eso parece.
—¿Por qué?
Mateo dejó un documento sobre la mesa.
—Porque hace seis semanas tú viste algo que no debías.
Valeria frunció el ceño.
—No entiendo.
—¿Recuerdas cuando encontraste medicamentos en el almacén trasero?
Ella se quedó quieta.
Sí.
Había encontrado varias cajas de fármacos refrigerados una mañana y se lo había mencionado a Rogelio.
Él aseguró que pertenecían a un cliente que los había olvidado.
—No eran de un cliente —dijo Mateo.
—¿Entonces?
—Parte del lote pertenecía a una distribuidora vinculada a uno de mis hospitales.
Valeria palideció.
—¿Robados?
—Eso estamos investigando.
Entonces comprendió.
Rogelio no necesitaba simplemente despedirla.
Necesitaba destruir su credibilidad.
Si alguna vez Valeria hablaba de aquellas cajas, todos recordarían a la estudiante de enfermería acusada de robar dinero.
—Dios mío.
Mateo asintió.
—Elegiste la peor semana posible para preguntar por aquellos medicamentos.
Valeria lo miró.
—¿Por qué está haciendo todo esto por mí?
Mateo permaneció callado.
Ella miró la mesa.
—Y todavía no me contó lo de los 200 pesos.
Mateo bajó los ojos hacia el billete que había dejado aquella mañana.
—Mi madre se llamaba Lucía.
Su voz cambió.
—Cuando yo tenía once años, ella limpiaba oficinas de noche. Éramos muy pobres.
Una madrugada Lucía sufrió una emergencia médica mientras trabajaba.
Mateo había salido corriendo a buscar ayuda.
—Llegué a una pequeña clínica. Me pidieron dinero para ciertos gastos iniciales que yo no tenía.
Valeria escuchaba en silencio.
—Un mesero de un restaurante cercano me vio llorando.
Mateo tragó saliva.
—Sacó de su bolsillo todo lo que llevaba.
Doscientos pesos.
—¿Eso salvó a su madre?
—Permitió que yo consiguiera lo que necesitábamos en aquel momento y que alguien nos ayudara a movernos rápidamente. Para un niño asustado, aquellos 200 pesos significaron que no estábamos solos.
—¿Quién era el mesero?
Mateo sonrió tristemente.
—Tu padre.
Valeria dejó de respirar.
—¿Mi papá?
—Javier Luna.
Los ojos de Valeria se llenaron de lágrimas.
Su padre había muerto cuando ella tenía doce años.
—¿Usted lo conoció?
—Solo aquella noche.
Mateo abrió su portafolio.
Sacó una hoja envejecida.
Era una nota escrita a mano.
«No tienes que devolverme nada. Cuando puedas, ayuda a alguien más.»
Abajo estaba el nombre:
Javier Luna.
—Hace un año vi tu apellido en tu gafete —continuó Mateo—. Después escuché que mencionaste a tu padre. Hice algunas preguntas y confirmé que eras su hija.
Valeria miró el billete.
—Por eso los 200.
—Cada mañana me recuerdan que la cantidad de dinero no determina el tamaño de un acto.
Ella lloró en silencio.
—¿Por qué nunca me lo dijo?
—Porque no quería convertir la bondad de tu padre en una deuda para ti.
El teléfono de Mateo sonó.
Contestó.
Su expresión cambió.
—¿Están seguros?
Escuchó unos segundos.
—No toquen nada. Voy para allá.
Colgó.
—¿Qué pasó?
Mateo guardó el teléfono lentamente.
—Encontraron a Rogelio.
—¿Dónde?
—En uno de los almacenes relacionados con los medicamentos.
Valeria se levantó.
—Entonces se terminó.
Mateo no respondió.
—¿Qué?
—Rogelio tenía documentos.
—¿Sobre mí?
—Sobre tu padre.
Valeria sintió un escalofrío.
—Mi padre murió hace trece años.
—Lo sé.
Mateo abrió en su teléfono una fotografía que acababan de enviarle.
Era una página de contabilidad antigua.
Había nombres, fechas y cantidades.
Uno estaba rodeado con tinta roja.
JAVIER LUNA — 200 PESOS.
Debajo aparecía una anotación:
«VIO LA ENTREGA. SABE DEMASIADO.»
Valeria levantó lentamente los ojos.
—Mateo…
Él ya estaba leyendo la fecha escrita al margen.
Era de apenas tres días antes de la muerte de Javier Luna.
Y por primera vez, aquellos 200 pesos dejaron de parecer solamente el recuerdo de una buena acción.
También podían ser la primera pista de un secreto que alguien llevaba trece años intentando mantener enterrado.