La hoja de cálculo tenía diecisiete pestañas.
Mariana abrió la primera.
ACTIVOS MV.
Su departamento en Guadalajara.
Sus inversiones.
Su seguro de vida.
Las participaciones que Elena le había dejado.
Y la parte de la Hacienda Los Ahuehuetes que heredaría cuando Alonso muriera.
Todo estaba valorado hasta el último peso.
Mariana sintió frío.
Abrió otra pestaña.
FASE MATRIMONIO.
Había fechas estimadas para la boda, cambios de beneficiarios, apertura de cuentas conjuntas y poderes notariales.
Sebastián había añadido comentarios.
«No presionar antes de ceremonia.»
«Alonso desconfía. Mantener perfil familiar.»
«MV responde mejor a argumentos emocionales.»
Mariana apartó las manos del teclado.
Ella era MV.
No era su prometida.
No era la mujer que amaba.
Era un activo dentro de un plan.
Entonces escuchó cerrarse la ducha.
Tuvo apenas segundos.
Fotografió la pantalla con el teléfono, cerró la hoja y abrió una página médica.
Sebastián apareció con una toalla alrededor del cuello.
—¿Qué haces?
—Buscando una interacción farmacológica.
Él observó la computadora.
Después la miró.
Mariana sonrió.
Aquella noche no durmió.
Al día siguiente llamó a su padre, pero cuando Alonso contestó, perdió el valor.
—¿Todo bien, hija?
—Sí. Solo quería escucharte.
—Mariana.
Ella guardó silencio.
—Sabes que puedes decirme cualquier cosa.
Mariana miró hacia el dormitorio, donde Sebastián hablaba por teléfono.
—Lo sé, papá.
Colgó sin contarle nada.
Porque necesitaba entender hasta dónde llegaba aquello.
Durante las semanas siguientes fingió normalidad.
Y Sebastián cometió el error de creer que seguía controlándola.
Mariana descubrió que Ernesto y Alicia no aparecían en ninguna fotografía antigua de su prometido.
Buscó el supuesto despacho de ingeniería de Ernesto.
No existía.
La escuela donde Alicia afirmaba haber trabajado no tenía registros de ninguna maestra con ese nombre.
Entonces encontró algo peor.
Una fotografía en internet de una conferencia financiera celebrada cuatro años antes en Monterrey.
Sebastián aparecía al fondo.
A su lado estaba «Ernesto Arriaga».
Pero el pie de fotografía lo identificaba como Héctor Salcedo, consultor privado.
Mariana guardó todo.
Había aprendido algo de Alonso aunque nunca hubiera estudiado Derecho:
una sospecha puede salvarte; una prueba puede salvarte dos veces.
La tarde de la fiesta, Sebastián parecía especialmente atento.
—Estás preciosa.
Besó su frente.
—Esta noche empieza nuestra verdadera vida.
Aquella frase la inquietó.
—¿Por qué esta noche?
Él sonrió.
—Ya verás.
A las nueve y veinte, mientras los invitados cenaban, Mariana entró en el despacho de su padre buscando un cargador.
Encontró a Sebastián dentro.
Tenía abierto el cajón donde Alonso guardaba documentos de la hacienda.
—¿Qué haces?
Sebastián se volvió.
Durante una fracción de segundo no sonrió.
—Buscaba un bolígrafo.
Mariana miró su mano.
Sostenía una carpeta.
—Eso no parece un bolígrafo.
Él dejó la carpeta.
—¿Me estás vigilando?
—Solo pregunté qué hacías.
Sebastián se acercó.
—Últimamente haces demasiadas preguntas.
Mariana sintió miedo.
Pero no retrocedió.
—Quizá porque estoy descubriendo demasiadas respuestas.
Los ojos de Sebastián cambiaron.
—¿Qué significa eso?
Mariana cometió entonces el único error de aquella noche.
Miró hacia su teléfono.
Sebastián siguió su mirada.
Se lo quitó antes de que pudiera reaccionar.
—Devuélvemelo.
Él desbloqueó la pantalla.
Mariana sintió que el corazón le golpeaba las costillas.
Sebastián encontró las fotografías de la hoja de cálculo.

Su rostro se vació.
—¿Cuándo viste esto?
Ella no respondió.
—Mariana.
—¿Quiénes son Ernesto y Alicia?
Él cerró la puerta.
—Baja la voz.
—¿Quiénes son?
—No entiendes lo que viste.
—Entonces explícamelo.
Sebastián permaneció inmóvil.
Después sonrió.
Pero ya no era la sonrisa del hombre que ella pensaba conocer.
—Esta noche hay sesenta personas ahí fuera. Tu padre está feliz. Tú estás a punto de convertirte en mi esposa.
Se inclinó hacia ella.
—No vas a destruirlo todo por una hoja de cálculo que ni siquiera comprendes.
—Dame mi teléfono.
—Después.
—Ahora.
Sebastián le agarró la muñeca.
No con suficiente fuerza para dejar una marca evidente.
Sí con suficiente fuerza para dejar claro que podía hacerlo.
—Vas a volver al jardín —susurró—. Vas a sonreír. Y no vas a decirle nada a Alonso.
Mariana lo miró.
—¿Y si lo hago?
Sebastián acercó el rostro.
—Tu padre tiene sesenta y ocho años y una hacienda enorme. Los accidentes ocurren constantemente en propiedades rurales.
La soltó.
Mariana sintió que el miedo le recorría la espalda.
—¿Eso es una amenaza?
—Es un consejo.
En aquel instante entendió que no podía enfrentarlo sola.
Y también entendió algo más.
Sebastián todavía creía que la había asustado lo suficiente para controlarla.
Así que Mariana hizo exactamente lo que esperaba.
Regresó a la fiesta.
Sonrió.
Posó para fotografías.
Permitió que él rodeara su cintura.
Cuando Sebastián anunció que quería brindar, todos levantaron sus copas.
Mariana vio a Alonso a unos metros.
Se acercó fingiendo acomodarle el cuello de la camisa.
Le apretó el brazo.
—Papá, llama al 911 ahora mismo.
Después volvió junto a Sebastián.
Alonso no hizo preguntas.
Sacó discretamente el teléfono y caminó hacia el corredor.
No llamó al número local de la comisaría.
Llamó directamente al 911 y explicó que su hija acababa de pedir ayuda mientras permanecía junto a un hombre que posiblemente la estaba amenazando.
Después hizo otra llamada.
A una antigua colega de la fiscalía federal.
Cuando regresó, Sebastián seguía brindando.
—Por Mariana —decía—. Y por la familia que construiremos juntos.
Los invitados aplaudieron.
Alonso levantó su copa.
Pero observaba las salidas.
Doce minutos después, vio luces entre los árboles.
No sirenas.
Solo vehículos acercándose lentamente.
Sebastián también las vio.
Su sonrisa desapareció.
—¿Esperabas a alguien? —preguntó a Alonso.
—No.
Sebastián miró a Mariana.
Ella sostuvo su mirada.
Entonces él comprendió.
Le agarró el brazo.
—Tenemos que hablar.
—Suéltame.
—Ahora.
Alonso avanzó.
—Ella ha dicho que la sueltes.
Todos comenzaron a callarse.
Sebastián miró alrededor.
—Es una discusión privada.
—Ya no —respondió Alonso.
Dos patrullas entraron en la hacienda.
Detrás llegó un vehículo sin distintivos.
Sebastián soltó inmediatamente a Mariana.
Ernesto y Alicia comenzaron a caminar hacia el estacionamiento.
Alonso los señaló.
—Ellos también.
Un agente les cerró el paso.
—Por favor, permanezcan aquí.
Sebastián soltó una carcajada nerviosa.
—Esto es absurdo.
Mariana extendió la mano.
—Devuélveme mi teléfono.
—No tengo tu teléfono.
Ella lo miró.
—Lo tomaste en el despacho.
—Está mintiendo.
Uno de los agentes habló:
—Señor, ¿podemos revisar sus bolsillos?
Sebastián se negó.
Entonces Mariana contó lo ocurrido.
La amenaza.
La hoja de cálculo.
Los falsos padres.
Y el teléfono.
El rostro de Sebastián se endureció.
—Está histérica. Lleva semanas estresada por la boda.
Alonso sintió una furia helada.
La estrategia era evidente.
Convertir a Mariana en una mujer emocionalmente inestable antes de que pudiera convertirse en testigo creíble.
La antigua colega de Alonso llegó minutos después acompañada por investigadores.
Cuando Mariana describió la hoja de cálculo, uno de ellos hizo una pregunta:
—¿Recuerda algún otro nombre de archivo?
Mariana pensó.
—Sí.
—¿Cuál?
—Había una carpeta llamada «EV».
Alonso levantó la cabeza.
—¿EV?
Mariana asintió.
—También vi «EV_Fase_Final».
Alonso dejó de respirar.
EV.
Elena Valdés.
Su esposa muerta.
Sebastián palideció.
Alonso lo vio.
—¿Por qué tienes un archivo con las iniciales de mi esposa?
—No sé de qué habla.
—Elena murió tres años antes de que tú supuestamente conocieras a Mariana.
Silencio.
Uno de los investigadores recibió autorización para asegurar los dispositivos mientras se aclaraban las denuncias.
Cuando recuperaron el teléfono de Mariana, encontraron algo todavía más extraño.
Sebastián había intentado borrar varias fotografías.
Pero la copia automática seguía intacta.
Entre ellas aparecía una imagen que Mariana no recordaba haber tomado.
Probablemente se había capturado accidentalmente mientras fotografiaba la computadora.
Mostraba una parte del escritorio de Sebastián.
Y allí, debajo de la hoja de cálculo, se veía una fotografía antigua.
Alonso pidió ampliar la imagen.
Sus piernas casi cedieron.
Era Elena.
Mucho más joven.
Estaba saliendo de un edificio en Ciudad de México.
Y junto a ella aparecía un hombre.
Alonso lo reconoció inmediatamente.
—No puede ser…
Mariana lo miró.
—¿Quién es?
Alonso tardó varios segundos en responder.
—El hombre que investigué hace veintisiete años por una red de fraude financiero.
Volvió a mirar a Sebastián.
Por primera vez, el antiguo magistrado comprendió que aquel compromiso quizá nunca había comenzado con Mariana.
Uno de los investigadores abrió entonces la copia de la carpeta «EV».
Solo había un documento visible.
Su fecha era de tres años atrás.
Dos semanas antes de la muerte de Elena.
Y en la primera línea aparecía una frase:
«SI ELENA VALDÉS HABLA CON SU MARIDO, TODO EL PLAN SE TERMINA.»
Alonso sintió que el mundo se detenía.
Porque de pronto recordó la extraña última petición de su esposa.
«Confía en la gente, Alonso, pero verifica. Sobre todo cuando se trate de Mariana.»
Y por primera vez se preguntó si Elena no le había dado un consejo antes de morir.
Quizá había intentado dejarle una advertencia.