Tomé el teléfono y escribí un mensaje.
—Abogado Zhou, prepárese. Vamos a asistir a la fiesta anual del Grupo Jiang.
La respuesta llegó inmediatamente.
—Señora Su, ¿está segura?
Miré a mis dos hijos dormidos.
—Completamente.
—¿Y el regalo?
Mis dedos permanecieron inmóviles unos segundos sobre la pantalla.
Después escribí:
—Prepare el original. El que Jiang Chen firmó hace diez años.
Al otro lado no hubo respuesta durante casi un minuto.
Finalmente:
—Entendido.
Apagué el teléfono.
Durante todos aquellos años, Jiang Chen había pensado que nuestra historia había terminado la noche del divorcio.
No sabía que aquella noche yo ya estaba embarazada.
Tampoco sabía que había conservado cada documento relacionado con nuestra separación.
Especialmente uno.
Tres días después, el Grupo Jiang celebró su fiesta anual en el hotel más lujoso de la ciudad.
Periodistas financieros llenaban la entrada.
Ejecutivos, accionistas y celebridades caminaban sobre una alfombra iluminada mientras enormes pantallas reproducían los logros de Jiang Chen.
«DIEZ AÑOS CONSTRUYENDO EL FUTURO».
Leí aquellas palabras desde el automóvil y casi me hicieron reír.
—Mamá.
Su Nian me tiró suavemente de la manga.
—¿Por qué estamos aquí?
Me volví hacia ella.
Los gemelos llevaban ropa sencilla pero elegante.
Su Mu, serio como siempre, observaba el edificio por la ventana.
—Vamos a conocer a alguien.
—¿Un amigo?
—No exactamente.
Su Mu me miró.
A sus diez años ya tenía aquella capacidad inquietante de observar demasiado.
—Es el hombre de la televisión, ¿verdad?
Me quedé callada.
—El que se parece a nosotros.
Su Nian abrió mucho los ojos.
—¡Yo también lo pensé!
Sentí que algo se apretaba dentro de mí.
Había intentado protegerlos de aquella verdad.
Pero los niños no necesitaban explicaciones para reconocer su propio rostro en otra persona.
—Después hablaremos —dije.
Su Mu no insistió.
Solo tomó la mano de su hermana.
Cuando entramos, nadie reparó en nosotros al principio.
Eso cambió cuando llegamos al salón principal.
Una empleada nos pidió las invitaciones.
Antes de que pudiera responder, el abogado Zhou apareció.
—Son mis invitados.
La mujer se apartó inmediatamente.
Caminamos hacia el interior.
Entonces comenzaron los murmullos.
Primero fue una mujer.
Después un ejecutivo.
Luego varios empleados se giraron al mismo tiempo.
No me miraban a mí.
Miraban a Su Mu y Su Nian.
Porque en el escenario, a veinte metros de distancia, había una fotografía gigantesca de Jiang Chen.
Y debajo de ella caminaban dos niños que parecían versiones infantiles de aquel mismo rostro.
—¿Los estás viendo?
—Ese niño…
—Es imposible.
—Se parecen demasiado al presidente Jiang.
Su Mu apretó mi mano.
—Mamá, todos nos miran.
—Déjalos mirar.
Aquella noche había pasado diez años esperando.
No iba a esconderme.
En el escenario, Jiang Chen recibió un premio empresarial.
El presentador volvió a mencionar la entrevista.
—Presidente Jiang, después de su confesión sobre lamentar no haber tenido hijos, miles de personas bromearon diciendo que debería empezar a buscar heredero inmediatamente.
El público rio.
Jiang Chen también.
—Creo que algunas cosas simplemente no estaban destinadas para mí.
Entonces levantó la mirada.
Y me vio.
La sonrisa desapareció.
Por completo.
Durante diez segundos, Jiang Chen olvidó que estaba frente a cientos de personas.
Sus ojos se clavaron en mí.
Después descendieron lentamente.
Su Mu.
Su Nian.
Vi exactamente el instante en que dejó de respirar.
El presentador continuaba hablando.
Jiang Chen ya no escuchaba.
Estaba mirando dos rostros que eran prácticamente idénticos al suyo.
Su copa se inclinó ligeramente.
—Presidente Jiang…
Él reaccionó.
—Disculpe.
Bajó del escenario sin esperar a que terminara el acto.
Los ejecutivos se apartaron.
Llegó hasta nosotros.
—Su Qing.
Diez años.
Y mi nombre todavía sonaba igual en su boca.
—Cuánto tiempo, Jiang Chen.
No me miraba.
Miraba a los niños.
—¿Quiénes son?
Su Nian se escondió ligeramente detrás de mí.
Di un paso para bloquear su mirada.
—¿Por qué preguntas?
Su mandíbula se tensó.
—No juegues conmigo.
—Qué extraño.
Sonreí.
—Hace tres días dijiste ante todo el país que nunca habías tenido hijos. ¿Por qué te interesan tanto los míos?
El rostro de Jiang Chen palideció.
—¿Qué edad tienen?
—Diez.
La palabra cayó entre nosotros.
—¿Cuándo cumplen años?
—Eso no te importa.
Intentó acercarse a Su Mu.
Mi hijo retrocedió.
—No me toque.
Jiang Chen se congeló.
Incluso la voz del niño se parecía a la suya.

—Su Qing…
—Presidente Jiang.
El abogado Zhou apareció a mi lado.
—Creo que deberíamos continuar con el programa.
Jiang Chen lo reconoció.
—¿Por qué estás con ella?
Zhou sonrió educadamente.
—Porque represento legalmente a la señora Su.
Algo en aquellas palabras lo inquietó.
—¿Representarla para qué?
No respondimos.
Veinte minutos después comenzó la última sección de la ceremonia.
El anfitrión anunció que varios invitados entregarían obsequios conmemorativos al Grupo Jiang.
Cuando pronunciaron mi nombre, el salón entero quedó confundido.
Subí al escenario.
Jiang Chen estaba sentado en primera fila.
No apartó los ojos de mí.
—Hace diez años —comencé—, alguien me hizo un regalo.
Los murmullos cesaron.
Saqué un pequeño marco transparente.
Dentro había un billete viejo.
Arrugado.
Desgastado.
Doscientos yuanes.
El rostro de Jiang Chen cambió.
—Me dijeron que tomara este dinero y desapareciera para siempre.
Algunas personas comenzaron a mirar al presidente.
—Durante mucho tiempo pensé que aquellos 200 yuanes eran el precio que alguien había puesto a mi dignidad.
Hice una pausa.
—Después comprendí que eran simplemente el precio de su propia ignorancia.
El abogado Zhou subió al escenario con una carpeta.
Jiang Chen se levantó.
—Su Qing, basta.
Lo miré.
—Todavía no he empezado.
Zhou entregó una copia al anfitrión.
—Este documento forma parte del acuerdo firmado por ambas partes hace diez años.
Jiang Chen palideció.
—No tienes derecho a divulgarlo.
—No voy a divulgar información confidencial —respondió Zhou—. Solo vamos a corregir una declaración pública que perjudica directamente los intereses de mis clientes.
—¿Clientes?
La palabra salió casi rota.
Entonces Su Mu y Su Nian subieron al escenario.
La sala explotó en murmullos.
Las cámaras comenzaron a levantarse.
Jiang Chen los miró como si el resto del mundo hubiera desaparecido.
—Son…
—Tus hijos —dije.
Silencio absoluto.
—Gemelos.
Su Nian agarró mi mano.
—Nacieron siete meses después de nuestro divorcio.
Jiang Chen retrocedió.
—No.
—Sí.
—Tú nunca me dijiste…
Algo que había mantenido enterrado durante diez años salió finalmente de mí.
—Me arrojaste dinero a la cara y me ordenaste desaparecer. Así que desaparecí.
—¡No sabía que estabas embarazada!
—Nunca preguntaste si había algo que necesitabas saber.
Sus ojos estaban enrojecidos.
—Quiero una prueba.
Esperaba esas palabras.
Asentí al abogado Zhou.
Él abrió la carpeta.
—Precisamente por eso estamos aquí.
Jiang Chen extendió la mano.
Pero Zhou no le entregó inmediatamente los documentos.
—Antes hay otro asunto.
—¿Qué asunto?
—La señora Su solicitó hace años una investigación relacionada con determinadas circunstancias del divorcio.
Mi ceño se frunció.
Aquello no formaba parte del plan.
Miré a Zhou.
—¿Qué investigación?
Su expresión se volvió seria.
—La que finalmente terminó esta mañana.
Jiang Chen también pareció confundido.
Zhou sacó un documento distinto.
—Señora Su, usted siempre creyó que Jiang Chen pidió el divorcio porque había dejado de amarla.
—Sí.
—Y el señor Jiang siempre creyó que usted había aceptado dinero de su familia antes de marcharse.
Giré bruscamente hacia Jiang Chen.
—¿Qué dinero?
Él me miró.
—Los cinco millones.
Sentí que el mundo se detenía.
—Nunca recibí cinco millones.
—Mi madre me mostró tu firma.
—Yo nunca firmé nada.
Jiang Chen perdió el color.
El abogado Zhou colocó dos documentos sobre la mesa.
—Eso es exactamente lo que confirmó el peritaje.
Levantó el primero.
—La firma atribuida a Su Qing fue falsificada.
Luego el segundo.
—Y los cinco millones nunca llegaron a ninguna cuenta suya.
Jiang Chen se quedó inmóvil.
—Entonces ¿dónde están?
Zhou respiró lentamente.
—Fueron transferidos a una sociedad privada.
—¿De quién?
Antes de que pudiera responder, las puertas del salón se abrieron.
Una mujer mayor entró acompañada por dos abogados.
Jiang Chen se puso de pie de golpe.
—Mamá.
Reconocí inmediatamente a Madame Jiang, la mujer que diez años atrás me había dejado claro que jamás sería digna de su hijo.
Pero ahora no estaba mirando a Jiang Chen.
Me miraba a mí.
Después miró a los gemelos.
Su rostro se volvió ceniza.
El abogado Zhou cerró la carpeta.
—Parece que la persona que puede explicar dónde terminaron esos cinco millones acaba de llegar.
Madame Jiang caminó lentamente hacia nosotros.
Pero antes de que pudiera hablar, Su Mu tiró de mi manga.
—Mamá.
—¿Qué pasa?
Mi hijo sostenía uno de los documentos.
Señaló una fecha.
—Esto está mal.
Miré.
Y mi sangre se heló.
La transferencia de los cinco millones había sido autorizada dos días antes de que Jiang Chen me pidiera el divorcio.
Pero debajo aparecía otra operación.
Mucho más reciente.
Realizada apenas seis meses atrás.
Procedía de la misma sociedad.
Y el beneficiario llevaba un nombre que conocía perfectamente.
Su Nian.
Levanté lentamente la cabeza.
—¿Por qué existe una cuenta secreta a nombre de mi hija?
Madame Jiang cerró los ojos.
Jiang Chen la agarró del brazo.
—Mamá, contesta.
Ella abrió los ojos.
Y lo que dijo convirtió el silencio del salón en algo aterrador.
—Porque Su Nian no fue la única nieta que encontramos hace diez años.