Sebastián no cerró los ojos en toda la noche.
A las seis de la mañana, Lorena se levantó como siempre, le besó la frente y bajó a preparar el desayuno.
Él esperó hasta escuchar la licuadora.
Entonces hizo tres cosas.
Guardó el frasco con la muestra del licuado, llamó a su abogado y canceló todas las autorizaciones financieras que Lorena tenía sobre sus empresas.
—Necesito discreción absoluta —dijo cuando el abogado respondió—. Y un laboratorio independiente.
Dos horas después, un mensajero recogió la muestra.
Sebastián no acusó a su esposa.
No cambió su comportamiento.
Incluso permitió que Lorena lo guiara hasta el automóvil sujetándolo del brazo.
—Hoy estás más torpe —comentó ella.
—Veo peor.
Lorena sonrió.
—Te dije que esto podía avanzar rápidamente.
Sebastián sintió frío.
Ella parecía satisfecha.
Aquella tarde volvió secretamente a La Bombilla.
Ximena lo esperaba.
—¿Puedes reconocer al médico con quien hablaba mi esposa?
—Si lo veo, sí.
Sebastián pidió a su abogado investigar llamadas, recetas y médicos relacionados con Lorena.
El resultado llegó esa misma noche.
Doctor Mauricio Ferrer.
Oftalmólogo.
Sebastián conocía aquel nombre.
—Fue quien me atendió primero cuando comenzaron los síntomas.
Su abogado permaneció en silencio.
—Sebastián, hay algo más. Ferrer certificó hace tres meses que tu deterioro visual podía volverse irreversible.
—Lo recuerdo.
—Ese documento fue utilizado para modificar una póliza.
Sebastián se incorporó.
—¿Qué póliza?
El abogado deslizó una copia sobre la mesa.
Era un seguro de vida.
Ochenta millones de pesos.
Beneficiaria: Lorena Arriaga.
Pero había una cláusula adicional.
En caso de incapacidad permanente de Sebastián, Lorena obtenía facultades de administración sobre determinadas participaciones del Grupo Arriaga.
—Entonces quiere controlar la empresa.
—Eso pensé.
El abogado abrió otra carpeta.
—Hasta que encontré esto.
Era una solicitud presentada ocho años atrás.
Exactamente doce días antes de su boda.
Sebastián leyó el nombre del solicitante.
Mauricio Ferrer.
—No entiendo.
—Solicitó acceso a unos expedientes médicos de tu padre.
Sebastián levantó la mirada.
Su padre, Ricardo Arriaga, había muerto nueve años atrás después de una enfermedad repentina.
—¿Por qué un oftalmólogo querría los expedientes de mi padre?
—Esa es la pregunta.
Al día siguiente llegaron los análisis del licuado.
El especialista fue cuidadoso.
—Encontramos sustancias farmacológicas que no deberían estar presentes. La exposición repetida podría explicar parte de sus síntomas y requiere evaluación médica inmediata.
Sebastián apretó el informe.
—¿Podré recuperar la vista?
—No puedo prometerlo. Pero si esta era una causa importante, suspender la exposición puede favorecer la recuperación.
Por primera vez en cuatro meses, Sebastián sintió esperanza.
Y después rabia.
Lorena había convertido su dependencia en una jaula.
Pero todavía no llamó a la policía.
Necesitaba saber quién más participaba.
Aquella noche regresó temprano.
Lorena estaba en la cocina.
—Te preparé tu licuado.
Sebastián se sentó.
Ella colocó el vaso delante de él.
Él fingió buscarlo torpemente.
Lorena añadió discretamente unas gotas cuando creyó que no podía verla.
Esta vez Sebastián sí distinguió el movimiento.
Su visión estaba mejorando.
Bebió únicamente cuando ella salió, sustituyendo el contenido por otro líquido que había preparado previamente.
Después dijo:
—Mañana quiero cambiar mi testamento.
Lorena quedó inmóvil.
—¿Por qué?
—Si termino completamente ciego, quiero dejar todo organizado.
Durante una fracción de segundo, sus ojos brillaron.
—Claro, amor.
A las once volvió al balcón.
Sebastián había dejado un teléfono grabando cerca de la puerta.
—Está funcionando —susurró Lorena—. Quiere cambiar el testamento.
Pausa.
—No. Todavía no sabe nada.
Otra pausa.
Entonces dijo algo que le heló la sangre.
—Después de ocho años, no voy a perder lo que Ricardo nos quitó.
Sebastián dejó de respirar.
Ricardo.
Su padre.
A la mañana siguiente mostró la grabación al abogado.
—Investiga a Lorena antes de que me conociera.
La respuesta tardó apenas cinco horas.
Su abogado llegó personalmente.
—Encontramos su acta de nacimiento original.
—¿Original?
—Lorena cambió legalmente un apellido antes de conocerte.
Colocó el documento frente a él.
Nombre de nacimiento:
Lorena Ferrer Mendoza.
Sebastián sintió que algo se rompía dentro de su cabeza.
—Ferrer.
—Mauricio Ferrer es su hermano mayor.
El matrimonio entero comenzó a transformarse ante sus ojos.
La casualidad con la que había conocido a Lorena.
El médico que ella recomendó cuando empezó a perder visión.
Los medicamentos.
La póliza.
Todo.
—¿Por qué se acercaron a mi familia?
—Todavía no lo sabemos.
Entonces Sebastián recordó a Ximena.
La llevó hasta una cafetería discreta donde su abogado mostró varias fotografías.
La niña señaló inmediatamente una.

—Ese.
Mauricio Ferrer.
—Es el señor de la farmacia.
Después miró otra fotografía antigua que estaba sobre la mesa.
Era Ricardo Arriaga.
Ximena frunció el ceño.
—A él también lo conozco.
Sebastián se quedó inmóvil.
—Eso es imposible. Murió antes de que tú pudieras recordarlo.
—No lo vi de verdad.
La niña abrió su mochila y sacó un sobre doblado.
—Mi tía encontró esto entre las cosas de mi papá.
Dentro había una fotografía.
Ricardo aparecía junto a un hombre mucho más joven.
Mauricio Ferrer.
Detrás de ellos había un almacén del Grupo Arriaga.
Sebastián volteó la fotografía.
Había una fecha.
Tres semanas antes de la muerte de su padre.
Y una frase escrita a mano:
“Si Ricardo habla, todos caemos.”
Sebastián sintió un escalofrío.
—¿Quién escribió esto?
Ximena negó con la cabeza.
Pero todavía quedaba algo dentro del sobre.
Una memoria USB.
—Mi papá la escondió —explicó—. Mi tía dice que él trabajó para una empresa de seguridad hace muchos años.
El abogado conectó la memoria a una computadora aislada.
Había decenas de archivos.
Facturas.
Grabaciones.
Fotografías.
Y una carpeta titulada:
ARRIAGA — PROYECTO LÁZARO.
Sebastián abrió el primer documento.
Lo leyó una vez.
Después otra.
—No puede ser.
Según aquellos archivos, años atrás su padre había financiado secretamente un proyecto médico dirigido por Mauricio Ferrer.
Después había ordenado cancelarlo.
Pero lo verdaderamente inquietante aparecía en una grabación.
La voz de Ricardo decía:
—Si alguien descubre lo que hicimos con aquellos pacientes, estamos acabados.
Otra voz respondió:
—Entonces asegúrese de que su hijo jamás encuentre los expedientes.
Sebastián reconoció inmediatamente aquella segunda voz.
Era Mauricio.
Su teléfono sonó.
Lorena.
Contestó fingiendo normalidad.
—¿Sí?
—¿Dónde estás, amor?
—En la oficina.
Hubo un silencio.
—Qué extraño.
Sebastián sintió que se le erizaba la piel.
—¿Por qué?
Lorena soltó una pequeña risa.
—Porque estoy frente a tu oficina.
Sebastián miró al abogado.
Entonces ella añadió:
—Y Sebastián…
Su tono ya no era dulce.
—Acabo de hablar con Ximena.
Sebastián se levantó de golpe.
—¿Qué le hiciste?
Lorena guardó silencio durante dos segundos.
—Nada.
Luego pronunció una frase mucho peor:
—Solo le pregunté por qué su padre guardó durante tantos años el video de la noche en que murió el tuyo.
La llamada terminó.
Y en ese mismo instante, Ximena miró por la ventana.
Su rostro perdió todo color.
—Señor Sebastián…
Un automóvil negro acababa de detenerse frente a la cafetería.
La niña comenzó a temblar.
—Ese es el coche del doctor Ferrer.