Parte 2: LOS CELOS QUE REVELARON UNA TRAICIÓN DENTRO DE SU PROPIA CASA

Elena pasó los siguientes cuarenta minutos intentando convencerse de que nada había ocurrido.

No funcionó.

Eres mía.

Las palabras de Matteo seguían resonando en su cabeza mientras reorganizaba documentos que ya estaban perfectamente ordenados.

A las diez y cuarenta y siete, Dominic apareció de nuevo.

—El señor Duca quiere verte.

—Qué sorpresa.

Dominic no sonrió.

—Elena, antes de entrar… ¿quién te hizo esa marca?

Ella levantó la mirada.

—¿Ahora tú también?

—No pregunto por celos.

Algo en su tono la hizo detenerse.

—Entonces ¿por qué?

Dominic miró hacia el pasillo.

—Porque Matteo acaba de cancelar tres reuniones y ordenó averiguar con quién estuviste anoche.

La indignación sustituyó inmediatamente a su nerviosismo.

—¿Ordenó qué?

—Y eso no es lo preocupante.

—¿Qué podría ser más preocupante?

Dominic bajó la voz.

El hombre con el que tuviste la cita utilizó un nombre falso.

Elena dejó caer el bolígrafo.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque Matteo tardó doce minutos en descubrirlo.

La puerta del estudio se abrió.

—Dominic.

La voz de Matteo bastó.

Dominic se marchó.

Elena entró y cerró la puerta.

—No tenías derecho.

Matteo permanecía junto a la ventana.

—¿A qué?

—A investigarlo.

—Se llama Adrian Cole, según te dijo.

—Sí.

—No existe ningún Adrian Cole con su fecha de nacimiento, empresa o historial académico.

Elena sintió un pequeño nudo en el estómago.

—Tal vez te equivocaste.

Matteo se volvió.

—No me equivoqué.

—¿Desde cuándo investigas las citas de tus empleados?

—Desde que un desconocido se acerca a mi asistente utilizando una identidad falsa.

—Esto no tiene que ver con protegerme.

—¿No?

Estabas celoso.

Por primera vez, Matteo no tuvo respuesta inmediata.

El silencio lo confesó por él.

Elena cruzó los brazos.

—Eso pensé.

Matteo caminó hacia el escritorio.

—¿Dónde lo conociste?

—No voy a participar en esto.

—Elena.

—Tinder.

Matteo parpadeó.

Ella casi disfrutó su expresión.

—¿Qué?

—Lo conocí en una aplicación. Cenamos. Hablamos. Me acompañó a casa. Fin.

La mirada de Matteo descendió involuntariamente hacia su cuello.

Elena cubrió la marca.

—Y esto tampoco es asunto tuyo.

Su mandíbula se endureció.

—¿Entró en tu apartamento?

—Basta.

—¿Entró?

—No.

La tensión de sus hombros disminuyó apenas.

Elena lo vio.

—Dios mío. Realmente estás celoso.

—Estoy preocupado.

—No parecías preocupado cuando dijiste que era tuya.

Matteo quedó completamente quieto.

—Eso fue…

—¿Un error?

Algo oscuro cruzó su expresión.

—No.

Aquella respuesta fue peor.

Elena sintió que el corazón se aceleraba, pero mantuvo la voz firme.

—Entonces no vuelvas a decirlo. No soy propiedad de nadie.

Matteo sostuvo su mirada.

—Tienes razón.

Ella no esperaba aquello.

—Pero tampoco voy a ignorar que un hombre mintió para acercarse a ti.

Colocó una fotografía sobre el escritorio.

Elena reconoció inmediatamente a Adrian.

Estaba entrando en un edificio industrial.

—¿Qué es esto?

—Anoche. Cuarenta minutos después de dejarte.

Matteo colocó otra fotografía.

Adrian aparecía hablando con un hombre junto a un coche.

Elena conocía ese rostro.

—Ese es…

—Victor Salerno.

El nombre convirtió su inquietud en miedo.

Incluso Elena sabía quién era.

La familia Salerno llevaba años disputando negocios y territorio a los Duca.

—¿Crees que Adrian trabaja para ellos?

—No creo nada. Sé que después de estar contigo se reunió con Salerno.

Elena recordó la cena.

Las preguntas de Adrian.

¿Trabajas muchas horas?

¿Duca suele estar en la torre los viernes?

¿Viaja mucho?

Había pensado que intentaba mostrar interés por su trabajo.

Ahora cada pregunta sonaba diferente.

—Dios mío.

Matteo se acercó.

Esta vez mantuvo distancia.

—¿Te preguntó algo sobre mí?

Ella le contó todo.

Con cada frase, el rostro de Matteo se volvió más frío.

Cuando terminó, él tomó el teléfono.

—Dominic. Quiero seguridad en el apartamento de Elena.

—No.

Matteo la miró.

—No puedes controlar mi vida.

—Alguien te utilizó para obtener información.

—Entonces llamaré a la policía.

Matteo soltó una risa breve.

—Salerno tiene policías cenando en su casa.

—Eso no significa que puedas encerrarme.

—No voy a encerrarte.

—¿Entonces?

—Te quedarás en una propiedad segura hasta que sepamos qué quería.

Elena negó con la cabeza.

—Voy a mi apartamento.

Matteo dio un paso hacia ella.

—Elena…

Su teléfono sonó.

Número desconocido.

Ella respondió antes de que Matteo pudiera impedirlo.

—¿Hola?

La voz de Adrian llegó tranquila.

—Elena, necesito explicarte algo.

Matteo extendió la mano.

Ella activó el altavoz.

—¿Tu nombre es realmente Adrian?

Silencio.

—No.

Elena cerró los ojos.

—¿Trabajas para Victor Salerno?

—Escúchame. No todo es lo que parece.

—¿Me utilizaste?

—Al principio.

Matteo se quedó inmóvil.

—¿Al principio? —repitió Elena.

—Se suponía que debía acercarme a ti para conseguir acceso a Duca. Pero cambiaron el plan.

—¿Quiénes?

—No puedo decírtelo por teléfono.

Matteo escribió rápidamente algo para Dominic.

—Entonces no vuelvas a llamarme.

—¡Elena, espera! La marca de tu cuello no es lo que crees.

Su mano subió automáticamente.

Matteo frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Adrian respiró con dificultad.

—Anoche, cuando salimos del restaurante, alguien me estaba siguiendo. Necesitaba acercarme lo suficiente para decirte algo sin que pudieran leer mis labios.

Elena recordó el momento.

Adrian inclinándose hacia ella en el coche.

Su boca junto a su cuello.

Ella había pensado que era un gesto impulsivo.

—¿Qué me dijiste?

—Que revisaras tu bolso.

Elena palideció.

No lo había oído.

Corrió hasta su escritorio y vació el bolso.

Cartera.

Llaves.

Cosméticos.

Un pequeño espejo.

Y algo que no reconoció.

Un diminuto dispositivo negro adherido debajo del forro.

Matteo lo vio.

Toda emoción desapareció de su rostro.

Lo tomó cuidadosamente.

—Rastreador.

Adrian continuó:

—No lo puse yo.

—¿Quién? —exigió Matteo.

La voz al otro lado quedó en silencio.

—Así que estás escuchando, Duca.

—Dime quién la marcó.

—El dispositivo apareció antes de nuestra cita. Alguien lleva semanas siguiendo sus movimientos.

Matteo miró a Elena.

—¿Salerno?

—No.

—Entonces ¿quién?

Adrian respiró profundamente.

Alguien de tu propia organización.

La habitación quedó inmóvil.

Matteo habló muy despacio.

—Nombre.

—No lo tengo. Pero tengo algo mejor.

—¿Qué?

—Una grabación.

El teléfono de Elena recibió un archivo.

Matteo lo reprodujo.

Primero hubo estática.

Después dos voces masculinas.

Una era desconocida.

La segunda hizo que Elena sintiera que se le helaba la sangre.

La escuchaba prácticamente todos los días.

—¿Cuándo la entregamos? —preguntaba el desconocido.

La voz conocida respondió:

—Todavía no. Duca confía demasiado en ella. Mientras Elena permanezca a su lado, tenemos acceso a todo.

Elena miró hacia la puerta.

Matteo ya tenía una mano en el teléfono.

Porque ambos habían reconocido al hombre.

Dominic Rossi.

Entonces el picaporte comenzó a girar desde el otro lado.

Y la voz de Dominic sonó en el pasillo.

—Matteo, abre. Tenemos un problema con Elena.

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