PARTE 2: MI HIJO ME ECHÓ DE LA CASA QUE YO HABÍA PAGADO PARA COMPLACER A SU ESPOSA, PERO CUANDO DESCUBRIÓ QUIÉN ERA EL VERDADERO DUEÑO YA HABÍA PERDIDO MUCHO MÁS QUE SUS LUJOS.

Rodrigo llamó treinta veces.

Don Eusebio no respondió ninguna.

A la llamada número treinta y uno, apagó el teléfono y continuó desayunando frente a la ventana del hotel.

Mateo, sentado al otro lado de la mesa, observó la pantalla.

—¿No quiere saber qué tiene que decir?

Don Eusebio untó mantequilla sobre una rebanada de pan.

—Sé exactamente qué quiere decir.

—¿Qué?

Que todo fue un malentendido.

Mateo bajó la mirada para ocultar una sonrisa.

A las nueve llegó el licenciado Camilo Serrano.

Traía una carpeta gruesa.

—La notificación fue entregada correctamente. Tienen treinta días para desalojar.

Don Eusebio asintió.

—¿Y la auditoría?

La expresión del abogado se volvió seria.

—Tenemos un problema mayor del que pensábamos.

Abrió la carpeta.

Durante los últimos dieciocho meses, Rodrigo había utilizado dos empresas del grupo familiar para pagar gastos personales.

Restaurantes.

Hoteles.

Viajes.

Ropa de diseñador.

Servicios para las redes sociales de Fabiola.

Hasta allí, Eusebio ya lo sabía.

Lo nuevo estaba en la siguiente página.

—Encontramos tres contratos con su firma —dijo Camilo.

Don Eusebio se puso las gafas.

Miró el primer documento.

Luego el segundo.

Su expresión no cambió.

—Yo nunca firmé esto.

—Lo sabemos.

La firma era buena.

Pero no perfecta.

Rodrigo había cometido un error mínimo: Eusebio siempre añadía un pequeño trazo debajo de la última letra de su apellido cuando firmaba documentos corporativos.

En aquellos contratos no aparecía.

—¿Cuánto? —preguntó.

Seis millones cuatrocientos mil pesos.

Mateo dejó la taza sobre la mesa.

Don Eusebio permaneció en silencio.

No era la cantidad lo que más le dolía.

Era comprender que Rodrigo no había empezado a abusar de su confianza aquella mañana en la cocina.

Solo había dejado de esconderlo.


Esa misma tarde, Rodrigo apareció en el hotel.

Fabiola venía detrás.

Ya no llevaba la expresión arrogante de dos días antes.

—Papá.

Don Eusebio siguió sentado.

—¿Qué necesitas?

Rodrigo parpadeó.

—Tenemos que hablar.

—Habla.

—En privado.

—El licenciado Serrano se queda.

Fabiola perdió la paciencia.

—¿De verdad necesitas un abogado para hablar con tu propio hijo?

Eusebio la miró.

—Después de revisar mis cuentas, sí.

Rodrigo se sentó.

—Lo de la casa fue una exageración.

—Me echaste.

—Estaba enfadado.

—Me dijiste que era tu casa.

—Es una forma de hablar.

—Me ordenaste servir a tu esposa.

Rodrigo apretó la mandíbula.

—Papá, no podemos destruir una familia por unos zapatos.

Eusebio inclinó ligeramente la cabeza.

Nunca fue por los zapatos.

Sacó una copia de los gastos.

La dejó frente a ellos.

Fabiola reconoció inmediatamente algunas cifras.

—Eso son gastos normales.

—Novecientos doce mil pesos.

—Yo trabajo con mi imagen.

—Entonces págala con tu dinero.

Fabiola se puso roja.

Rodrigo intervino.

—Voy a devolverlo.

—¿Con qué?

Silencio.

—Tu salario declarado no alcanza ni para cubrir la mitad de lo que habéis gastado este año.

—Encontraré la manera.

—Eso espero.

Rodrigo respiró hondo.

—Entonces reactivas las tarjetas y nos das tiempo.

—No.

—Papá…

—No.

Era la misma palabra que Rodrigo había creído tener derecho a utilizar contra él.

Ahora parecía incapaz de soportarla.

Fabiola se levantó.

—Vámonos. Está disfrutando esto.

Don Eusebio la miró.

—No, señora Montes. Si lo estuviera disfrutando, significaría que todavía me importa verla perder lo que nunca fue suyo.

Ella quedó inmóvil.

Rodrigo también.

Eusebio continuó:

—Lo único que quiero ahora es saber cuánto me robaron.

—¡Nadie te robó! —gritó Rodrigo.

Camilo abrió la segunda carpeta.

—Entonces quizá pueda explicarnos estas firmas.

La furia desapareció del rostro de Rodrigo.

Fue apenas un segundo, pero Eusebio lo vio.

—¿Qué firmas?

Camilo deslizó los contratos hacia él.

Rodrigo no los tocó.

—No sé nada de eso.

—Curioso —respondió el abogado—. Dos pagos terminaron en una sociedad donde usted aparece como administrador.

Fabiola giró lentamente hacia su marido.

—¿Qué sociedad?

Rodrigo se levantó.

—Nos vamos.

—Rodrigo —insistió ella—, ¿qué sociedad?

—He dicho que nos vamos.

Salieron discutiendo.

Don Eusebio los vio desaparecer detrás de las puertas del ascensor.

Después miró a Camilo.

—Ella no sabía.

—Eso parece.

Aquello complicaba las cosas.

Porque significaba que Rodrigo llevaba una vida financiera secreta incluso para Fabiola.


Tres días después ocurrió algo inesperado.

Fabiola llamó directamente a Eusebio.

—Necesito verlo.

—Habla con mi abogado.

—No puedo.

Su voz temblaba.

—Encontré algo de Rodrigo.

Una hora después llegó sola al despacho de Camilo.

Sin joyas.

Sin tacones llamativos.

Sin maquillaje elaborado.

Dejó una computadora portátil sobre la mesa.

—Rodrigo tiene otra cuenta.

Camilo la abrió.

Fabiola había encontrado archivos escondidos en un respaldo.

Había transferencias, facturas y documentos relacionados con propiedades que ninguno reconocía.

—Pensé que todo el dinero venía del fideicomiso —admitió ella.

Eusebio la miró.

—Eso no la hace inocente.

—Lo sé.

Por primera vez, Fabiola no discutió.

—Pero tampoco pienso hundirme por algo que él hizo a mis espaldas.

Camilo abrió una carpeta titulada PROYECTO T.

Dentro había documentos sobre varios inmuebles de don Eusebio.

Uno de ellos hizo que el anciano se quedara inmóvil.

Era el antiguo taller de la colonia Doctores.

El primer negocio que había construido con Teresa.

Nunca lo había vendido.

Nunca había permitido que nadie lo hipotecara.

Sin embargo, frente a él había un contrato preliminar para transferirlo a una empresa desconocida.

La operación debía cerrarse en doce días.

—¿Quién es el comprador? —preguntó.

Camilo buscó los datos societarios.

—Inversiones Altamira.

Fabiola negó con la cabeza.

—Nunca escuché ese nombre.

Don Eusebio siguió leyendo.

Entonces encontró algo peor.

El contrato afirmaba que él había autorizado a Rodrigo a negociar en su nombre mediante un poder notarial.

—Ese poder no existe.

Camilo palideció.

—Entonces tenemos una falsificación mucho más seria.

Fabiola se llevó una mano a la boca.

—Rodrigo dijo que cuando cerrara «la operación grande» ya no necesitaríamos depender de usted.

Eusebio levantó los ojos.

—¿Cuándo dijo eso?

—Hace dos semanas.

Antes de que pudiera responder, el teléfono de Camilo sonó.

Era el notario encargado de revisar el expediente.

El abogado escuchó en silencio.

Su expresión fue endureciéndose.

—Entiendo. No haga absolutamente nada hasta que lleguemos.

Colgó.

—¿Qué ocurrió? —preguntó Eusebio.

Camilo cerró lentamente el portátil.

—El poder notarial no solo existe en el expediente.

—Acabo de decirte que nunca lo firmé.

—Lo sé.

—Entonces es falso.

—Eso pensaba.

Camilo respiró hondo.

—Pero fue protocolizado hace ocho meses con identificación, huellas y dos testigos.

Eusebio se quedó helado.

—Imposible.

—Hay más.

El abogado giró la pantalla.

Apareció una copia digitalizada.

Eusebio reconoció inmediatamente la fecha.

Era el aniversario de la muerte de Teresa.

Aquel día había pasado la mañana completa en el cementerio.

—Yo no estuve en ninguna notaría.

—Precisamente.

Camilo amplió los nombres de los testigos.

El primero no significaba nada.

El segundo sí.

Don Eusebio dejó de respirar.

Era una persona que conocía desde hacía más de treinta años.

Una persona que tenía acceso a sus documentos.

Alguien que había comido en su mesa, celebrado los cumpleaños de Rodrigo y acompañado a la familia durante el funeral de Teresa.

Mateo, que hasta entonces había permanecido junto a la puerta, se acercó.

Leyó el nombre.

Su rostro cambió.

—Don Eusebio…

El anciano levantó una mano.

Entonces sonó su propio teléfono.

Era Rodrigo.

Esta vez contestó.

—¿Qué quieres?

Del otro lado no hubo arrogancia.

Solo una respiración agitada.

—Papá, tienes que escucharme antes de hablar con Camilo.

Eusebio miró el nombre del testigo otra vez.

—Ya estoy con él.

Silencio.

—Entonces ya encontraste el poder.

—Sí.

Rodrigo soltó una maldición.

—Papá, yo no falsifiqué ese documento.

—¿Esperas que te crea?

—No. Pero tienes que creer esto.

La voz de Rodrigo descendió hasta convertirse en un susurro.

—La persona que preparó ese poder también manejaba los asuntos de mamá antes de que muriera.

Don Eusebio sintió un escalofrío.

—¿Qué tiene que ver Teresa con esto?

Rodrigo tardó varios segundos en responder.

—Todo.

Y entonces pronunció una frase que hizo que don Eusebio olvidara incluso respirar.

—Papá, mamá descubrió lo que estaban haciendo con tus propiedades antes de morir. Por eso dejó una segunda escritura que nadie debía encontrar.

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