Gu Yanzhou no se marchó inmediatamente.
Sostenía el ramo de trescientos ochenta yuanes entre las manos, pero sus ojos seguían clavados en mí.
Su Hang tampoco se movió.
Yo señalé educadamente hacia la puerta.
—¿Necesitan algo más?
La señora Zhang fingió ordenar las mesas de su negocio mientras escuchaba descaradamente desde el local vecino.
Finalmente, Su Hang preguntó:
—¿No quieres saber para quién son las flores?
Seguí limpiando las tijeras con un paño.
—No.
—Su Yan…
—Señor Su, cuando un cliente compra flores, no tengo costumbre de investigar su vida privada.
El tratamiento formal hizo que su expresión se endureciera.
Seis años atrás, yo corría detrás de él llamándolo hermano.
Ahora era simplemente señor Su.
Gu Yanzhou bajó la mirada hacia las rosas.
—Son para nuestra abuela.
Mis dedos se detuvieron.
Solo un instante.
Después continué limpiando.
—Entonces espero que le gusten.
Su Hang me observaba como si estuviera esperando algo más.
Dolor.
Preguntas.
Tal vez incluso que preguntara cómo estaba ella.
No obtuvo nada.
—Hoy cumple ochenta años —añadió.
—Felicidades.
—Su Yan, ella pregunta por ti.
Esta vez levanté la cabeza.
—Eso debería haberlo pensado seis años atrás.
El silencio cayó sobre la pequeña tienda.
Su Hang palideció.
Gu Yanzhou habló con voz baja.
—Tu abuela no sabía que te habían echado.
Me reí.
—¿Ahora resulta que nadie sabía nada?
Dejé el paño sobre el mostrador.
—Mi padre no sabía. Mi abuela no sabía. Tú probablemente tampoco sabías. Dentro de poco me diréis que aquella noche toda la familia Su estaba dormida mientras yo salía de Beicheng con una maleta.
La mandíbula de Su Hang se tensó.
—Yo sí sabía.
Lo miré.
—Ya lo sé.
Porque había sido él quien puso aquella maleta frente a mí.
Recordaba perfectamente la lluvia golpeando las ventanas de la mansión Su.
Mi padre no quiso verme.
Mi madrastra permaneció arriba.
Y Su Hang, con veintiséis años y una expresión glacial, me entregó una tarjeta bancaria.
—Aquí tienes doscientos mil yuanes. Vete de Beicheng.
Yo no acepté el dinero.
Él tampoco intentó detenerme.
Durante seis años, aquello había sido suficiente respuesta.
—Entonces no tenemos nada que hablar.
Su Hang bajó la voz.
—Me equivoqué.
La señora Zhang dejó caer algo en el local vecino.
Yo permanecí inmóvil.
No porque sus palabras me emocionaran.
Sino porque nunca imaginé escucharlas.
—¿Qué dijiste?
—Que me equivoqué.
Sus ojos estaban ligeramente rojos.
—Sobre ti. Sobre lo que ocurrió entonces.
Gu Yanzhou lo miró.
Parecía evidente que aquella conversación tampoco estaba en sus planes.
Yo sonreí.
—Seis años para descubrirlo. No eres especialmente rápido.
—Su Yan…
—Tengo trabajo.
Tomé una maceta.
—Las flores están pagadas. Que tengan buen viaje.
Esta vez Gu Yanzhou agarró a Su Hang del hombro antes de que pudiera insistir.
—Vamos.
Los dos salieron.
El Maybach permaneció frente a la tienda durante casi un minuto.
Después desapareció por la carretera.
Solo entonces la señora Zhang apareció.
—Xiao Su.
—No preguntes.
—No iba a preguntar.
La miré.
Ella aguantó exactamente tres segundos.
—¿Cuál de los dos era el prometido?
Suspiré.
—Señora Zhang.
—Bueno, bueno. No pregunto.
Se marchó murmurando:
—Pero el del traje gris te miraba como si le debieras una vida.
Yo también lo había notado.
Y precisamente por eso me sentía incómoda.
A las siete cerré la tienda.
Normalmente cenaba un cuenco de fideos y después daba un paseo junto al río.
Aquella noche no tuve apetito.
Estaba bajando la persiana cuando escuché una voz detrás.
—Su Yan.
Me giré.
Gu Yanzhou estaba solo.
Se había quitado la chaqueta del traje y llevaba las mangas de la camisa remangadas.
El Maybach no estaba.
—La tienda está cerrada.

—No vengo a comprar flores.
—Entonces has elegido mal lugar.
Pasé junto a él.
Gu Yanzhou caminó detrás de mí.
—¿Dónde vives?
Me detuve.
—Eso ya no es asunto tuyo desde hace seis años.
Su rostro se volvió rígido.
—Solo quiero hablar.
—Yo no.
Seguí caminando.
—La familia Su te está buscando.
Mis pasos disminuyeron.
—Ya me encontraron esta tarde.
—No hablo de Su Hang.
Me giré.
—¿Entonces?
Gu Yanzhou me observó durante unos segundos.
—Tu padre sufrió un infarto hace tres semanas.
No sentí lo que esperaba sentir.
Ni tristeza.
Ni alegría.
Solo una especie de vacío antiguo.
—Lo siento.
—Está estable.
Asentí.
—Me alegro.
Intenté marcharme.
—Antes de entrar al hospital —continuó— ordenó encontrar a Su Qing.
Mi espalda se puso rígida.
Aquel nombre no era el mío.
Su Qing era la hija de mi madrastra.
La niña perfecta de la familia Su.
La persona por la que había comenzado todo seis años atrás.
Me volví lentamente.
—¿Y qué tiene que ver conmigo?
—Su Qing desapareció.
Fruncí el ceño.
—¿Cuándo?
—Hace dos meses.
Aquello sí me sorprendió.
—¿Qué pasó?
—Nadie lo sabe.
—Entonces llamad a la policía.
—Lo hicieron.
Gu Yanzhou hizo una pausa.
—Pero antes de desaparecer dejó una carta.
Un extraño presentimiento me recorrió la espalda.
—¿Qué decía?
—Tu nombre.
No respondí.
Gu Yanzhou sacó el teléfono.
Me mostró una fotografía de una hoja escrita a mano.
Reconocí la letra inmediatamente.
Había vivido bajo el mismo techo con Su Qing durante diecisiete años.
La primera línea decía:
«Si algo me sucede, buscad a Su Yan. Ella fue la única persona inocente aquella noche.»
Sentí que el ruido del río desaparecía.
Le quité el teléfono de las manos.
—¿Qué significa esto?
—Eso intentamos descubrir.
Leí la siguiente línea.
«Lo que ocurrió hace seis años no fue culpa suya. Mamá me obligó a mentir.»
Mis dedos comenzaron a enfriarse.
Seis años atrás, Su Qing había aparecido llorando durante la fiesta de compromiso.
Su collar de esmeraldas había desaparecido.
Lo encontraron en mi habitación.
Después apareció una transferencia de dinero desde una cuenta familiar hacia una cuenta que supuestamente estaba a mi nombre.
Mi madrastra me acusó de robar.
Su Qing aseguró haberme visto entrar en el despacho de mi padre.
Gu Yanzhou rompió nuestro compromiso aquella misma noche.
Su Hang me expulsó de casa.
Y yo me marché sin poder demostrar nada.
—¿Por qué no me enseñasteis esto esta tarde?
—Porque Su Hang quería verte primero.
—¿Para comprobar si seguía siendo suficientemente miserable?
—No.
La respuesta fue inmediata.
Gu Yanzhou me miró fijamente.
—Porque él descubrió algo más.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿Qué?
—La cuenta bancaria donde apareció aquel dinero nunca estuvo a tu nombre.
Me quedé inmóvil.
—Eso es imposible.
Yo había visto los documentos.
Mi nombre.
Mi documento de identidad.
Mi firma.
—Era falsa —dijo.
—¿Qué cosa?
—Tu firma.
Sentí que el aire se volvía pesado.
Gu Yanzhou continuó:
—Su Hang contrató a alguien para revisar los archivos antiguos después de la desaparición de Su Qing.
Sacó una carpeta fina que había llevado bajo el brazo.
—Encontró el expediente original.
No quise tocarlo.
—¿Por qué ahora?
—Porque tu padre está modificando su testamento.
Aquello me hizo reír.
—Eso sí que no tiene nada que ver conmigo.
—Tiene todo que ver contigo.
Gu Yanzhou abrió la carpeta.
Había una prueba de ADN.
Vi primero el apellido Su.
Después mi nombre.
Y finalmente una cifra:
99,98 %.
Levanté la cabeza.
—¿Qué significa esto?
Gu Yanzhou no respondió inmediatamente.
Pasó otra página.
—La mujer que tú creías que era tu madre murió cuando eras pequeña, ¿verdad?
—Sí.
—Eso fue lo que te dijeron.
Sentí que algo se cerraba alrededor de mi pecho.
—Yanzhou.
Era la primera vez en seis años que decía su nombre sin tratarlo como un desconocido.
Su expresión cambió.
—Dime qué está pasando.
Él bajó la voz.
—Su Yan, tu expulsión de Beicheng posiblemente nunca tuvo que ver con aquel collar.
—¿Entonces con qué?
—Con quién eras realmente.
Antes de que pudiera preguntar, un coche frenó violentamente junto a nosotros.
Su Hang salió del asiento trasero.
Ya no tenía la expresión contenida de aquella tarde.
Estaba pálido.
—Yanzhou, no se lo digas aquí.
—Ya ha visto la prueba.
Su Hang cerró los ojos.
—¿Qué prueba? —exigí.
Ninguno respondió.
Entonces el teléfono de Su Hang sonó.
Miró la pantalla y contestó.
—¿Qué?
Su expresión cambió.
—¿Dónde?
Escuchó unos segundos.
Después me miró directamente.
—Entiendo. No dejéis que nadie toque nada.
Colgó.
—¿Qué pasó?
Su Hang tragó saliva.
—Encontraron a Su Qing.
Mi pecho se tensó.
—¿Está viva?
No contestó aquella pregunta.
En cambio, extendió lentamente la mano.
Sostenía una fotografía que acababan de enviarle.
Mostraba una vieja caja fuerte abierta.
Dentro había documentos familiares y una fotografía de dos mujeres jóvenes.
Una era mi supuesta madre.
Reconocí a la otra inmediatamente.
Mi madrastra.
En el reverso de la fotografía había una frase escrita veinte años atrás:
«NINGUNA DE LAS DOS PUEDE PERMITIR QUE SU YAN DESCUBRA QUIÉN ES SU VERDADERA MADRE.»
Miré a Su Hang.
—¿Qué demonios significa esto?
Pero fue Gu Yanzhou quien respondió.
Y las siguientes palabras hicieron que los seis años anteriores cambiaran completamente de significado.
—Significa que quizá no te expulsaron de la familia Su porque creyeran que eras una ladrona.
Hizo una pausa.
—Quizá te expulsaron porque alguien descubrió que estabas demasiado cerca de demostrar que eras la verdadera heredera.