A la mañana siguiente, Alejandro me llamó diecisiete veces.
No contesté.
A la decimoctava llamada llegó un mensaje.
“Mariana, tenemos que hablar. Paola está haciendo un escándalo por lo de la casa.”
Me reí.
Paola estaba haciendo un escándalo.
No él.
No el hombre que había instalado a su amante en un penthouse y preparado un divorcio donde pretendía dejarme sin nada.
Paola.
Dos horas después llamó mi abogado, el licenciado Herrera.
—Ya revisé el convenio que querían hacerte firmar.
—¿Y?
—Alejandro mintió en la declaración patrimonial.
Aquello era más grave de lo que imaginaba.
No solo había presentado nuestra casa como propiedad suya.
También había incluido mi coche entre sus activos y lo había utilizado meses antes como garantía personal para conseguir financiación.
—¿Puede hacer eso?
—No sin tu autorización.
Sentí un frío extraño.
—Yo nunca firmé nada.
Herrera guardó silencio.
—Precisamente por eso tenemos un problema.
Me envió una copia del contrato.
Al final aparecía mi nombre.
Mariana Torres.
Y debajo, una firma.
Parecía la mía.
Pero no lo era.
Entonces entendí por qué Alejandro tenía tanta prisa por divorciarse.
Aquello ya no era solamente una infidelidad.
Alguien había utilizado mi identidad.
Esa tarde fui a la casa que mis padres me habían comprado antes de casarme.
Alejandro estaba allí.
También Paola.
Ella estaba sentada en mi sofá con los brazos cruzados.
—Por fin —dijo—. Tenemos que resolver esto.
La miré.
—¿Tenemos?
Alejandro intervino.
—Mariana, basta.
Dejé una carpeta sobre la mesa.
—Estoy de acuerdo.
Él pareció relajarse.
—Entonces podemos negociar.
—No vine a negociar.
Saqué la escritura.
—La casa es mía.
Después, la factura y el registro del coche.
—El vehículo también.
Luego coloqué el contrato de financiación.
La expresión de Alejandro cambió.
—¿Dónde conseguiste eso?
Esa pregunta fue suficiente.
No preguntó qué era.
Sabía perfectamente qué documento tenía delante.
—Explícame mi firma.
Paola miró a Alejandro.
—¿Qué firma?
Él se levantó.
—Mariana, podemos solucionar esto entre nosotros.
—Ya no.
Saqué mi teléfono.
—Mi abogado presentará mañana la documentación correspondiente.
Paola se puso de pie.
—Alejandro, ¿qué hiciste?
Él perdió la paciencia.
—¡Cállate!
Fue la primera vez que vi desaparecer la expresión triunfal de Paola.
Entonces ocurrió algo todavía mejor.
Ella agarró su bolso.
—Pues yo me voy al penthouse.
Alejandro soltó una risa amarga.
—¿A cuál?
Paola se detuvo.
—¿Qué quieres decir?
Lo miré con curiosidad.
Alejandro cerró los ojos.
Y entonces comprendí.
—No me digas que también mentiste sobre ese apartamento.
Paola se volvió lentamente hacia él.
—Me dijiste que lo habías comprado para nosotros.
—Está rentado.
Silencio.
—¿Rentado?
—La empresa paga parte del alquiler.
La cara de Paola fue inolvidable.
Durante meses había presumido una casa que no poseía, un coche que pertenecía a la esposa de su amante y una fortuna que Alejandro tampoco controlaba realmente.
Pero todavía faltaba lo mejor.

Mi padre había financiado la creación de la primera empresa de Alejandro siete años atrás.
Cuando murió, sus participaciones pasaron a un fideicomiso.
Yo nunca había intervenido porque quería que mi esposo sintiera que había construido su carrera por sí mismo.
Alejandro había terminado creyéndose su propia mentira.
El licenciado Herrera había revisado los documentos.
El fideicomiso conservaba una participación decisiva en la sociedad que controlaba varias de sus empresas.
Yo era la beneficiaria.
Cuando se lo expliqué, Alejandro se dejó caer lentamente en el sofá.
—Eso no puede ser.
—Lo es.
—Tu padre me dijo que aquella inversión era un regalo.
—No. Te dijo que confiaba en ti.
Me acerqué.
—Tú decidiste interpretar ambas cosas como si significaran lo mismo.
Paola miraba de uno a otro.
—¿Entonces ella puede sacarte de la empresa?
—No exactamente —respondí—. Pero puedo exigir una auditoría.
Eso sí lo asustó.
Y pronto descubrí por qué.
La auditoría reveló gastos personales cargados a cuentas corporativas: hoteles, viajes, joyas, restaurantes y parte del alquiler del penthouse.
Muchos estaban relacionados con Paola.
Alejandro no terminó en la ruina de un día para otro.
La realidad fue mucho menos cinematográfica y bastante más dolorosa.
El consejo le retiró facultades mientras investigaban los gastos.
Tuvo que devolver dinero.
El coche regresó a mi garaje.
Paola abandonó el penthouse cuando descubrió que nadie iba a seguir pagando su nueva vida.
Y el divorcio finalmente se firmó.
Esta vez con otro convenio.
El día que Alejandro vino a recoger sus últimas cajas, se quedó mirando la sala vacía.
—¿Alguna vez pensaste perdonarme?
—Muchas veces.
Levantó la mirada con esperanza.
Terminé la frase.
—Hasta que entendí que perdonarte no significaba seguir casada contigo.
Tomó sus cosas.
Antes de salir, miró la escritura que yo había dejado sobre la mesa.
—Supongo que al final todo era tuyo.
Negué.
—Ese fue siempre tu problema, Alejandro.
Abrí la puerta.
—Pensabas que el matrimonio consistía en averiguar de quién eran las cosas.
Él bajó la mirada.
—¿Y no?
—No. Consistía en saber quién estaba contigo cuando todavía no tenías nada.
Salió sin responder.
Cerré la puerta.
Y aquella vez nadie tuvo que preguntarme quién era la señora de la casa.