PARTE 2: SEBASTIÁN PROMETIÓ ENCONTRAR A LA MADRE DE ABRIL, PERO AL SEGUIR LA CAMIONETA DESCUBRIÓ QUE NICANOR NO LA HABÍA SECUESTRADO SOLO POR UNA DEUDA.

Sebastián no hacía promesas con facilidad.

Mucho menos a los niños.

Por eso, cuando le dijo a Abril que encontraría a su madre, Tomás comprendió que la mañana acababa de cambiar por completo.

—Necesito la ruta de esa camioneta —ordenó Sebastián.

—Ya estoy trabajando en eso.

Mariana Solís llegó veinte minutos después acompañada por una trabajadora de protección infantil.

Sebastián la apartó antes de que pudiera acercarse a Abril.

—La niña no sale de aquí hasta que encontremos a su madre.

Mariana arqueó una ceja.

—Tú no decides eso.

—Entonces consigue que legalmente pueda quedarse bajo nuestra protección mientras investigan.

—Sebastián…

—Hazlo.

Mariana lo estudió durante un instante.

Lo conocía desde hacía quince años.

Había defendido sus empresas, cerrado acuerdos imposibles y evitado que algunos de sus enemigos utilizaran los tribunales contra él.

Pero nunca lo había visto así.

—¿Qué te dijo esa niña?

Sebastián miró hacia la cafetería.

Abril dibujaba sobre una servilleta.

—Me preguntó si era difícil de querer.

Mariana dejó de discutir.


Tomás reconstruyó la ruta de la camioneta utilizando cámaras privadas de comercios cercanos.

A las 7:26 había cruzado la avenida Colón.

A las 7:41 apareció cerca de un almacén abandonado.

Después desapareció.

—¿Propiedad de quién? —preguntó Sebastián.

Tomás deslizó un documento sobre la mesa.

Funes Administraciones.

Sebastián se levantó.

—Vamos.

Mariana bloqueó su camino.

—No.

—Muévete.

—Si entras allí como acostumbras, cualquier evidencia puede quedar comprometida.

—Mariela podría estar dentro.

—Por eso ya estoy coordinando con las autoridades.

Sebastián apretó la mandíbula.

Treinta años atrás, nadie había llegado rápido cuando él necesitaba ayuda.

La espera seguía pareciéndole otra forma de abandono.

Pero miró a Abril.

No podía prometerle recuperar a su madre y después destruir la posibilidad de que alguien respondiera legalmente por lo ocurrido.

—Cinco minutos —dijo.

Mariana negó.

—Hasta que lleguen.

Sebastián aceptó.

Apenas.


El almacén parecía vacío.

La camioneta blanca estaba estacionada detrás.

Los agentes aseguraron el lugar antes de entrar.

Sebastián esperó afuera con Tomás.

Pasaron nueve minutos.

Después doce.

Finalmente apareció un detective.

—Encontramos señales de que hubo alguien retenido dentro.

Sebastián sintió un peso en el pecho.

—¿Mariela?

—No está.

—¿Entonces dónde está?

El detective mostró una brida cortada y un bolso femenino.

Dentro había una identificación.

MARIELA MENDOZA.

También encontraron sangre, pero no suficiente para saber qué había ocurrido.

Sebastián llamó inmediatamente a Tomás.

—Encuentra a Nicanor.

—Ya tenemos una dirección.

—Vamos.

—Sebastián —advirtió Mariana.

Él se volvió.

—Esta vez esperaré a la policía.

Sus ojos se endurecieron.

—Pero no voy a esperar sentado.


Nicanor Funes no estaba en su casa.

Tampoco en sus oficinas.

Parecía haber desaparecido.

Sin embargo, al revisar legalmente el almacén, los investigadores encontraron algo que cambió el caso.

Una carpeta metálica.

Dentro había copias de escrituras, contratos de alquiler y pagarés.

Decenas de familias.

Todas endeudadas con Nicanor.

Muchas habían perdido propiedades.

Otras aparecían como responsables de préstamos que aseguraban no haber solicitado.

Mariana examinó varias páginas.

—Esto no es un prestamista abusivo.

—¿Qué es?

—Una estructura de fraude.

Entonces encontró el apellido Mendoza.

Sacó una carpeta.

Mariela había firmado un contrato por una deuda de treinta y ocho mil pesos.

Pero adjunto había otro documento.

Supuestamente autorizaba la transferencia de una pequeña propiedad en las afueras de Monterrey.

—Abril dijo que dormían en un coche —murmuró Sebastián—. ¿Qué propiedad podían tener?

Mariana continuó leyendo.

Su expresión cambió.

—No pertenecía a Mariela.

—¿Entonces?

—A su padre.

La propiedad había quedado atrapada durante años en una sucesión sin terminar.

A primera vista no valía demasiado.

Hasta que Tomás buscó la ubicación.

—Jefe.

Giró la computadora.

Un proyecto industrial estaba previsto exactamente alrededor de aquellos terrenos.

Varias empresas habían comenzado a comprar parcelas.

El precio se había multiplicado.

—¿Cuánto vale ahora? —preguntó Sebastián.

Tomás hizo el cálculo.

—Potencialmente millones.

Sebastián comprendió.

—Nicanor no quería cobrarle una deuda.

Mariana asintió.

Quería que Mariela firmara la propiedad.

Y ella había encontrado los documentos que demostraban el fraude.


Sebastián regresó a la terminal al caer la tarde.

Abril seguía allí bajo supervisión.

Cuando lo vio, corrió hacia él.

—¿Encontró a mi mamá?

Sebastián se arrodilló.

Odiaba aquella parte.

—Todavía no.

Los ojos de Abril se llenaron de lágrimas.

—Entonces se fue.

—No.

—Ella dijo que volvería.

—Y está intentando hacerlo.

Abril bajó la cabeza.

—Tal vez don Nicanor le hizo algo porque yo conté lo de los papeles.

—Mírame.

La niña levantó lentamente los ojos.

Nada de esto es culpa tuya.

Abril se secó las mejillas.

Después abrió su mochila.

—Mi mamá me dijo que si pasaba algo tenía que cuidar esto.

Sacó el oso de peluche sin un ojo.

Sebastián frunció el ceño.

—¿El oso?

Abril asintió.

—Dijo que nunca lo perdiera.

Tomás examinó el juguete.

Notó una costura reciente en la espalda.

Mariana autorizó que se documentara antes de abrirla cuidadosamente.

Dentro encontraron una memoria USB.

Sebastián miró a Abril.

Mariela no había abandonado a su hija al azar.

La había dejado en el lugar más público que pudo encontrar mientras intentaba mantener aquella prueba lejos de Nicanor.

La memoria contenía fotografías de documentos, grabaciones y listas de propiedades.

También había varios audios.

En uno, Nicanor hablaba con un hombre desconocido.

—La Mendoza encontró el archivo completo.

—Entonces recupéralo.

—¿Y la niña?

Hubo una pausa.

Sebastián sintió cómo se le endurecía el rostro.

La respuesta llegó:

—La niña no importa. Lo importante es saber dónde escondió la copia.

Mariana detuvo el audio.

—Esto se entrega inmediatamente a los investigadores.

Pero Tomás estaba mirando otra carpeta.

—Jefe…

—¿Qué?

—Hay nombres.

Sebastián se acercó.

Funcionarios.

Abogados.

Empresarios.

Un policía.

Nicanor no trabajaba solo.

Entonces vio un apellido que conocía demasiado bien.

Luján.

Sebastián tomó el ordenador.

—¿Qué demonios es esto?

Había una sociedad registrada dieciocho años atrás.

Uno de los accionistas originales llevaba su apellido.

No era Sebastián.

Era Héctor Luján, su tío.

El hombre que lo había recogido de la calle cuando tenía catorce años.

El hombre que le había enseñado cómo funcionaba el poder.

Y el hombre sobre cuya primera empresa Sebastián había construido después su propio imperio.

Mariana lo miró.

—¿Sabías algo de esto?

—No.

Por primera vez aquella tarde, ella pareció creerle inmediatamente.

Tomás abrió otra grabación.

La voz de Nicanor volvió a escucharse.

Esta vez hablaba con alguien al teléfono.

«Luján no puede enterarse de que la niña está involucrada.»

Sebastián frunció el ceño.

Después llegó la respuesta.

Una voz masculina.

Vieja.

Profunda.

Inconfundible.

Sebastián dejó de respirar.

Héctor Luján llevaba once años oficialmente muerto.

Pero Sebastián reconocería aquella voz incluso después de cincuenta.

—Mantén a Sebastián lejos —ordenaba Héctor en la grabación—. Si ve a Abril, hará preguntas. Y si hace preguntas, terminará descubriendo quién es realmente esa niña.

Nadie habló.

Sebastián miró lentamente hacia Abril.

Ella estaba abrazando su oso reparado, completamente ajena a lo que acababan de escuchar.

Entonces el teléfono de Tomás sonó.

Contestó.

Su rostro cambió.

—¿Dónde?

Sebastián se levantó.

—¿Qué pasó?

Tomás apartó el teléfono.

—Encontraron a Nicanor.

—¿Y Mariela?

—También.

Sebastián dio un paso hacia la puerta.

Pero Tomás no se movió.

—Hay algo más.

—Habla.

—Mariela está viva.

Sebastián cerró los ojos un instante.

—Entonces vamos por ella.

—Jefe…

Tomás tragó saliva.

Cuando la encontraron, lo primero que preguntó fue si Abril seguía con Sebastián Luján.

Sebastián se quedó inmóvil.

—¿Cómo sabe mi nombre?

Tomás lo miró fijamente.

—Eso mismo preguntó el detective.

Hizo una pausa.

—Y Mariela respondió: «Porque Sebastián es la razón por la que escondí a mi hija durante siete años».

Related Posts

PARTE 2: CAMBIÉ LAS CERRADURAS, PERO EL CAMBIO QUE REALMENTE LOS ASUSTÓ ESTABA EN MI TESTAMENTO

Sandra no volvió a llamar durante dos días. Pensé que finalmente había entendido. Me equivoqué. El jueves por la mañana llamé a un cerrajero. Cambió la cerradura…

PARTE 2: EL DÍA QUE DANIEL DESCUBRIÓ QUE LA MUJER QUE MANTENÍA PODÍA COMPRAR TODO SU IMPERIO

Daniel llamó seis veces. No contesté. Adrian Gu seguía frente a mí, observando las dos maletas junto a la puerta. —Antes de hablar del compromiso —dije—, quiero…

PARTE 2: CUANDO ETHAN DESCUBRIÓ QUE SU “DISCIPLINA” HABÍA COSTADO UNA VIDA, YA ERA DEMASIADO TARDE

El comentario que publiqué no tenía insultos. Solo documentos. Fotografié cada solicitud que Vanessa había rechazado, con fechas, horas y motivos escritos de su puño y letra….

PARTE 2: LA FOTO QUE CONVIRTIÓ SU “BROMA” EN LA PRUEBA QUE LOS DEJÓ SIN NADA

A las nueve de la mañana, Santiago llegó al hotel acompañado por una médica. No empezó preguntándome por el divorcio. —Primero vamos al hospital. Los análisis no…

PARTE 2: EL FALSO INFARTO DESTAPÓ LA TRAICIÓN… Y A LA ÚNICA PERSONA QUE REALMENTE LE IMPORTABA

—¡Dios mío! Mariana retrocedió, llevándose una mano al pecho. Alejandro se incorporó lentamente. —Cierre la puerta. Ella obedeció por reflejo. Después lo miró, confundida. —¿Qué está pasando?…

PARTE 2: EL FALSO HEREDERO LLEVABA DOS AÑOS VIVIENDO CON MI NOMBRE

No discutí con los empleados. Eso era exactamente lo que alguien esperaba que hiciera. Saqué el teléfono y marqué a mi madre otra vez. —Mamá, ¿cuándo fue…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *