Daniel llamó seis veces.
No contesté.
Adrian Gu seguía frente a mí, observando las dos maletas junto a la puerta.
—Antes de hablar del compromiso —dije—, quiero dejar algo claro. No voy a cambiar un hombre que creía poseerme por otro que tenga un contrato sobre mí.
Thomas Chen contuvo la respiración.
Adrian, en cambio, sonrió apenas.
—Perfecto.
Parpadeé.
—¿Perfecto?
Sacó un documento de su portafolio y me lo entregó.
Era la renuncia formal al acuerdo matrimonial.
Ya estaba firmada por él.
—Tu herencia no depende de casarte conmigo —explicó—. El compromiso fue un deseo de nuestros abuelos, no una deuda tuya.
Aquello me desconcertó más que cualquier declaración romántica.
—Entonces ¿por qué viniste?
Su expresión se volvió seria.
—Porque alguien lleva años intentando impedir que recuperes Jiang Jewelry.
Dos horas después estaba en las oficinas del Grupo Gu.
Allí descubrí la verdadera historia.
Mi abuela había controlado Jiang Jewelry mediante un paquete mayoritario de acciones y decenas de patentes. Tras la desaparición de mi madre, ciertos socios declararon extinguida la línea hereditaria y vendieron activos por debajo de su valor.
Pero el testamento contenía una cláusula.
Si aparecía un descendiente legítimo, una parte esencial del patrimonio debía ser restituida.
Y uno de los grupos que había comprado aquellos activos era precisamente…
Han Holdings.
La familia de Daniel.
Sentí frío.
—¿Daniel lo sabía?
Thomas negó.
—Probablemente no. Pero su padre sí conocía la existencia de una heredera desaparecida.
Mi teléfono volvió a vibrar.
Esta vez apareció un mensaje:
“Emma, tenemos que hablar. Vanessa no significa nada. No hagas ninguna tontería.”
Lo bloqueé.
—¿Qué ocurre ahora?
Adrian deslizó una invitación hacia mí.
Era para la subasta a la que Daniel había exigido que asistiera aquella noche.
—La pieza principal pertenece originalmente a la colección privada Jiang.
Miré la fotografía.
Un collar de zafiros llamado Lágrimas de Oriente.
—¿Están vendiendo algo mío?
—Técnicamente, todavía debemos demostrarlo.
Adrian cerró la carpeta.
—Por eso creo que deberías ir.
Entré a la subasta vestida de negro.
No llevaba joyas.
No las necesitaba.
Daniel me vio primero.
Caminó hacia mí inmediatamente.
Vanessa apareció detrás con el collar de diamantes de ochocientos mil yuanes que él le había comprado.
—Emma, deja de hacer esto —murmuró Daniel—. Sé lo de la herencia.
—Entonces ya tenemos algo de qué hablar.
Su expresión se suavizó.
—Escúchame. Lo nuestro no tiene por qué terminar por un malentendido.
Vanessa perdió la sonrisa.
—Daniel…
Él ni siquiera la miró.
Qué rápido había cambiado el amor verdadero.
—Ayer me preguntaste cómo viviría sin ti —le recordé.
Daniel apretó la mandíbula.
—Estaba enfadado.
—Durante tres años me diste cien mil yuanes mensuales y permitiste que todos pensaran que me habías comprado.
—Porque aceptabas el dinero.
Asentí.
—Es verdad.
Aquello lo sorprendió.
—Y por eso no quiero llevarme nada que sea tuyo.
Le entregué una carpeta.
Dentro había un cálculo de todas las transferencias que me había hecho, descontando gastos que él mismo me había exigido realizar como acompañante en sus compromisos sociales.
—El resto te será devuelto.
Daniel me miró como si lo hubiera insultado.
—No necesito tu dinero.
—Yo tampoco necesito el tuyo.
Entonces alguien anunció:
—Señor Gu.
Adrian entró.
La sala entera cambió.
Daniel lo reconoció inmediatamente.
—¿Qué haces con él?
—Negocios.
Vanessa soltó una risa.
—Emma, acabas de descubrir que tienes dinero y ya estás buscando un hombre más rico.
Adrian iba a responder.
Lo detuve.
—No necesito que nadie hable por mí.
Miré a Vanessa.
—Y tú deberías preocuparte menos por mis hombres y más por ese collar.
Tocó instintivamente los diamantes.
—¿Qué tiene?
—Nada.
Sonreí.
—Todavía.
Cuando comenzó la subasta, apareció el collar Jiang.
Precio inicial: cuarenta millones.
Daniel levantó la paleta.
—Cincuenta.
Otro comprador ofreció sesenta.
Daniel subió a ochenta.
Entonces levanté la mía.
—Cien millones.
Todas las miradas se volvieron hacia mí.
Daniel me observó incrédulo.
—Emma, no seas infantil.
El subastador continuó.
Daniel ofreció ciento veinte.
Yo no aumenté.
En lugar de eso, Thomas se levantó.

—Antes de continuar, debemos presentar una objeción sobre la titularidad de esta pieza.
El salón quedó en silencio.
Entregó documentos al representante de la casa de subastas.
Procedencia.
Fotografías históricas.
Número de inventario.
Testamento.
La venta fue suspendida inmediatamente.
Entonces vi al padre de Daniel levantarse en primera fila.
Su rostro estaba blanco.
Me reconocía.
No como la novia de su hijo.
Como una Jiang.
—¿Quién te entregó esos documentos? —preguntó.
—Mi abogado.
—Podemos resolver esto privadamente.
Adrian respondió desde su asiento:
—Llevan veintitrés años resolviéndolo “privadamente”.
Daniel miró a su padre.
—¿Qué está pasando?
El señor Han cerró los ojos.
Y comprendí que Daniel realmente no sabía nada.
La investigación posterior alcanzó varias operaciones realizadas décadas atrás.
No recuperé mágicamente cada activo perdido, pero sí obtuve el control de aquello que el testamento y los registros permitían reclamar legítimamente.
Daniel comenzó a buscarme.
Flores.
Cartas.
Mensajes desde números diferentes.
Finalmente apareció frente a Jiang Jewelry el día en que asumí oficialmente mi puesto en el consejo.
—Cometí un error —dijo.
—Muchos.
—Vanessa y yo terminamos.
Casi sentí lástima por él.
—Daniel, sigues sin entenderlo.
—Puedo cambiar.
—No terminé contigo porque encontrara a Adrian ni porque descubriera que soy rica.
Me acerqué.
—Terminé contigo cuando entendí que necesitabas que yo dependiera de ti para sentirte importante.
Guardó silencio.
—¿Nunca me quisiste?
Pensé durante unos segundos.
—Sí.
Y precisamente por eso había dolido.
—Pero la Emma que te quería aceptaba demasiado poco.
Me marché.
Meses después, Adrian volvió a mostrarme aquel documento de renuncia matrimonial.
—Todavía puedes firmarlo.
Tomé la pluma.
—¿Y si no quiero decidir todavía?
Por primera vez vi al hombre considerado más frío del mundo empresarial quedarse sin respuesta.
Sonreí.
—Podemos empezar con una cena.
—¿Una cita?
—Una cena, señor Gu. No se emocione.
Adrian rio.
No firmé el compromiso.
Tampoco lo acepté.
Por primera vez, nadie decidiría mi futuro por mí.
Había pasado tres años creyendo que mi seguridad llegaba cada mes mediante una transferencia de Daniel Han.
Me equivocaba.
Mi verdadera fortuna no fueron los cinco mil millones.
Fue descubrir que podía cerrar una puerta sin saber qué había detrás de ella… y aun así tener el valor de cruzarla.