—¿Qué pasa si pasa algo grave? —pregunté.
Robert soltó un suspiro largo.
—Entonces nos ocuparemos cuando haya pruebas de que existe algo grave.
Aquella frase decidió todo por mí.
A la mañana siguiente no le dije nada.
Esperé hasta que Robert se marchó al trabajo, cogí las llaves del coche y conduje directamente al colegio de Maya.
La secretaria levantó la vista sorprendida cuando entré.
—¿Tiene una cita?
—Sí.
Era mentira.
Pero ya no me importaba.
Cuando Maya apareció en la oficina con la mochila colgando de un hombro, abrió mucho los ojos.
—Mamá, ¿qué haces aquí?
Me acerqué.
—Vamos al hospital.
Ella se quedó inmóvil.
—Papá dijo que…
—Esta vez papá no decide.
Algo en su rostro se relajó.
No fue alegría.
Fue alivio.
Y eso me dolió más de lo que esperaba.
Durante el trayecto, Maya permaneció encogida contra la puerta.
De vez en cuando cerraba los ojos.
—¿Te duele ahora?
Asintió.
—Más cuando el coche gira.
Apreté el volante.
—¿Por qué no me dijiste que era tan fuerte?
—No quería que tú y papá discutierais otra vez.
La miré brevemente.
—Escúchame. Nunca eres responsable de nuestras discusiones.
Maya bajó los ojos.
—Él dice que hago que todo sea complicado.
Sentí una punzada de rabia.
—No vuelvas a creer eso.
Llegamos a urgencias poco antes del mediodía.
Al principio todo pareció rutinario.
Una enfermera tomó sus signos vitales.
Otra hizo preguntas sobre el dolor.
Una médica joven llamada doctora Patel entró poco después.
—Maya, voy a hacerte algunas preguntas y quiero que respondas con total sinceridad, ¿de acuerdo?
Mi hija asintió.
La doctora preguntó cuándo había empezado el dolor, dónde lo sentía y si había empeorado recientemente.
Maya señaló la parte inferior derecha del abdomen.
—Aquí principalmente.
La expresión de la doctora se volvió más seria.
—¿Has tenido mareos?
—Sí.
—¿Náuseas?
—Casi todos los días.
—¿Cambios en el apetito?
—No tengo mucha hambre.
La doctora anotó algo.
Después preguntó:
—¿Has tenido algún episodio en el que el dolor se haya vuelto repentinamente muy intenso?
Maya tardó unos segundos.
—Anoche.
Me giré hacia ella.
—¿Anoche?
—Me desperté como a las tres.
—¿Por qué no me llamaste?
—Se me pasó un poco.
La doctora Patel dejó el bolígrafo.
—Quiero hacer una exploración física y algunas pruebas.
El examen apenas había comenzado cuando vi cómo cambiaba su expresión.
No dijo nada alarmante.
Pero se detuvo.
Presionó suavemente una zona del abdomen.
Maya hizo una mueca y se aferró a la sábana.
—¿Ahí duele mucho?
—Sí.
La doctora retiró la mano inmediatamente.
Después salió de la habitación.
Regresó con otra médica.
Fue entonces cuando dejé de sentir que aquello era una consulta rutinaria.
La segunda doctora hizo una breve evaluación y luego ambas intercambiaron una mirada que ninguna intentó explicarme.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
La doctora Patel habló con calma.
—Necesitamos hacer análisis de sangre y una ecografía abdominal y pélvica cuanto antes.
—¿Qué están buscando?
—Hay varias posibilidades.
—¿Es grave?
Ella eligió cuidadosamente sus palabras.
—Todavía no lo sabemos.
Treinta minutos después, Maya estaba tumbada mientras una técnica realizaba la ecografía.
Yo sostenía su mano.
Al principio la técnica hablaba con normalidad.
Le explicaba cuándo respirar.
Le pedía que cambiara ligeramente de posición.
Entonces dejó de hablar.
Miró la pantalla.
Movió el transductor.
Volvió a mirar.
Después salió de la sala sin explicar nada.
Maya me miró.
—Mamá…
—Estoy aquí.
Cinco minutos después regresó la doctora Patel acompañada por un especialista.
El especialista se presentó como doctor Levin, ginecólogo pediátrico.
En cuanto escuché aquella especialidad, sentí que el corazón me golpeaba contra las costillas.

—¿Qué encontraron?
El doctor Levin acercó una silla.
—Hay una masa considerable cerca del ovario derecho de Maya.
El aire pareció desaparecer de la habitación.
—¿Una masa?
Maya apretó mi mano.
—¿Qué significa?
El médico levantó una palma.
—No significa automáticamente algo maligno.
Respiré por primera vez.
—Entonces ¿qué es?
—Puede tratarse de un quiste complejo u otra lesión. Pero hay algo que nos preocupa más inmediatamente.
Miró a Maya.
—El flujo sanguíneo hacia ese ovario parece reducido.
No entendí.
—¿Reducido por qué?
—Existe la posibilidad de que el ovario se haya girado parcialmente.
Sentí un escalofrío.
—¿Eso explica el dolor?
—Podría explicarlo perfectamente.
Maya tragó saliva.
—¿Qué tienen que hacer?
—Primero confirmar algunas cosas. Pero no quiero que te vayas a casa hoy.
La habitación quedó completamente en silencio.
Saqué el teléfono.
Tenía nueve llamadas perdidas de Robert.
Mientras observaba la pantalla, entró la décima.
Respondí.
—¿Dónde está Maya?
Su voz era dura.
—En el hospital.
Silencio.
—¿Qué hiciste?
—La traje para que la examinaran.
—¡Sin consultarme!
Miré a mi hija.
—Sí.
—Emily, sal de ahí. Llévala a casa. Hablaremos cuando llegue.
No podía creerlo.
—Robert, encontraron algo.
Su tono cambió apenas.
—¿Qué cosa?
—Una masa. Y están preocupados por el flujo sanguíneo hacia uno de sus ovarios.
Hubo una pausa.
Esperé miedo.
Preocupación.
Cualquier cosa.
En cambio dijo:
—Los hospitales siempre encuentran algo para justificar más pruebas.
Cerré los ojos.
—¿Me estás escuchando?
—Estoy diciendo que no firmes nada caro hasta que yo llegue.
Algo dentro de mí se rompió.
—Nuestra hija puede necesitar una intervención urgente.
—Emily…
—No vuelvas a hablarme del dinero.
Colgué.
Maya me estaba mirando.
—Está enfadado, ¿verdad?
Me acerqué a ella.
—Eso no importa ahora.
—Sí importa.
—No.
Le sujeté la mano.
—Tú importas.
Poco después llegaron los análisis.
La doctora Patel volvió a entrar.
Esta vez no se sentó.
—Necesitamos trasladar a Maya a observación y preparar al equipo quirúrgico por si tenemos que intervenir.
Maya comenzó a llorar.
La abracé.
—¿Va a estar bien?
—Estamos actuando a tiempo —respondió la doctora.
Aquellas palabras deberían haberme tranquilizado.
Pero una parte de mí se quedó atrapada en ellas.
A tiempo.
Si hubiera escuchado a Robert unos días más…
No quise terminar ese pensamiento.
Entonces las puertas de la sala se abrieron.
Robert apareció.
Venía con el rostro rojo y el teléfono todavía en la mano.
—¿Dónde está el médico?
La doctora Patel se volvió.
—¿Es usted el padre?
—Sí. Y quiero saber por qué están hablando de cirugía sin mi autorización.
Me puse de pie.
—Robert, basta.
—No. Quiero otra opinión.
El doctor Levin entró justo a tiempo para escucharlo.
—Señor Thorne, puedo explicarle los hallazgos.
Robert cruzó los brazos.
—Explíquelos.
El médico abrió las imágenes.
—Su hija tiene una masa de aproximadamente once centímetros.
Robert perdió ligeramente la expresión.
—¿Once?
—Y presenta signos compatibles con una posible torsión ovárica intermitente.
—¿Está seguro?
—Lo suficiente como para no recomendar que esperemos en casa.
Robert miró a Maya.
Por primera vez pareció verla realmente.
Pálida.
Cansada.
Temblando bajo la manta.
—Pero ella llevaba semanas caminando, yendo al colegio…
El doctor Levin respondió:
—Eso no significa que estuviera bien.
Maya giró la cara hacia la pared.
Robert se acercó.
—Maya, ¿por qué no me dijiste que te dolía tanto?
Ella se volvió lentamente.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—Sí te lo dije, papá. Muchas veces.
Robert se quedó inmóvil.
Nadie habló.
Entonces la doctora Patel recibió una llamada.
Escuchó.
Su expresión cambió.
—Entendido.
Colgó.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
Ella miró al doctor Levin.
—Acaban de revisar nuevamente las imágenes.
El especialista tomó la tableta.
Durante varios segundos amplió una zona de la ecografía.
Su rostro se volvió completamente serio.
—Necesitamos hacer una resonancia inmediatamente.
—¿Por qué? —preguntó Robert.
El médico no lo miró.
Me miró a mí.
—Porque acabamos de encontrar una segunda anomalía que no esperábamos ver.
Sentí que se me helaban las manos.
—¿Dónde?
El doctor giró la pantalla hacia nosotros.
Y señaló una pequeña zona oscura.
—Aquí.
Robert dio un paso hacia delante.
—¿Qué significa?
El médico respiró profundamente.
—Todavía no quiero especular.
Luego miró a Maya.
—Pero necesito que nadie le dé comida ni agua y que permanezca bajo vigilancia continua.
Mi hija volvió a apretar mi mano.
—Mamá, ¿qué está pasando?
Yo tampoco lo sabía.
Y entonces la doctora Patel añadió, casi en voz baja:
—También vamos a pedir que oncología pediátrica revise las imágenes antes de decidir el siguiente paso.