Parte 2: EL “ME GUSTA” QUE HIZO A LUCAS ENTENDER QUE NINA YA NO LO ESTABA ESPERANDO

—Demasiado tarde —murmuré después de colgar con Sophie.

Dejé el teléfono boca abajo.

Durante cuatro años, Lucas había sabido exactamente dónde encontrarme.

En la oficina.

En una reunión.

Al final de una llamada.

Sentada frente a una computadora a las dos de la mañana corrigiendo errores que ni siquiera eran míos.

Quizá por eso mi ausencia le parecía una emergencia.

Porque nunca había tenido que imaginar un mundo donde yo simplemente no estuviera.

A las nueve y veinte tocaron mi puerta.

No esperaba a nadie.

Abrí.

Lucas Ward estaba en el pasillo.

Llevaba la misma camisa blanca de la foto de su matrimonio, aunque ahora estaba arrugada. Tenía el cabello desordenado y los ojos rojos de alguien que no había dormido.

Me miró durante varios segundos.

—¿Por qué renunciaste?

Ni buenos días.

Ni explicación.

Eso seguía siendo muy Lucas.

—Porque quería hacerlo.

—Mentira.

—Ya no trabajas conmigo. No puedes interrogarme.

Su mandíbula se tensó.

—Te llamé toda la noche.

—Lo noté.

—Trescientas veintiocho veces.

—Eso también lo noté.

Lucas dio un paso hacia mí.

—¿Y no pensaste que quizá era importante?

—Te casaste ayer, Lucas. Cualquier cosa importante deberías hablarla con tu esposa.

Su rostro cambió.

—Victoria no es…

Se detuvo.

Lo observé.

—¿No es qué?

Lucas apretó los labios.

—Déjame entrar.

—No.

Pareció genuinamente sorprendido.

Durante años jamás le había negado acceso.

A mi tiempo.

A mis fines de semana.

A mi energía.

Incluso a partes de mi vida que nunca debieron pertenecerle.

—Nina.

—Dime aquí lo que tengas que decir.

Guardó silencio.

Entonces preguntó:

—¿Renunciaste porque me casé?

La pregunta era tan arrogante que casi sonreí.

—Renuncié antes de que te casaras.

—Pero sabías que iba a hacerlo.

Ahí estaba.

El verdadero tema.

Respiré profundamente.

—Sí.

Lucas me miró fijamente.

—Entonces fue por mí.

—Fue por mí.

Frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Que finalmente me cansé de vivir alrededor de tus decisiones.

No respondió.

Continué:

—Tu café tenía que estar listo a las siete cuarenta. Tus reuniones nunca podían programarse después de las cuatro los jueves porque visitabas a tu padre. Detestabas los vuelos nocturnos, así que yo reorganizaba viajes enteros. Cuando te enfermabas, cancelaba mis planes. Cuando estabas preocupado, me quedaba.

Lucas bajó la voz.

—Nunca te pedí todo eso.

Aquello dolió.

Pero era verdad.

Y precisamente por eso sonreí.

—Exacto.

Se quedó inmóvil.

—Yo lo hice porque quería. Y ése fue mi error.

Por primera vez, Lucas pareció no saber defenderse.

—Nina, yo…

—Ayer te casaste con una mujer adecuada para tu familia, tus socios y tu futuro. Está bien. Pero yo ya no voy a quedarme a un metro de distancia fingiendo que no me afecta.

Su mirada cayó.

—Escuchaste a mi madre.

Mi corazón dio un golpe.

—¿Qué?

—La semana pasada.

No respondí.

Lucas soltó el aire lentamente.

—Ella habló de ti.

Recordé aquella conversación.

“La señorita Collins es excelente para ayudarte a trabajar. Pero no es una mujer para tu futuro.”

Y Lucas había respondido:

“Lo sé.”

—No importa.

—Sí importa.

—Dijiste que lo sabías.

—Porque sabía que ella pensaba así.

Lo miré.

Lucas continuó rápidamente:

—No estaba diciendo que estuviera de acuerdo.

—Entonces podrías haberlo dicho.

Silencio.

—Podrías haber defendido a la mujer que trabajó contigo cuatro años —añadí—, aunque sólo fuera como empleada.

Lucas cerró los ojos.

—Tienes razón.

Aquella admisión me sorprendió más que las 328 llamadas.

Pero no cambió nada.

—Vuelve con Victoria.

Intenté cerrar.

Entonces Lucas dijo:

—El matrimonio no es lo que crees.

Me detuve.

Sacó una carpeta del interior de su abrigo.

—Fue acordado hace seis meses.

La abrí sin querer hacerlo.

Había documentos financieros, acuerdos entre Ward Holdings y Shaw Capital y una cláusula sobre una reorganización accionarial.

—¿Un matrimonio contractual?

—En esencia.

Mi primera reacción no fue alivio.

Fue incredulidad.

—Eso es todavía peor.

Lucas parpadeó.

—¿Peor?

—Convertiste un matrimonio en una operación empresarial.

—Victoria estuvo de acuerdo.

—Perfecto. Entonces los dos deberían estar felices.

Le devolví la carpeta.

Lucas no la tomó.

—Ella ama a otra persona.

Eso me hizo callar.

—¿Qué?

—Y yo…

Se detuvo.

Su teléfono empezó a sonar.

VICTORIA SHAW.

Miré la pantalla.

—Contesta.

Lucas dudó.

—Contesta, Lucas.

Activó el altavoz.

La voz de Victoria llegó clara.

—¿Encontraste a Nina?

Abrí los ojos.

Lucas cerró los suyos.

—Sí.

Victoria soltó una risa seca.

—Gracias a Dios. Porque llevas doce horas comportándote como un hombre al que acaban de abandonar.

—Victoria.

—¿Qué? Es verdad.

Yo miré a Lucas.

Victoria continuó:

—Nina, si estás escuchando, quiero aclarar algo. Lucas y yo no tenemos una relación romántica. Nuestras familias organizaron esto por negocios y ambos fuimos suficientemente cobardes para aceptar.

—Victoria —advirtió Lucas.

—No. Tú necesitas escuchar esto también. Anoche miraste el teléfono durante toda la recepción esperando su reacción. Cuando viste ese “me gusta”, te pusiste blanco.

Yo no sabía qué decir.

Victoria añadió:

—Y después te encerraste en una sala y empezaste a llamarla como un lunático.

—Trescientas veintiocho veces —dije.

Victoria hizo una pausa.

—Eso es peor de lo que pensaba.

Por primera vez aquella mañana casi reí.

Lucas cortó la llamada.

—No significa que debas volver —dijo.

—¿Volver?

—A la empresa.

Me quedé mirándolo.

—No vine para pedirte eso.

Lucas señaló las cajas detrás de mí.

—Vine porque ayer comprendí que no sabía dónde vivías.

Algo en su voz cambió.

—Conocía tu número de empleado. Tu agenda. Tu salario. Sabía qué café pedías en reuniones. Pero cuando desapareciste… no sabía tu nueva dirección. No sabía qué estabas planeando. Ni siquiera sabía que estabas buscando otro apartamento.

Guardé silencio.

Lucas soltó una pequeña risa amarga.

—Pensaba que te conocía mejor que nadie.

—Conocías a tu asistente.

La frase cayó entre nosotros.

—No a Nina.

Asintió lentamente.

Y por primera vez, vi que realmente lo entendía.

Pero entender no significaba que yo fuera a regresar.

Dos semanas después, Victoria y Lucas anunciaron públicamente la anulación.

Los periódicos financieros hablaron de “diferencias irreconciliables entre las familias”.

La verdad era más simple.

Victoria se negó a seguir viviendo según las decisiones de su padre.

Y Lucas, por primera vez, también enfrentó a su madre.

Yo lo supe porque ella me llamó.

—Señorita Collins, deberíamos hablar de su posible regreso.

—No existe tal posibilidad.

—Lucas necesita una persona competente.

Sonreí.

—Entonces contrate a una.

Colgué.

Tres días después, acepté una oferta de Kingsley Technologies.

No como asistente.

Como directora de operaciones estratégicas.

La empresa había sido uno de nuestros antiguos competidores.

Mi sueldo aumentó casi un cuarenta por ciento.

Por primera vez tenía mi propia oficina.

Mi propio equipo.

Y una placa con mi nombre sin el nombre de Lucas al lado.

NINA COLLINS
DIRECTORA DE OPERACIONES ESTRATÉGICAS

Le tomé una foto.

No la publiqué.

No necesitaba que nadie la viera para saber lo que significaba.

Durante los siguientes seis meses, Lucas me escribió cinco veces.

Nunca más cientos de llamadas.

Nunca apareció sin permiso.

Sus mensajes eran breves.

“Felicidades por Kingsley.”

“Vi la noticia del contrato de Melbourne. Buen trabajo.”

“Espero que estés bien.”

Respondí únicamente cuando quería.

Y él aprendió a aceptar el silencio.

Nos encontramos nuevamente en una conferencia empresarial nueve meses después.

Yo acababa de terminar una presentación frente a casi cuatrocientas personas.

Lucas esperaba al fondo del salón.

Cuando nuestras miradas se cruzaron, no caminó hacia mí.

Esperó.

Fui yo quien decidió acercarse.

—Señor Ward.

Sonrió.

—Directora Collins.

—Mucho mejor.

—Muchísimo mejor.

Nos sentamos a tomar café.

Por primera vez en años, Lucas preguntó por mi vida sin mirar su reloj.

Le conté sobre mi nuevo puesto.

Mis viajes.

Mi equipo.

Él escuchó.

Antes de irse dijo:

—No voy a pedirte que regreses conmigo.

Lo miré sorprendida.

—Bien.

—Pero sí quiero pedirte algo diferente.

—¿Qué?

—La oportunidad de conocerte sin que trabajes para mí.

Me quedé callada.

Lucas sonrió con cierta tristeza.

—Puedes decir que no.

Y aquello fue exactamente lo que hizo posible mi respuesta.

—Un café.

—¿Uno?

—Uno.

—Lo aceptaré.

No nos enamoramos mágicamente una semana después.

No olvidé cuatro años de silencio porque él finalmente hubiera entendido algo.

Lucas tuvo que aprender a no esperar que yo acomodara mi vida a la suya.

Y yo tuve que aprender a no confundir ser necesaria con ser amada.

Empezamos lentamente.

Un café se convirtió en una cena.

Después en otra.

Un año más tarde, estábamos caminando frente al edificio donde yo había trabajado cuando Lucas señaló las ventanas del piso treinta y dos.

—¿Sabes cuál fue el peor día que tuve ahí?

—¿Cuando perdiste el contrato de Singapur?

—No.

—¿Cuando el servidor cayó durante la auditoría?

Negó.

—El día que llegué y tu escritorio estaba vacío.

Lo miré.

—Te lo merecías.

Lucas soltó una carcajada.

—Completamente.

Dos años después de mi renuncia, me propuso matrimonio.

No en una junta.

No frente a nuestras familias.

No con un acuerdo corporativo esperando una firma.

Estábamos solos.

Y antes de enseñarme el anillo dijo:

—No quiero que seas mi asistente, mi solución ni la persona que mantiene mi mundo funcionando. Quiero ser alguien digno de compartir el tuyo.

Lo hice esperar diez segundos.

Sólo porque podía.

Luego dije que sí.

A veces todavía recuerdo aquella publicación.

El fondo rojo.

El acta de matrimonio.

La frase perfecta.

Y aquel pequeño corazón que presioné antes de apagar el teléfono.

Lucas pensó que mi “me gusta” significaba que aceptaba su matrimonio.

En realidad significaba algo completamente diferente.

Era mi despedida.

Y aquellas 328 llamadas no comenzaron nuestra historia.

Sólo marcaron el momento en que Lucas comprendió que la mujer que siempre había estado disponible finalmente había elegido marcharse.

Porque algunas personas sólo notan cuánto ocupabas en su vida cuando dejas de ocupar ese lugar.

Pero yo aprendí algo todavía más importante:

que alguien te extrañe cuando te vas no significa que debas regresar.

Primero tiene que demostrar que, si vuelves, esta vez sabrá verte.

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